Annie.
Sus cejas se levantan debido a la sorpresa. ¿De dónde había sacado todo aquello? Un deportivo, un traje, un vestido como el que llevaba puesto...Zénobe era una caja de sorpresas y eso no es que le gustara, es que le encantaba. Le dirige unas miradas de reojo, aún de su mano, sintiendo todos los ojos de los presentes siguiéndolos como si fueran una pareja recién casada y esa idea solo hace que suelte una risita por lo bajo. Annie nunca se había casado debido a una idea que se le había pegado en la cabeza: ¿cómo podía la otra persona jurarle amor eterno? ¿Cómo podía alguien jurar, simplemente, el amor? ¿Cómo podían, cuando este podía ser lo mismo duradero y verdadero, como fugaz y efímero..? Se ve de un momento a otro sentada en el asiento y lo espera, tomando su mano cuidadosamente y cuando el muchacho dice aquellas palabras, sin siquiera darse cuenta, sus mejillas se encienden cual luz en la oscuridad y un brillo llena su mirada azul celeste. El muchacho clava la vista al frente, prestando atención a la carretera y mientras tanto, ella se dedica a observar su rostro, sus rasgos, el volumen de sus labios, el dibujo de su nariz en el aire, el aleteo de sus pestañas y el color claro de su iris... Sí, sin duda una eternidad junto a él se le quedaría corta pero...¿se quedaría como de verdad estaba diciendo? Frunce el ceño por un momento y en sus labios se forma una pequeña mueca que retira rápidamente. No va a pensar en eso. Se distrae y termina mirando más allá de los cristales, fijándose en los pequeños y hermosos astros que iluminaban el cielo nocturno, que parecían acompañarlos y cuidarlos desde allí arriba con su luz. De un momento a otro las estrellas van desapareciendo, mientras que la luz de aquel curioso y bonito restaurante les da la bienvenida. Una sonrisa acompaña a la muchacha, que devuelve los gestos cariñosos a Zeta y, antes de encaminarse al camino de abetos, lo retiene unos segundos más. Su mano se ha quedado en su mejilla, acariciándola suavemente, mientras que su frente casi puede rozar la suya debido a la altura que le da aquellos zapatos. Aún con los ojos entrecerrados, deposita un beso rápido en su barbilla y luego toma su mano, siguiéndolo a aquel lugar, aunque no puede evitar entretenerse mirando las luciérnagas. De pequeña siempre las cazaba con su hermano mayor y la verdad es que siempre le habían encantado.
En un momento encuentra la mirada de varios chicos que reciben a Zénobe. Annie se queda atrás, aunque al ver la escena no puede evitar sentirse tranquila y contenta por él. En todo aquel tiempo no había estado solo y, a pesar de que había corrido peligro, los integrantes de aquel grupo parecía dar la vida por ayudarse entre ellos. Y eso era algo que no muchos humanos hacían. El sitio estaba lleno de detalles y eso era algo que la maravillaba. Siempre había sido muy curiosa. Ya en la mesa, parecen recibir miradas y Annie recibe la mano del muchacho bajo la mesa, acariciando suavemente su piel mientras ríe por algún que otro chiste que han soltado aquellos que habían compartido tiempo con su ángel. Lo mira de reojo de vez en cuando. Se siente feliz por él, lo suficiente para mostrar una sonrisa toda la noche. Hay algo que le llama la atención. Una chica que, al parecer, parece tener la misma curiosidad por ella. En un momento dado, la muchacha de ojos celestes clava la vista en ella, entrecerrando los ojos. No es un alma oscura o al menos, eso cree. Pero tiene algo. Frunce los labios y olisquea el aire, buscando una mínima pista para descubrirla. De piel pálida y ojos depredadores. Y a pesar de esto parece totalmente humana, pacífca... Las apariencias engañan y lo sabe. A pesar de que ambas muchachas no se dirigen la palabra en toda la noche, parece crearse una tensión entre ellas, que se nota en las miradas que se echan de vez en cuando. No son amenazadoras, no van a pelearse, pero es como un detalle de advertencia. Por lo demás, la noche va de maravilla. Se siente bastante cómoda a pesar de que no conoce a aquellos chicos, la alegría la ha invadido desde que cruzó la entrada del lugar, por y gracias a él. Annie recibe y devuelve los detalles que le brinda Zénobe e incluso ella puede sentir como las demás mueren de celos. La relación entre ambos siempre ha sido especial, desde el primer momento en que se conocieron en aquella playa. El postre la recibe y a pesar de que ha sido bastante cuidadosa con los bocados que da, parece disfrutarlo como si fuese su manjar favorito y entre bocado, le brinda al chico de su plato y al ver su reacción echa una risita. Después de esto vienen las despedidas. Annie dedica una sonrisa a las chicas y a los muchachos que casi parecían hacerla una más de aquel vínculo, pero al encontrarse con aquella con la que había compartido miradas toda la velada, se borra por un instante su sonrisa y ladea el rostro, evaluando cada una de sus expresiones. Pero, de repente, su mirada vuelve a retirarse y se despide del joven amigo de su ángel y se ve acercándose al parking, sin dejar suelta su mano. Se ha quedado pensativa. ¿Quién es esa chica y por qué parecía saber quién era ella? ¿Por qué miraba como miraba a su ángel? ¿Qué se proponia? Con el ceño fruncido se sienta en el asiento delantero y la voz de Zeta la saca de sus pensamientos. Lo mira y alza las cejas, sonriendo para tranquilizarle y asintiendo. Antes de ponerse el cinturón, Annie se acerca a él y vuelve a poner una mano sobre su mejilla, juntando sus rostros hasta que sus narices se rozan, entonces susurra:
-Cuando te fuiste...me asusté. Me asusté porque sabía que no podía perderte, porque no podría resistirlo. Te he buscado por todos sitios, Zénobe Yves... por todos los rincones del mundo, allí donde nadie, nisiquiera tú, puede imaginar. Pero hoy me he dado cuenta de que en todo este tiempo... en todo este tiempo y a pesar de lo que ha pasado -y se refería al tema de su alma- has ayudado a todo el que se te ha pasado por delante. ¿Ves? No me puedes preguntar cómo sé que no eres oscuro, ni malvado... porque simplemente lo sé. El orgullo y cariño con el que te miran... Te lo mereces. Te mereces eso y más, mucho más. -Una caricia se cuela desde su mejilla hasta su nuca, la cual recorre con cuidado, provocando un simple cosquilleo- Gracias por esta noche, mi ángel... y si de verdad vas a quedarte, entonces... voy a agradecerte toda la eternidad por estar aquí. Por esto y por muchísimas más cosas es por lo que... es por lo que te he amado siempre desde aquellos tiempos... -Se le escapa una sonrisa, que aflora en sus labios suavemente. Annie no ha dejado de mirarlo a los ojos y solo escucha el silencio que los rodea. Suelta un pequeño suspiro y le roba un beso, que aunque no es muy largo, tampoco es fugaz, y la ternura que lleva podría derretir a cualquier dios que liderara desde los cielos.- Te amo, Zénobe Yves. Y eso nadie, nunca, podrá arrebatártelo.
Otro beso robado y luego la chica vuelve a sonreír, recolocándose en su asiento y poniéndose el cinturón de seguridad. No ha recibido respuesta, pero no la necesita. Apoya la cabeza sobre el asiento y lo mira, frunciendo los labios en una mueca graciosa. Sus ojos azules eran lo más cristalino que había visto alguna vez y a pesar de todo lo que le estaba pasando, siempre tenía una sonrisa para los demás, una palabra de apoyo o un gesto que les hiciera sentir bien. Se sentía orgullosa de él, orgullosa de tenerlo y que fuera quien era. Se sentía orgullosa de que fuera tan fuerte, de que no se dejara vencer a pesar de lo asustado que estaba. Lo amaba y eso lo había sabido siempre.
-Y ahora, señorito, ¿dónde está esa buhardilla a dónde iba a llevarme? -Dice, con una sonrisa.
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