Annie.
A pesar de disfrutar de la compañía de Zénobe, del paisaje, las bromas, las miradas de reojo... La chica llega a caer en un estado somnoliento después de unas horas, tras una parada en una gasolinera en medio de la nada. Sus ojos azules se cerraron a pesar de su lucha por mantenerse despierta; quería esperar a que Zeta se sintiera cansado también para irse a dormir con él. El sueño es completamente negro, lo que le permite dormir de forma plena y tranquila, sin pesadillas ni interrupciones. En cuanto el primer rayo de Sol alumbra el nuevo día, aquellos ojos claros se abren otra vez y Ann observa el lugar, siempre a la espera de algo peligroso. Pero fuera no hay nada más que un pequeño bosque y in verdor que sorprendería a cualquiera. Echa la cabeza a un lado y observa a Zénobe dormir por un rato, encontrando tranquilidad en sus facciones, por lo que supone que está durmiendo bien también. Tonca se despierta y la mira desde su regazo, haciéndole saber que necesita un poco más de espacio.
En cuanto abre la puerta del coche la humedad del ambiente la recibe, casi golpeándola. Cierra la puerta con cuidado y lo más rápido posible para mantener la temperatura, y entonces empieza a andar. Le sorprende el tono de verde que abunda en el lugar; esperanza. Una sonrisa se dibuja en sus labios al ver a su mascota jugueteando entre los árboles y entonces se queda seria, frunciendo el ceño. No había visto ni escuchado a Zénobe hablar sobre Rufus, su pequeño dragón, pero suponía que su ángel mantenía un ojo en el animalillo. Algo le atrapa ppr detrás, pero antes de que pueda reaccionar de una forma brusca su esencia le tranquiliza. Con una sonrisa Annie le da los buenos días, dándose la vuelta al escuchar lo que dice, siguiendo sus pasos de forma sigilosa y, antes de que abra la puerta del coche, echa a correr y lo abraza por detrás, juntando sus dos manos en su torso. Su mejilla se acomoda entre sus omóplatos voy por unos segundos ella se queda así, balanceándose despacio como si de un baile lento se tratase, entonces besa su espalda, sonríe y deja que siga su camino al asiento delantero del coche.
Tonca la espera fuera de su lado del vehículo. Annie abre la puerta y la deja entrar, sentándose tras ella. Mira a Zeta de reojo y entonces susurra:
-No te apresures, primero lo primero. Tienes que desayunar, ¿o crees que voy a dejarte conducir sin nada en el estómago?-Lo mira con las cejas alzadas y frunce los labios, sonriendo sin poderlo evitar al ver como él lo hace también.
El viaje avanza más rápido y en unas horas, tras desayunar en una gasolinera, se encuentran con un pequeño pueblo que llamaba la atención a los dos, pero sobre todo a Zénobe. Hacen algunos trámites y observan las casas en venta y renta que están disponibles, encontrando una que les venía a los dos a la perfección; espaciosa, cerca del bosque, fresca y coin colores claros. Cuando una amigable señora, la encargada de la casa donde se encontraban, se marcha, Annie se recorre las habitaciones otra vez, como si fuera una niña pequeña. Le ayuda a bajar las maletas y a colocar algunas cosas. Las horas pasan y la temperatura baja tanto que puede ver a su ángel con in abrigo, encendiendo el fuego. Se le acerca por detrás, abrazándolo como hizo en la mañana, esta vez posando su barbilla sobre su hombro, mientras observa las llamas justo frente a ellos:
-¿Tienes frío?- Le susurra, sonriendo después. creo que hemos encontrado el sitio perfecto.
viernes, 27 de junio de 2014
lunes, 23 de junio de 2014
Palmeras y robles.
Zénobe.
Tras bajar las maletas y objetos personales, Zénobe se apresura para meter todo en el maletero. Comprueba que lleva en un maletín ciertos papeles legales y jurídicos consigo, identificación y que esté todo en regla. Al arrancar para dirigirse hacia el barrio que Annie le indica, observa su piso alejarse y esconderse entre las casas por el retrovisor, suspirando un momento pero toma la mano de Annie en lugar de posarla sobre la palanca de cambio de marchas, mirándola unos segundos y sonriendo al hacerlo.
Al llegar al barrio decide que lo mejor es acerle caso, por ello se encierra en el coche tratando de no molestar e ignorar las miradas de los presentes. Por un lado, por el llamativo Cadillac y por otro, el más evidente, por que aquellos seres notaban una presencia no muy familiar entre ellos, una presencia de luz que les atraía la atención.
Comienza a pensar en sitios donde podían ir, haciendose un mapa mental del recorrido, las carreteras, rutas alternativas... Llevaban bastante equipaje, solían moverse mucho de sitio por lo que prescindian bastante de muchas cosas necesarias para los humanos más sedentarios. Aún así, el piso lo mantendría en la ciudad, no lo vendería.
"Allí seguro que hace frío, tal vez algún día tengamos que ir a comprar algo más calentito, para cuando llegue el invierno... Tal vez los estados del norte estén bien.."
De pronto Annie toca el cristal y lo saca de sus pensamientos, tras una sonrisa la deja entrar en el coche y se apresura para salir de aquella escalofriante zona.
Ambos comienzan el viaje por una larga carretera, las primeras horas las pasan hablando, conversando de cosas rutinarias, de a donde podían ir, que tipo de casa estaban buscando. Ambos habían llegado al acuerdo de que querían una casa, no un piso y que estuviera en un pueblo a pesar de que fuera grande, rodeado de naturaleza. Mientras Annie miraba en el mapa rutas y charlaban, Tonca dormía placidamente en el regazo de esta como una pequeña ardilla, refrotándose a veces contra Annie para que le hiciera cosquillas por el lomo en busca de mimos. Paran de vez en cuando para estirar las piernas, descansar de la conducción, Zénobe especialmente para comisquear algún dulce, y así disfrutar de las vistas y el paisaje.
El clima comienza a cambiar al de unas horas, Annie dormía tranquila con Tonca en su regazo tratando que el viaje fuera más ameno. Las palmeras, los árboles exóticos y el sofocante calor habían sido sustituidos por un frescor agradable, pinos y robles y un olor a menta en el ambiente. La carretera estaba guiada por una arbolada, las curvas se intentaban amoldar al bosque que la atravesaba y la noche ya había llegado. Era tarde para buscar un motel y además pensaba en despertarse antes de que saliera el sol para continuar conduciendo. Al de un par de kilometros encuentra una explanada entre los árboles y decide estacionar allí hasta la mañana. Annie seguía dormida. La miraba de vez en cuando para comprovar que estuviera bien. Al salir de la carretera, se dirige hacia aquel espacio libre de árboles, apagando el motor del coche.
Aprobecha para quitarle el cinturón de seguridad a Annie y echarle el asiento hacia atras para que duerma más agusto, tapándola con una manta de viaje, besando su frente y tomando a Tonca en las manos y colocándola sobre una bufanda de Annie para que se hiciera un pequeño nido.
Zénobe también echa su asiento hacia atras, poniendo los seguros del coche antes por si acaso y aprobechando para comer un par de galletas, quedándose totalmente dormido al de unos minutos con el canto de los buhos y las cigarras.
La noche refrescaba más que en Willowtown y se notaba que estaban lejos de casa.
Al amanecer se despierta y observa que tanto Annie como Tonca no se encuentran en el coche. Confuso se frota los ojos y decide salir a inspeccionar, saliendo del coche y notando la fresca brisa mañanera recorrer su cuerpo. Se está agusto, piensa. De pronto escucha la risa de Annie entre los árboles y decide ir hacia allí. La joven se divertía observando a Tonca que correteaba las ramas feliz y disfrutando de la naturaleza. Zénobe se acerca por detras sigiloso y sorprende a Annie abrazándola por detras, haciendola sonreir ante su sorpresa y besando su mejilla.
-Buenos días a las dos. -dice, mientras estira el cuello y la espalda, soltando a Annie al de unos segundos. -¿Has dormido bien, pequeña?
Juguetea con el pie, escarbando entre las hojas del suelo, entretenido. -Estamos ya bastante al norte, enseguida comenzaremos a ver los pueblos... A ver si alguno es bonito, y podremos buscar algo que esté en venta. Cogí un panfleto inmobiliario antes de salir del estado, te lo he dejado sobre el asiento de atras por si le quieres echar un vistazo. -Dice mientras alza la voz pues se va acercando otra vez al coche, estirándose completamente y desperezándose, esperando a que ella decida montarse en el auto.
Tras bajar las maletas y objetos personales, Zénobe se apresura para meter todo en el maletero. Comprueba que lleva en un maletín ciertos papeles legales y jurídicos consigo, identificación y que esté todo en regla. Al arrancar para dirigirse hacia el barrio que Annie le indica, observa su piso alejarse y esconderse entre las casas por el retrovisor, suspirando un momento pero toma la mano de Annie en lugar de posarla sobre la palanca de cambio de marchas, mirándola unos segundos y sonriendo al hacerlo.
Al llegar al barrio decide que lo mejor es acerle caso, por ello se encierra en el coche tratando de no molestar e ignorar las miradas de los presentes. Por un lado, por el llamativo Cadillac y por otro, el más evidente, por que aquellos seres notaban una presencia no muy familiar entre ellos, una presencia de luz que les atraía la atención.
Comienza a pensar en sitios donde podían ir, haciendose un mapa mental del recorrido, las carreteras, rutas alternativas... Llevaban bastante equipaje, solían moverse mucho de sitio por lo que prescindian bastante de muchas cosas necesarias para los humanos más sedentarios. Aún así, el piso lo mantendría en la ciudad, no lo vendería.
"Allí seguro que hace frío, tal vez algún día tengamos que ir a comprar algo más calentito, para cuando llegue el invierno... Tal vez los estados del norte estén bien.."
De pronto Annie toca el cristal y lo saca de sus pensamientos, tras una sonrisa la deja entrar en el coche y se apresura para salir de aquella escalofriante zona.
Ambos comienzan el viaje por una larga carretera, las primeras horas las pasan hablando, conversando de cosas rutinarias, de a donde podían ir, que tipo de casa estaban buscando. Ambos habían llegado al acuerdo de que querían una casa, no un piso y que estuviera en un pueblo a pesar de que fuera grande, rodeado de naturaleza. Mientras Annie miraba en el mapa rutas y charlaban, Tonca dormía placidamente en el regazo de esta como una pequeña ardilla, refrotándose a veces contra Annie para que le hiciera cosquillas por el lomo en busca de mimos. Paran de vez en cuando para estirar las piernas, descansar de la conducción, Zénobe especialmente para comisquear algún dulce, y así disfrutar de las vistas y el paisaje.
El clima comienza a cambiar al de unas horas, Annie dormía tranquila con Tonca en su regazo tratando que el viaje fuera más ameno. Las palmeras, los árboles exóticos y el sofocante calor habían sido sustituidos por un frescor agradable, pinos y robles y un olor a menta en el ambiente. La carretera estaba guiada por una arbolada, las curvas se intentaban amoldar al bosque que la atravesaba y la noche ya había llegado. Era tarde para buscar un motel y además pensaba en despertarse antes de que saliera el sol para continuar conduciendo. Al de un par de kilometros encuentra una explanada entre los árboles y decide estacionar allí hasta la mañana. Annie seguía dormida. La miraba de vez en cuando para comprovar que estuviera bien. Al salir de la carretera, se dirige hacia aquel espacio libre de árboles, apagando el motor del coche.
Aprobecha para quitarle el cinturón de seguridad a Annie y echarle el asiento hacia atras para que duerma más agusto, tapándola con una manta de viaje, besando su frente y tomando a Tonca en las manos y colocándola sobre una bufanda de Annie para que se hiciera un pequeño nido.
Zénobe también echa su asiento hacia atras, poniendo los seguros del coche antes por si acaso y aprobechando para comer un par de galletas, quedándose totalmente dormido al de unos minutos con el canto de los buhos y las cigarras.
La noche refrescaba más que en Willowtown y se notaba que estaban lejos de casa.
Al amanecer se despierta y observa que tanto Annie como Tonca no se encuentran en el coche. Confuso se frota los ojos y decide salir a inspeccionar, saliendo del coche y notando la fresca brisa mañanera recorrer su cuerpo. Se está agusto, piensa. De pronto escucha la risa de Annie entre los árboles y decide ir hacia allí. La joven se divertía observando a Tonca que correteaba las ramas feliz y disfrutando de la naturaleza. Zénobe se acerca por detras sigiloso y sorprende a Annie abrazándola por detras, haciendola sonreir ante su sorpresa y besando su mejilla.
-Buenos días a las dos. -dice, mientras estira el cuello y la espalda, soltando a Annie al de unos segundos. -¿Has dormido bien, pequeña?
Juguetea con el pie, escarbando entre las hojas del suelo, entretenido. -Estamos ya bastante al norte, enseguida comenzaremos a ver los pueblos... A ver si alguno es bonito, y podremos buscar algo que esté en venta. Cogí un panfleto inmobiliario antes de salir del estado, te lo he dejado sobre el asiento de atras por si le quieres echar un vistazo. -Dice mientras alza la voz pues se va acercando otra vez al coche, estirándose completamente y desperezándose, esperando a que ella decida montarse en el auto.
En camino a un cuento de hadas.
Annie.
Una protesta rápida iba a salir de sus labios pero nunca llega a escucharse debido a que él la calla con uno de sus besos y no, no podía negarse. Claramente Annie no coincidía con el hecho de que Zénobe fuera un "complemento", dado que para ella él tenía incluso más valor que su propia persona. La chica disfruta de sus besos, dejando que su dulzura y calidez le envuelva y que, como siempre, tengan ese efecto mágico en ella. La chica lo observa marchar, fijándose en sus músculos tensos al observar el paisaje y ciertas partes de la casa, como si nunca quisiera dejar aquello. Ella sabía que aquel era su pequeño escondite, tan personal y seguro que se sentía como si dejaras una parte de ti mismo atrás si te marchabas. La sensación llena a Annie, quién sigue su camino y siente el calor de sus manos tocar su piel fría, clavando sus ojos azules en el exterior. La ciudad lucía diferente con Zénobe a su lado. Era como s itodos los pequeños detalles se intensificaran, como si los colores fueran más llamativos, como si las voces y sonidos ya no formaran ruidos, sino melodías, como si la oscuridad ya no diera miedo y como si el color azul del cielo fuera más pacífico.
Centra toda la atención en su voz, quedándose en silencio mientras lo escucha. Puede sentir su mirada clavada en ella, pero no es hasta que él empieza a soñar despierto y en alto que ella lo mira, y ahí está el infinito de sus labios otra vez. Haciéndolo así, ¿cómo iba a decirle que no? La chica termina sonriendo, se gira entre sus brazos y posa las manos en su pecho desnudo, presionando levemente los dedos sobre su piel. Ella conoce las "consecuencias" y lo que puede pasar si los encuentran las personas equivocadas, pero confiaba con que su suerte fuera mejor que eso, pero aún así, llegados a este punto, sabía que no iba a dejar que nadie le separara de él, no otra vez. Cuando dos almas estaban destinadas no había forma de mantenerlas separadas... porque de ese modo solo terminarían arruinándoles la vida. Sabe lo que conlleva responder ahora: debían empacar y marcharse lo antes posible, porque el tiempo corría y no esperaba por nadie. Lo tenian vigilado y por lo tanto, a ella también. Se inclina hacia adelante, posando su mejilla justo a la altura de sus hombros, dejando que la punta de su nariz acaricie su piel hasta llegar a su barbilla, la cual besa continuamente hasta su boca, pero ahí se detiene. Lo mira, dejando que vea por un momento el brillo de diversión en su mirada y luego se retira con rapidez, evitando que él encuentre sus labios, manteniendo los propios ocupados en sus mejillas otra vez. Ella ríe por lo bajo, terminando por acabar su tortura y regalarle un beso suave y sincero, susurrando después:
- Vamos a irnos tan lejos que no van a poder encontrarnos nunca. Y podré despertarte con almohadazos, y hacerte cosquillas, y volverte loco hasta que termines enfadado y grites mi nombre. -La chica ríe, haciendo comentarios en broma, intentando contagiarle el buen humor. Sabe que está preocupado y que los cambios, a veces, afectan a las personas... pero ella no iba a permitirlo. No con él.- Y haremos una lista con cosas por hacer tan, pero tan grande, que se nos acabarán los papeles de la casa. Y ésta vez el sueño va a ser para siempre. -Hablaba como si se refiriera a un cuento de hadas, pero de una u otra forma, el optimismo que irradiaba la chica era contagioso.
No deja de hablar hasta que nota que la preocupación ha disminuido un poco y que Zénobe está más relajado. Lo sigue al piso de arriba, acariciando a Tonca al pasar por su lado y los dos abren las maletas, comenzando a empacar. El norte les esperaba y con ello miles de sorpresas. Sabe que encontrarán algún sitio en algún pueblo que a él le guste. Tras unas horas, Annie, Zénobe y Tonca están en el portal del apartamento del chico. El coche está justo frente a ellos y con un pitido las puertas dejan de estar bloqueadas. La chica deja que Zeta acomode las maletas en el maletero mientras ella preparaba el asiento de atrás, buscando que este fuera un lugar cómodo para ambos si necesitaban un tiempo de descanso. El viaje era largo y aunque ella sabía que el chico era resistente, necesitaba horas de sueño. Está casi todo listo. Él cierra el portal y, antes de subirse al coche Annie le regala un beso suave en los labios, susurrando:
- Necesito hacer algo primero..
Lo mira, dejándole saber a lo que se refería; alimento. Sabe que es difícil para Zénobe, pero si no lo hace ahora podría tener consecuencias y ninguno sabe cuánto tiempo estarán fuera. Para compensarlo, le regala otro beso y una sonrisa, prometiendo en silencio que no tardará más de lo debido. Toman las calles por la dirección que ella le indica. El barrio donde se encuentran no parece tan tranquilo. Ella lo mira, justo a su lado y susurra:
-Bajo ninguna circunstancia salgas del coche. Estaré de vuelta antes de lo que crees. -Se echa a un lado y lo besa otra vez, susurrando- Te amo.
Y entonces sale, cerrando tras de sí, escuchando como el chico pone los seguros del coche. Annie se interna en un edificio. Los minutos pasan despacio, como si fueran más lentos.Y entonces su figura se vuelve a ver entre las calles. Tras ella, un par de vampiro observan pero no se le acercan. Annie toca dos veces en el cristal, sacando a Zénobe de sus pensamientos y cuando el coche vuelve a abrir, ella se interna en este y escruta a los dos seres por la ventana, casi amenazando en silencio. Vuelve la atención a su ángel. Está tranquila pero seria.
-Salgamos de aquí. -Sonríe de medio lado- Gracias por escucharme.. este lugar no es..seguro.
Una protesta rápida iba a salir de sus labios pero nunca llega a escucharse debido a que él la calla con uno de sus besos y no, no podía negarse. Claramente Annie no coincidía con el hecho de que Zénobe fuera un "complemento", dado que para ella él tenía incluso más valor que su propia persona. La chica disfruta de sus besos, dejando que su dulzura y calidez le envuelva y que, como siempre, tengan ese efecto mágico en ella. La chica lo observa marchar, fijándose en sus músculos tensos al observar el paisaje y ciertas partes de la casa, como si nunca quisiera dejar aquello. Ella sabía que aquel era su pequeño escondite, tan personal y seguro que se sentía como si dejaras una parte de ti mismo atrás si te marchabas. La sensación llena a Annie, quién sigue su camino y siente el calor de sus manos tocar su piel fría, clavando sus ojos azules en el exterior. La ciudad lucía diferente con Zénobe a su lado. Era como s itodos los pequeños detalles se intensificaran, como si los colores fueran más llamativos, como si las voces y sonidos ya no formaran ruidos, sino melodías, como si la oscuridad ya no diera miedo y como si el color azul del cielo fuera más pacífico.
Centra toda la atención en su voz, quedándose en silencio mientras lo escucha. Puede sentir su mirada clavada en ella, pero no es hasta que él empieza a soñar despierto y en alto que ella lo mira, y ahí está el infinito de sus labios otra vez. Haciéndolo así, ¿cómo iba a decirle que no? La chica termina sonriendo, se gira entre sus brazos y posa las manos en su pecho desnudo, presionando levemente los dedos sobre su piel. Ella conoce las "consecuencias" y lo que puede pasar si los encuentran las personas equivocadas, pero confiaba con que su suerte fuera mejor que eso, pero aún así, llegados a este punto, sabía que no iba a dejar que nadie le separara de él, no otra vez. Cuando dos almas estaban destinadas no había forma de mantenerlas separadas... porque de ese modo solo terminarían arruinándoles la vida. Sabe lo que conlleva responder ahora: debían empacar y marcharse lo antes posible, porque el tiempo corría y no esperaba por nadie. Lo tenian vigilado y por lo tanto, a ella también. Se inclina hacia adelante, posando su mejilla justo a la altura de sus hombros, dejando que la punta de su nariz acaricie su piel hasta llegar a su barbilla, la cual besa continuamente hasta su boca, pero ahí se detiene. Lo mira, dejando que vea por un momento el brillo de diversión en su mirada y luego se retira con rapidez, evitando que él encuentre sus labios, manteniendo los propios ocupados en sus mejillas otra vez. Ella ríe por lo bajo, terminando por acabar su tortura y regalarle un beso suave y sincero, susurrando después:
- Vamos a irnos tan lejos que no van a poder encontrarnos nunca. Y podré despertarte con almohadazos, y hacerte cosquillas, y volverte loco hasta que termines enfadado y grites mi nombre. -La chica ríe, haciendo comentarios en broma, intentando contagiarle el buen humor. Sabe que está preocupado y que los cambios, a veces, afectan a las personas... pero ella no iba a permitirlo. No con él.- Y haremos una lista con cosas por hacer tan, pero tan grande, que se nos acabarán los papeles de la casa. Y ésta vez el sueño va a ser para siempre. -Hablaba como si se refiriera a un cuento de hadas, pero de una u otra forma, el optimismo que irradiaba la chica era contagioso.
No deja de hablar hasta que nota que la preocupación ha disminuido un poco y que Zénobe está más relajado. Lo sigue al piso de arriba, acariciando a Tonca al pasar por su lado y los dos abren las maletas, comenzando a empacar. El norte les esperaba y con ello miles de sorpresas. Sabe que encontrarán algún sitio en algún pueblo que a él le guste. Tras unas horas, Annie, Zénobe y Tonca están en el portal del apartamento del chico. El coche está justo frente a ellos y con un pitido las puertas dejan de estar bloqueadas. La chica deja que Zeta acomode las maletas en el maletero mientras ella preparaba el asiento de atrás, buscando que este fuera un lugar cómodo para ambos si necesitaban un tiempo de descanso. El viaje era largo y aunque ella sabía que el chico era resistente, necesitaba horas de sueño. Está casi todo listo. Él cierra el portal y, antes de subirse al coche Annie le regala un beso suave en los labios, susurrando:
- Necesito hacer algo primero..
Lo mira, dejándole saber a lo que se refería; alimento. Sabe que es difícil para Zénobe, pero si no lo hace ahora podría tener consecuencias y ninguno sabe cuánto tiempo estarán fuera. Para compensarlo, le regala otro beso y una sonrisa, prometiendo en silencio que no tardará más de lo debido. Toman las calles por la dirección que ella le indica. El barrio donde se encuentran no parece tan tranquilo. Ella lo mira, justo a su lado y susurra:
-Bajo ninguna circunstancia salgas del coche. Estaré de vuelta antes de lo que crees. -Se echa a un lado y lo besa otra vez, susurrando- Te amo.
Y entonces sale, cerrando tras de sí, escuchando como el chico pone los seguros del coche. Annie se interna en un edificio. Los minutos pasan despacio, como si fueran más lentos.Y entonces su figura se vuelve a ver entre las calles. Tras ella, un par de vampiro observan pero no se le acercan. Annie toca dos veces en el cristal, sacando a Zénobe de sus pensamientos y cuando el coche vuelve a abrir, ella se interna en este y escruta a los dos seres por la ventana, casi amenazando en silencio. Vuelve la atención a su ángel. Está tranquila pero seria.
-Salgamos de aquí. -Sonríe de medio lado- Gracias por escucharme.. este lugar no es..seguro.
domingo, 22 de junio de 2014
Lejos, pero juntos.
Zénobe.
Se sentía tranquilo teniéndola entre sus brazos, toma sus manos y las entrelaza sonriendo con ternura, escuchando sus palabras y niega ante su declaración sobre su luz, bajando la mirada.
-Tú eres la luz Annie. Tú completa. Yo tan sólo soy un complemento. -Murmura y busca sus labios con los propios, encontrándolos y besándolos despacio, mientras en apenas unos segundos las alas desaparecen levantando una suave brisa en la sala.
Zénobe retira detrás de la oreja un travieso mechón de pelo que ha ondeado por el viento creado, tomando sus mejillas con las manos y aprobechando para besarla de nuevo.
Se separa al de unos segundos, dirigiéndose hacia el gran ventanal para mirar atraves de este la calle, observando la gente pasar. Algunos con prisa, otros caminan tranquilos, los niños juegan en la calle peatonal y unos pájaros anidan en un árbol cercano.
Zeta apoya las manos en el cristal, suspirando, girándose lo suficiente como para ver a Annie de reojo acercarse a él, y la recibe rodeando su cintura, mientras ambos observan la vista.
-Pues no se donde ir, pequeña. Pero debemos irnos... yo al menos. No puedo vivir con el peso de que sepan todo sobre mi. Además te tendrían a ti también completamente localizada. A ambos. Dos pájaros de un tiro. -Susurra Zénobe, y pasea la mirada por el piso, como queriendo recordarlo cuando se muden. -El dinero no es un problema, por eso no te preocupes. Había pensado viajar algo más al norte, a algún pueblo grande, nada de ciudades. Siempre me ha gustado el entorno de los pueblos, cuando comienzas a conocer a los vecinos, a la gente del pueblo... Todo se hace mucho más familiar y eso me gusta. El calor familiar. -La observa esta vez, mientras ella le escucha mirando por la ventana. A pesar de que las ciudades tuvieran muchas más ventajas para esconderse, Zénobe siempre trataba de buscar ese calor familiar que nunca tuvo en pueblos, le encantaba conocer a la gente y la hospitalidad que estos le transmitían, pues Zénobe despertaba en la gente un gran interés y solía siempre caer bien, especialmente a humanos. Sentían por él como un tipo de protección y seguridad al tratarse de un ángel guardián- Podríamos vivir en una casa rodeada de árboles y con un jardín que de al bosque. No se, un espacio más rural, suelos de madera, una chimenea de leña.... Te imagino leyendo en el porche... -Annie le mira, y aprobecha ese momento para sonreir y tratar de hacer más ameno el asunto, intentando contagiarle la sonrisa que acaba en un pequeño beso.- Y Tonca tendría todo el sitio del mundo para ir a sus anchas. -Vuelve a sonreir, mientras la pequeña mascota de Annie baja por las escaleras a saltitos. -Tan sólo dame tu opinión... Puedes dar sugerencias. El sitio es lo de menos al fin y al cabo. Si me dices que sí comenzaré a hacer la maleta y nos iremos a rehacer nuestra vida a otro sitio.
Se sentía tranquilo teniéndola entre sus brazos, toma sus manos y las entrelaza sonriendo con ternura, escuchando sus palabras y niega ante su declaración sobre su luz, bajando la mirada.
-Tú eres la luz Annie. Tú completa. Yo tan sólo soy un complemento. -Murmura y busca sus labios con los propios, encontrándolos y besándolos despacio, mientras en apenas unos segundos las alas desaparecen levantando una suave brisa en la sala.
Zénobe retira detrás de la oreja un travieso mechón de pelo que ha ondeado por el viento creado, tomando sus mejillas con las manos y aprobechando para besarla de nuevo.
Se separa al de unos segundos, dirigiéndose hacia el gran ventanal para mirar atraves de este la calle, observando la gente pasar. Algunos con prisa, otros caminan tranquilos, los niños juegan en la calle peatonal y unos pájaros anidan en un árbol cercano.
Zeta apoya las manos en el cristal, suspirando, girándose lo suficiente como para ver a Annie de reojo acercarse a él, y la recibe rodeando su cintura, mientras ambos observan la vista.
-Pues no se donde ir, pequeña. Pero debemos irnos... yo al menos. No puedo vivir con el peso de que sepan todo sobre mi. Además te tendrían a ti también completamente localizada. A ambos. Dos pájaros de un tiro. -Susurra Zénobe, y pasea la mirada por el piso, como queriendo recordarlo cuando se muden. -El dinero no es un problema, por eso no te preocupes. Había pensado viajar algo más al norte, a algún pueblo grande, nada de ciudades. Siempre me ha gustado el entorno de los pueblos, cuando comienzas a conocer a los vecinos, a la gente del pueblo... Todo se hace mucho más familiar y eso me gusta. El calor familiar. -La observa esta vez, mientras ella le escucha mirando por la ventana. A pesar de que las ciudades tuvieran muchas más ventajas para esconderse, Zénobe siempre trataba de buscar ese calor familiar que nunca tuvo en pueblos, le encantaba conocer a la gente y la hospitalidad que estos le transmitían, pues Zénobe despertaba en la gente un gran interés y solía siempre caer bien, especialmente a humanos. Sentían por él como un tipo de protección y seguridad al tratarse de un ángel guardián- Podríamos vivir en una casa rodeada de árboles y con un jardín que de al bosque. No se, un espacio más rural, suelos de madera, una chimenea de leña.... Te imagino leyendo en el porche... -Annie le mira, y aprobecha ese momento para sonreir y tratar de hacer más ameno el asunto, intentando contagiarle la sonrisa que acaba en un pequeño beso.- Y Tonca tendría todo el sitio del mundo para ir a sus anchas. -Vuelve a sonreir, mientras la pequeña mascota de Annie baja por las escaleras a saltitos. -Tan sólo dame tu opinión... Puedes dar sugerencias. El sitio es lo de menos al fin y al cabo. Si me dices que sí comenzaré a hacer la maleta y nos iremos a rehacer nuestra vida a otro sitio.
viernes, 20 de junio de 2014
Hasta el fin del mundo.
Annie.
Corta las fresas con rapidez y en un segundo el sonido de la batidora llena la habitación. Annie se queda mirando la fruta, la cual es triturada y molida junto al agua para formar un líquido rojizo. Frunce los labios; su mente está en blanco y por ello tarda un poco en apagar el aparato. El ruido termina y ella suspira, preocupada. Lo sirve en un vaso grande; las fresas estaban frías, así como el agua, y realmente ella espera que estén lo suficientemente dulces, ya que ella no añadió nada de azúcar. Sus manos se quedan apoyadas sobre el mármol de la meseta, sintiendo el frío en las yemas de sus dedos. De pronto el aire se inunda con su perfume y cuando se da la vuelta se ve otra vez entre sus brazos, con la frente apoyada en su pecho. Y luego, sus labios. Por un momento le hacen olvidar la preocupación que la llena, hasta que su voz hace que la chica alze las cejas y frunza el ceño, acompañándolo al sofá. Lo que pasa a continuación deja a Annie tanto en silencio como en sorpresa. Ha aceptado lo de Meredith desde que se lo dijo, y nunca hubiera sido capaz de juzgarlo por ello. Los dos habian tenido sus cosas, y habían estado separados por mucho tiempo. Lo importante para ella era el hecho de que sus sentimientos no hubieran cambiado, aunque la idea de que otra persona le tocase no le agradaba, como suponía que pasaba con él.
Las alas de su ángel traen consigo una luz que hubiera dejado ciego a cualquier humano, pero no a Annie. La chica comienza a acumular en su interior todos aquellos sentimientos y emociones. Se sentía cómo si estuviera frente a un ser completamente superior. Normalmente Annie le veía como un igual, siempre había sido así. Valoraba sus acciones y su trabajo y los evaluaba igual que como hacía con los que ella misma realizaba. Nunca había habido ninguna diferencia entre ellos, y aunque suponía que tampoco las habría a partir de ese momento, ella no podía evitar pensar en todo el potencial que él siempre había tenido, en la majestuosidad que dejaba ver, y en todas las injusticias que se habían cometido con él, que quizá no debían haberse hecho. Ante la caricia de las plumas en sus piernas, Annie clava la mirada en su rostro, dejando que el chico vea la luz en su mirada. Zénobe era lo más grande que ella tenía, y sabe que va a cuidarlo aunque de ello dependa su vida. De una forma u otra, también se correspondían en eso. Uno cuidaba del otro como si el alma fuera la misma. La chica se levanta y, dando pasos despacios para no tocar nada en la habitación, se desliza por el frente de sus alas, rozándolas con las yemas de los dedos hasta llegar a él, en donde para. Frunce los labios y entonces comienza a hablar:
-Hay algo que tienes que entender, Zénobe Yves. No hay nada, ni nadie, que pueda volver a separarme de ti. Ni arcángeles, ni seres superiores, ni demonios. La única persona que puede mandarme lejos de tu lado, y dejarme claro que no me quiere cerca, eres tú. -Sube sus manos a su rostro y toma sus mejillas entre ellas, suspirando- Me iré contigo al fin del mundo si hace falta, me esconderé y me haré chiquitita, invisible, si así es necesario. Haría cualquier cosa por estar contigo.-Acaricia despacio su piel y repite algo que hace él mismo le dijo cuando se habían encontrado- Siempre voy a tener perdón para ti, Zénobe. Pero no te reprocho nada, no tengo derecho ninguno. No quiero que te quede ningún remordimiento, ni ningún tipo de culpabilidad o preocupación. -Se inclina hacia adelante y roba un beso suave de sus labios, volviendo a su sitio después y susurrando- ¿A dónde nos vamos?
Su voz, aunque fuera un susurro, suena completamente decidida. Todo lo que había dicho lo había dicho enserio. Aparta suavemente sus manos de sus mejillas y frunce los labios, bajándolas por los perfiles de sus brazos hasta alcanzar sus propias manos y tomarlas con cuidado. Ellos siempre se habían escondido en lugares donde había mucha gente, como internados, institutos o pueblos. Era más difícil localizarlos de esa forma porque allí fuera habían muchos tipos de almas. Al mismo tiempo, era más fácil para ellos con respecto a quién podían salvar o sacar de las tinieblas. Esta vez, ella le iba a dejar decidir. Le acompañaría a donde fuese. Pero, interrumpiendo sus pensamientos, Annie vuelve su atención a él y susurra:
-No sé cómo pudieron llamarme a mi "la luz", teniéndote a ti..eres el más puro de todos los ángeles, Zeta..
Corta las fresas con rapidez y en un segundo el sonido de la batidora llena la habitación. Annie se queda mirando la fruta, la cual es triturada y molida junto al agua para formar un líquido rojizo. Frunce los labios; su mente está en blanco y por ello tarda un poco en apagar el aparato. El ruido termina y ella suspira, preocupada. Lo sirve en un vaso grande; las fresas estaban frías, así como el agua, y realmente ella espera que estén lo suficientemente dulces, ya que ella no añadió nada de azúcar. Sus manos se quedan apoyadas sobre el mármol de la meseta, sintiendo el frío en las yemas de sus dedos. De pronto el aire se inunda con su perfume y cuando se da la vuelta se ve otra vez entre sus brazos, con la frente apoyada en su pecho. Y luego, sus labios. Por un momento le hacen olvidar la preocupación que la llena, hasta que su voz hace que la chica alze las cejas y frunza el ceño, acompañándolo al sofá. Lo que pasa a continuación deja a Annie tanto en silencio como en sorpresa. Ha aceptado lo de Meredith desde que se lo dijo, y nunca hubiera sido capaz de juzgarlo por ello. Los dos habian tenido sus cosas, y habían estado separados por mucho tiempo. Lo importante para ella era el hecho de que sus sentimientos no hubieran cambiado, aunque la idea de que otra persona le tocase no le agradaba, como suponía que pasaba con él.
Las alas de su ángel traen consigo una luz que hubiera dejado ciego a cualquier humano, pero no a Annie. La chica comienza a acumular en su interior todos aquellos sentimientos y emociones. Se sentía cómo si estuviera frente a un ser completamente superior. Normalmente Annie le veía como un igual, siempre había sido así. Valoraba sus acciones y su trabajo y los evaluaba igual que como hacía con los que ella misma realizaba. Nunca había habido ninguna diferencia entre ellos, y aunque suponía que tampoco las habría a partir de ese momento, ella no podía evitar pensar en todo el potencial que él siempre había tenido, en la majestuosidad que dejaba ver, y en todas las injusticias que se habían cometido con él, que quizá no debían haberse hecho. Ante la caricia de las plumas en sus piernas, Annie clava la mirada en su rostro, dejando que el chico vea la luz en su mirada. Zénobe era lo más grande que ella tenía, y sabe que va a cuidarlo aunque de ello dependa su vida. De una forma u otra, también se correspondían en eso. Uno cuidaba del otro como si el alma fuera la misma. La chica se levanta y, dando pasos despacios para no tocar nada en la habitación, se desliza por el frente de sus alas, rozándolas con las yemas de los dedos hasta llegar a él, en donde para. Frunce los labios y entonces comienza a hablar:
-Hay algo que tienes que entender, Zénobe Yves. No hay nada, ni nadie, que pueda volver a separarme de ti. Ni arcángeles, ni seres superiores, ni demonios. La única persona que puede mandarme lejos de tu lado, y dejarme claro que no me quiere cerca, eres tú. -Sube sus manos a su rostro y toma sus mejillas entre ellas, suspirando- Me iré contigo al fin del mundo si hace falta, me esconderé y me haré chiquitita, invisible, si así es necesario. Haría cualquier cosa por estar contigo.-Acaricia despacio su piel y repite algo que hace él mismo le dijo cuando se habían encontrado- Siempre voy a tener perdón para ti, Zénobe. Pero no te reprocho nada, no tengo derecho ninguno. No quiero que te quede ningún remordimiento, ni ningún tipo de culpabilidad o preocupación. -Se inclina hacia adelante y roba un beso suave de sus labios, volviendo a su sitio después y susurrando- ¿A dónde nos vamos?
Su voz, aunque fuera un susurro, suena completamente decidida. Todo lo que había dicho lo había dicho enserio. Aparta suavemente sus manos de sus mejillas y frunce los labios, bajándolas por los perfiles de sus brazos hasta alcanzar sus propias manos y tomarlas con cuidado. Ellos siempre se habían escondido en lugares donde había mucha gente, como internados, institutos o pueblos. Era más difícil localizarlos de esa forma porque allí fuera habían muchos tipos de almas. Al mismo tiempo, era más fácil para ellos con respecto a quién podían salvar o sacar de las tinieblas. Esta vez, ella le iba a dejar decidir. Le acompañaría a donde fuese. Pero, interrumpiendo sus pensamientos, Annie vuelve su atención a él y susurra:
-No sé cómo pudieron llamarme a mi "la luz", teniéndote a ti..eres el más puro de todos los ángeles, Zeta..
Bajo el punto de mira.
Zénobe.
Habían pasado unos minutos y parecía que en casa no había nadie. Era extraño por que era muy pronto y a pesar de haber gente en las calles, no recordaba que Annie le dijera nada de que tenía algun trabajo o estuviera colaborando en algo. "Lo más probable es que se haya marchado, Zénobe" dice algo dentro de él. Hacía casi tres días que no volvía a casa y tras lo sucedido aquella noche sabía que estaba en todo su derecho de marcharse.
Pero de pronto una voz le hace despegar la frente de la puerta, se gira y ahí están sus brazos, rodeándole e intentando calmarle. Suspira y la abraza sin utilizar mucha fuerza, tal vez por no agobiarla, tal vez por que nisiquiera tenía para estrecharla firme. Se deja llevar hasta el sofá sin decir nada, pero junto a ella se siente mejor. Está ahí y es lo que importa
La escucha hablar y asiente con la cabeza, levantándose y yendo al piso de arriba a intentar refrescarse y limpiar también sus recuerdos.
El vapor del agua comienza a salir enseguida, Zénobe tras llenar la bañera se mete en ella, está practicamente hirbiendo pero no le importa, apenas se da cuenta de ello. Su piel se enrojece pero aquella sensación le gusta. Le gusta por que le hace sentir algo más que la preocupación que ahora tiene en mente. Tras unos escasos segundos sale del baño, no sin antes fijarse en las dos cicatrices o marcas de nacimiento que tiene en la espalda, por donde nacen sus alas.
Al bajar decide bajar tan solo en pantalones, llevando la camisa en la mano. La deja sobre el respaldo del sofá y la busca con la mirada, yendo donde esta y la vuelve a abrazar. Esta vez la abraza con más ganas, arqueando la espalda para poder alcanzar sus labios y la besa con ternura, murmurando en su boca. -Tenemos de cosas de las que hablar.. -Se muerde el labio y toma el zumo de fresas que le ha preparado, besándola nuevamente en los labios señal de agradecimiento y la lleva hasta el sofá, sentándola ahí y se sienta a su lado, bebiendose el zumo practicamente de un trago. Recostándose sobre el respaldo y echándose el flequillo hacia atras, suspira, sin saber muy bien por donde empezar.
-Sobre lo de aquella noche... Ella decía la verdad. Parcialmente. Hubo algún que otro beso, pero nada más. Nunca quise nada más. Pero el problema no es que fuera ella. El problema era que no eras tú. Y soy incapaz de hacer nada, todo me sabe amargo y a veneno si no se trata de ti.. Me sentía tan sólo y pensé que nunca más volvería a verte, había perdido el rumbo y ella siempre ha sido... fue muy insistente en sus objetivos. Simplemente me dejé llevar pero entonces apareciste tú y madre mia.. -se frota los ojos con las palmas de la mano y vuelve a suspirar, prensando tras esto los labios- Te pido perdón... Debí decirtelo antes de que pasara todo esto, tal vez las cosas hubieran cambiado. -Dirige un momento la mirada a la ventana, pero lo suficientemente poco para volver a tomar la palabra, mientras Annie le escucha.
-Por otro lado, supongo que sabrás que allí arriba no les gusta ni un pelo que esté enamorado de ti... Ya me lo advirtieron cuando era más joven, antes de conocerte. Que yo estaba destinado a proteger, no a enamorarme, solo a proteger... -Agacha un momento la mirada y la rodea con los brazos, atrayéndola a él por el sofá hasta quedar más cerca- Pero no me importa que me pase, quiero estar contigo. Quiero que estemos juntos y que más dará el resto.. Si no fuera por ti, a mi me daría igual estar aqui o estar en otro sitio, estaría errando por el mundo sin dirección ni objetivos. No se Annie.. eso no me preocupa. No me importa lo que me hagan, me preocupa lo que te pueda pasar a ti. Siempre encontraremos el modo de volver a estar juntos si algo llegara a pasar. -Habla, mientras acaricia la espalda de Annie con las yemas de los dedos, hasta que se queda en silencio, con la mirada perdida más allá de la ventana. Entonces decide volver a hablar, antes de que Annie lo haga primero. Levantándose del sofá con rapidez como si el zumo de fresas le hubiera revitalizado y dado energias como para todo un invierno.
Comienza a mover la mesa del salón, apartándola con sencillez y sin ninguna dificultad crea un espacio bastante amplio en el diáfano ambiente de la primera planta.
-Tienes que ver algo. -Dice mientras está de pie en la entrada, con la mirada atenta de Annie que no entiende que quiere mostrarle, curiosa. -Esto... Este es uno de los motivos por el cual apartir de ahora me van a tener entre el filo y la pared. Ya saben donde vivo, con quien me relaciono, lo saben practicamente todo y van a intentar tenerme totalmente observado. -Suspira y se echa el flequillo aún más atras, dejando que los mechones resbalen entre los dedos. Antes de que Annie pueda decir nada, Zénobe cierra un momento los ojos, pero los vuelve a abrir prensando los labios. Unas inmensas alas nacen de su espalda ocupando practicamente todo el espacio del apartamento. La punta de una de ellas llega a rozar casi las piernas de Annie que se mantiene perpleja en el sofá. Zénobe acaricia su pierna con una de estas, haciendo que Annie se estremezca por la suavidad de las plumas. Suspira nuevamente, intentando permanecer inmovil para no tirar nada o no crear hondas de aire.
Entonces vuelve a hablar, mientras se concentra en no tirar ningun cuadro o ninguna maceta. -Me imagino que sabrás que muy pocos ángeles tienen estas alas, y que la mayoría de ellos tienen estancia en un lugar más allá de donde solemos permanecer hasta que se nos asigna un protegido. Ellos probablemente me quieran allí donde la luz se conserva, tú mejor que nadie sabes de lo que te estoy hablando.. -Suspira, mientras la mira solamente en ocasiones de reojo, pues teme a que reaccione mal o asustada.- Había pensado.. que tal vez podríamos mudarnos lejos... Donde no nos encuentren. Puedo hacerlo, el dinero no es un problema y aquí van a encontrarte a ti también, saben que estoy enamorado de ti y que voy a estar contigo. Por lo que al tenerme a mi, también te tienen a ti bajo el punto de mira. No se que te parecerá la idea... -Dirige la mirada al comienzo de las escaleras, pues Tonca miraba sorprendida desde el piso de arriba, moviendo la cola de una pequeña ardilla.
Habían pasado unos minutos y parecía que en casa no había nadie. Era extraño por que era muy pronto y a pesar de haber gente en las calles, no recordaba que Annie le dijera nada de que tenía algun trabajo o estuviera colaborando en algo. "Lo más probable es que se haya marchado, Zénobe" dice algo dentro de él. Hacía casi tres días que no volvía a casa y tras lo sucedido aquella noche sabía que estaba en todo su derecho de marcharse.
Pero de pronto una voz le hace despegar la frente de la puerta, se gira y ahí están sus brazos, rodeándole e intentando calmarle. Suspira y la abraza sin utilizar mucha fuerza, tal vez por no agobiarla, tal vez por que nisiquiera tenía para estrecharla firme. Se deja llevar hasta el sofá sin decir nada, pero junto a ella se siente mejor. Está ahí y es lo que importa
La escucha hablar y asiente con la cabeza, levantándose y yendo al piso de arriba a intentar refrescarse y limpiar también sus recuerdos.
El vapor del agua comienza a salir enseguida, Zénobe tras llenar la bañera se mete en ella, está practicamente hirbiendo pero no le importa, apenas se da cuenta de ello. Su piel se enrojece pero aquella sensación le gusta. Le gusta por que le hace sentir algo más que la preocupación que ahora tiene en mente. Tras unos escasos segundos sale del baño, no sin antes fijarse en las dos cicatrices o marcas de nacimiento que tiene en la espalda, por donde nacen sus alas.
Al bajar decide bajar tan solo en pantalones, llevando la camisa en la mano. La deja sobre el respaldo del sofá y la busca con la mirada, yendo donde esta y la vuelve a abrazar. Esta vez la abraza con más ganas, arqueando la espalda para poder alcanzar sus labios y la besa con ternura, murmurando en su boca. -Tenemos de cosas de las que hablar.. -Se muerde el labio y toma el zumo de fresas que le ha preparado, besándola nuevamente en los labios señal de agradecimiento y la lleva hasta el sofá, sentándola ahí y se sienta a su lado, bebiendose el zumo practicamente de un trago. Recostándose sobre el respaldo y echándose el flequillo hacia atras, suspira, sin saber muy bien por donde empezar.
-Sobre lo de aquella noche... Ella decía la verdad. Parcialmente. Hubo algún que otro beso, pero nada más. Nunca quise nada más. Pero el problema no es que fuera ella. El problema era que no eras tú. Y soy incapaz de hacer nada, todo me sabe amargo y a veneno si no se trata de ti.. Me sentía tan sólo y pensé que nunca más volvería a verte, había perdido el rumbo y ella siempre ha sido... fue muy insistente en sus objetivos. Simplemente me dejé llevar pero entonces apareciste tú y madre mia.. -se frota los ojos con las palmas de la mano y vuelve a suspirar, prensando tras esto los labios- Te pido perdón... Debí decirtelo antes de que pasara todo esto, tal vez las cosas hubieran cambiado. -Dirige un momento la mirada a la ventana, pero lo suficientemente poco para volver a tomar la palabra, mientras Annie le escucha.
-Por otro lado, supongo que sabrás que allí arriba no les gusta ni un pelo que esté enamorado de ti... Ya me lo advirtieron cuando era más joven, antes de conocerte. Que yo estaba destinado a proteger, no a enamorarme, solo a proteger... -Agacha un momento la mirada y la rodea con los brazos, atrayéndola a él por el sofá hasta quedar más cerca- Pero no me importa que me pase, quiero estar contigo. Quiero que estemos juntos y que más dará el resto.. Si no fuera por ti, a mi me daría igual estar aqui o estar en otro sitio, estaría errando por el mundo sin dirección ni objetivos. No se Annie.. eso no me preocupa. No me importa lo que me hagan, me preocupa lo que te pueda pasar a ti. Siempre encontraremos el modo de volver a estar juntos si algo llegara a pasar. -Habla, mientras acaricia la espalda de Annie con las yemas de los dedos, hasta que se queda en silencio, con la mirada perdida más allá de la ventana. Entonces decide volver a hablar, antes de que Annie lo haga primero. Levantándose del sofá con rapidez como si el zumo de fresas le hubiera revitalizado y dado energias como para todo un invierno.
Comienza a mover la mesa del salón, apartándola con sencillez y sin ninguna dificultad crea un espacio bastante amplio en el diáfano ambiente de la primera planta.
-Tienes que ver algo. -Dice mientras está de pie en la entrada, con la mirada atenta de Annie que no entiende que quiere mostrarle, curiosa. -Esto... Este es uno de los motivos por el cual apartir de ahora me van a tener entre el filo y la pared. Ya saben donde vivo, con quien me relaciono, lo saben practicamente todo y van a intentar tenerme totalmente observado. -Suspira y se echa el flequillo aún más atras, dejando que los mechones resbalen entre los dedos. Antes de que Annie pueda decir nada, Zénobe cierra un momento los ojos, pero los vuelve a abrir prensando los labios. Unas inmensas alas nacen de su espalda ocupando practicamente todo el espacio del apartamento. La punta de una de ellas llega a rozar casi las piernas de Annie que se mantiene perpleja en el sofá. Zénobe acaricia su pierna con una de estas, haciendo que Annie se estremezca por la suavidad de las plumas. Suspira nuevamente, intentando permanecer inmovil para no tirar nada o no crear hondas de aire.
Entonces vuelve a hablar, mientras se concentra en no tirar ningun cuadro o ninguna maceta. -Me imagino que sabrás que muy pocos ángeles tienen estas alas, y que la mayoría de ellos tienen estancia en un lugar más allá de donde solemos permanecer hasta que se nos asigna un protegido. Ellos probablemente me quieran allí donde la luz se conserva, tú mejor que nadie sabes de lo que te estoy hablando.. -Suspira, mientras la mira solamente en ocasiones de reojo, pues teme a que reaccione mal o asustada.- Había pensado.. que tal vez podríamos mudarnos lejos... Donde no nos encuentren. Puedo hacerlo, el dinero no es un problema y aquí van a encontrarte a ti también, saben que estoy enamorado de ti y que voy a estar contigo. Por lo que al tenerme a mi, también te tienen a ti bajo el punto de mira. No se que te parecerá la idea... -Dirige la mirada al comienzo de las escaleras, pues Tonca miraba sorprendida desde el piso de arriba, moviendo la cola de una pequeña ardilla.
jueves, 19 de junio de 2014
A salvo entre sus brazos.
Annie.
Cuando el sueño espiritual finaliza, o más bien cuando lo expulsan de él, Annie se queda con una sensación de vacío inexplicable. Al despertar, lo que hizo al momento en que Zénobe se había marchado, sus ojos azules recorren la habitación, buscando, esperando verlo allí, pero no hay nada más que la luz desvaneciéndose a través de las cortinas blancas a medida que el tiempo iba pasando y la noche se iba acercando. Acurrucada entre las sábanas y abrazada a la almohada, Annie apenas se mueve en toda la noche. Está preocupada y no sabe qué puede hacer, sabe que todo está en manos de su ángel y si algo hace es confiar en él. La madrugada se desliza suavemente, dando los buenos días a un nuevo día.
Annie sale en cuanto los rayos de Sol comienzan a aclarar el cielo. Se mueve entre las calles, silenciosa y con paso rápido, como si estuviera siendo perseguida... pero lo cierto es que no hay ni un alma a esas horas, solo aquellos que debían llegar al trabajo a primera hora. Después de media hora andando a su paso se para frente a una vieja casa con un bonito y cuidado jardín, el cual, incluso si era temprano, dejaba que todos los que pasaran por la acera olieran el perfume de las rosas y flores que lo adornaban. Annie abre la reja despacio y cierra tras de sí. Sube las escaleras de la entrada y toca la puerta despacio, posando sus manos tras la espalda como si fuera una niña en un museo, esperando que el dueño de la casa abra. Tras unos minutos la puerta se abre y ella entra, cerrando tras de sí. La persona que la recibe la abraza con fuerza, sonriendo. Sus cabellos rosas rozaban sus hombros debido a un corte de pelo, pero sus ojos claros seguían teniendo la misma fuerza de siempre. Alex. Las dos chicas se internan en el hogar y, sentadas en el salón, conversan por horas. Annie le cuenta lo que ha pasado con Zénobe, y recibe por respuesta:
- Sabes que va a pasar tarde o temprano, ¿verdad? Van a llamaros porque tú eres su protegida y él está enamorado de ti, siempre lo ha estado.. -Annie se queda en silencio, apretando los labios- ..y porque tú le correspondes. Lo vi desde el primer día. No sé cuales pueden ser las consecuencias y sí, sé lo que estás pensando. Yo tampoco entiendo por qué deben haber consecuencias para el amor, pero todos la sufrimos, mírame a mi. He sido desterrada por amar a quién no debería amar, pero no podía evitarlo. Pero..Ann, no te preocupes, ¿si? Vuestra situación es diferente.Tú... no eres como todos los que se nos asignan. Tú eres tú y, bueno... estoy segura de que sabréis cómo manejarlo. Confío en ello. Y ahora, deja de pensar en eso. Él estará de vuelta pronto, confía en ello.
La chica se queda pensativa por un rato y luego asiente a Alex, su vieja amiga. La invita a ir con ella a un caso y salen las dos de la vieja casa, internándose en la ciudad otra vez, ahora mucho más llena de gente. El tiempo pasa rápido con ella y de una forma u otra eso era lo que la muchacha necesitaba. Ésta vez era un adolescente completamente fuera de sí y no había duda; había sido tocado por Sarah y cada vez que veía a Annie se sentía confundido. Ellas eran idénticas, pero se notaba la diferencia entre ambas en cuanto las conocías. Tras un rato intentando hacer que vea las cosas de forma diferente y corrigiendo su comportamiento, las dos chicas se despiden del chico que poco a poco iba mejorando. En el camino de regreso una sensación inunda a Annie, que clava sus ojos en el cielo y frunce el ceño. Se despide con rapidez de Alex y se dirige al apartamento de Zénobe, o más bien, su casa. Abre el portal y sube las escaleras. Ya sabía lo que pasaba. Podía ver su espalda moverse ante su respiración, su frente apoyada a la madera de la puerta principal, el pumpumpum de su corazón resonando con fuerza, como si por un momento tuviera miedo,
-Zeta..-Susurra despacio y cuando el chico se da la vuelta ella ya se encuentra entre sus brazos.
Y entonces la calma la inunda y lo arropa despacio, como a un niño que necesita protección. Besa su cabeza despacio, pasando a su frente y, a pesar de que siente como su cabeza reposa en su hombro, se las arregla para besar su mejilla y dejar ahí los labios apoyados.
-Menos mal que ya estás aquí, menos mal que estás bien...-Susurra y luego lo siente moverse, al tiempo que sus manos acarician sus mejillas y se funden en uno de esos besos que podrían congelar el mismísimo tiempo.
La chica lo abraza con fuerza y suspira con calma, sintiendo su corazón ir a mil por hora. Recuerda que la noche pasada no pudieron terminar la conversación sobre Meredith y teme que él esté nervioso por eso, o preocupado. Frunce los labios y abre la puerta, dejándolo pasar y cerrando tras de sí pero, antes de que se marche a ducharse, o a cambiarse de ropa, o a hacer cualquier cosa que quisiera hacer después de la tortura a la que había sido sometido, Annie se acerca, posándose justo frente a él y cuidadosamente aparta el cabello que cubre su frente, fijando sus ojos en él y susurrando:
-No quiero que te preocupes por nada, ¿lo entiendes? Y no, Zeta... no me lo niegues. Escucho tu corazón bombeando como si fuera a salírsete del pecho. Quiero que estés tranquilo, y que sueltes cualquier cosa que te estés dejando dentro... Por favor, no lo retengas ahí..-Se pone de puntillas para besar su barbilla y luego frunce los labios, susurrando- Anda, ve... te prepararé un zumo de fresas. Te espero aquí abajo, ¿vale?
Le sonríe, esperando que esto le traiga algo de tranquilidad.
Cuando el sueño espiritual finaliza, o más bien cuando lo expulsan de él, Annie se queda con una sensación de vacío inexplicable. Al despertar, lo que hizo al momento en que Zénobe se había marchado, sus ojos azules recorren la habitación, buscando, esperando verlo allí, pero no hay nada más que la luz desvaneciéndose a través de las cortinas blancas a medida que el tiempo iba pasando y la noche se iba acercando. Acurrucada entre las sábanas y abrazada a la almohada, Annie apenas se mueve en toda la noche. Está preocupada y no sabe qué puede hacer, sabe que todo está en manos de su ángel y si algo hace es confiar en él. La madrugada se desliza suavemente, dando los buenos días a un nuevo día.
Annie sale en cuanto los rayos de Sol comienzan a aclarar el cielo. Se mueve entre las calles, silenciosa y con paso rápido, como si estuviera siendo perseguida... pero lo cierto es que no hay ni un alma a esas horas, solo aquellos que debían llegar al trabajo a primera hora. Después de media hora andando a su paso se para frente a una vieja casa con un bonito y cuidado jardín, el cual, incluso si era temprano, dejaba que todos los que pasaran por la acera olieran el perfume de las rosas y flores que lo adornaban. Annie abre la reja despacio y cierra tras de sí. Sube las escaleras de la entrada y toca la puerta despacio, posando sus manos tras la espalda como si fuera una niña en un museo, esperando que el dueño de la casa abra. Tras unos minutos la puerta se abre y ella entra, cerrando tras de sí. La persona que la recibe la abraza con fuerza, sonriendo. Sus cabellos rosas rozaban sus hombros debido a un corte de pelo, pero sus ojos claros seguían teniendo la misma fuerza de siempre. Alex. Las dos chicas se internan en el hogar y, sentadas en el salón, conversan por horas. Annie le cuenta lo que ha pasado con Zénobe, y recibe por respuesta:
- Sabes que va a pasar tarde o temprano, ¿verdad? Van a llamaros porque tú eres su protegida y él está enamorado de ti, siempre lo ha estado.. -Annie se queda en silencio, apretando los labios- ..y porque tú le correspondes. Lo vi desde el primer día. No sé cuales pueden ser las consecuencias y sí, sé lo que estás pensando. Yo tampoco entiendo por qué deben haber consecuencias para el amor, pero todos la sufrimos, mírame a mi. He sido desterrada por amar a quién no debería amar, pero no podía evitarlo. Pero..Ann, no te preocupes, ¿si? Vuestra situación es diferente.Tú... no eres como todos los que se nos asignan. Tú eres tú y, bueno... estoy segura de que sabréis cómo manejarlo. Confío en ello. Y ahora, deja de pensar en eso. Él estará de vuelta pronto, confía en ello.
La chica se queda pensativa por un rato y luego asiente a Alex, su vieja amiga. La invita a ir con ella a un caso y salen las dos de la vieja casa, internándose en la ciudad otra vez, ahora mucho más llena de gente. El tiempo pasa rápido con ella y de una forma u otra eso era lo que la muchacha necesitaba. Ésta vez era un adolescente completamente fuera de sí y no había duda; había sido tocado por Sarah y cada vez que veía a Annie se sentía confundido. Ellas eran idénticas, pero se notaba la diferencia entre ambas en cuanto las conocías. Tras un rato intentando hacer que vea las cosas de forma diferente y corrigiendo su comportamiento, las dos chicas se despiden del chico que poco a poco iba mejorando. En el camino de regreso una sensación inunda a Annie, que clava sus ojos en el cielo y frunce el ceño. Se despide con rapidez de Alex y se dirige al apartamento de Zénobe, o más bien, su casa. Abre el portal y sube las escaleras. Ya sabía lo que pasaba. Podía ver su espalda moverse ante su respiración, su frente apoyada a la madera de la puerta principal, el pumpumpum de su corazón resonando con fuerza, como si por un momento tuviera miedo,
-Zeta..-Susurra despacio y cuando el chico se da la vuelta ella ya se encuentra entre sus brazos.
Y entonces la calma la inunda y lo arropa despacio, como a un niño que necesita protección. Besa su cabeza despacio, pasando a su frente y, a pesar de que siente como su cabeza reposa en su hombro, se las arregla para besar su mejilla y dejar ahí los labios apoyados.
-Menos mal que ya estás aquí, menos mal que estás bien...-Susurra y luego lo siente moverse, al tiempo que sus manos acarician sus mejillas y se funden en uno de esos besos que podrían congelar el mismísimo tiempo.
La chica lo abraza con fuerza y suspira con calma, sintiendo su corazón ir a mil por hora. Recuerda que la noche pasada no pudieron terminar la conversación sobre Meredith y teme que él esté nervioso por eso, o preocupado. Frunce los labios y abre la puerta, dejándolo pasar y cerrando tras de sí pero, antes de que se marche a ducharse, o a cambiarse de ropa, o a hacer cualquier cosa que quisiera hacer después de la tortura a la que había sido sometido, Annie se acerca, posándose justo frente a él y cuidadosamente aparta el cabello que cubre su frente, fijando sus ojos en él y susurrando:
-No quiero que te preocupes por nada, ¿lo entiendes? Y no, Zeta... no me lo niegues. Escucho tu corazón bombeando como si fuera a salírsete del pecho. Quiero que estés tranquilo, y que sueltes cualquier cosa que te estés dejando dentro... Por favor, no lo retengas ahí..-Se pone de puntillas para besar su barbilla y luego frunce los labios, susurrando- Anda, ve... te prepararé un zumo de fresas. Te espero aquí abajo, ¿vale?
Le sonríe, esperando que esto le traiga algo de tranquilidad.
miércoles, 18 de junio de 2014
Bajo todas las miradas.
Zénobe.
La noche había caido en aquel lugar también, pero sin embargo no había tranquilidad. Todo lo contrario, aquellos ángeles que habían perdido el norte sentían que la oscuridad les brindaba seguridad y tranquilidad, se rendían ante ella y sus placeres capitales aumentaban y se dejaban llevar por todos los pecados cayendo en las tentaciones. Algunos gritaban con furia, otros parecían que iban a matarse entre ellos mientras los compañeros les animaban a cometer tales delitos, otros disfrutaban de actos sexuales sin vergüenza ni complejos, otros caían en chanchullos para obtener comida guiados por la gula.
Zénobe yacía en una esquina de la celda tranquilo, dormido, ajeno a todo lo que había más allá de los barrotes. Está sumergido en un sueño un tanto extraño. Se encuentra en un tipo de ecosistema donde no encuentra nada más allá del horizonte. Parece el último ser de la tierra, se gira sobre sus talones varias veces, pero no encuentra nada allí. Sin embargo, el sueño es un tanto extraño, pues siente la brisa en su piel, y piensa con total claridad. ¿Se supone que aquello era un tipo de sueño? Niega varias veces con la cabeza y echa a andar tranquilamente con las manos en los bolsillos, dejando que el aire despeine su flequillo. De pronto escucha unos pasos tras de si, se gira con rapidez y antes de que pueda reaccionar tiene a Annie entre sus brazos, y la abraza sorprendido. Puede abrazarla. Puede sentirla. Además huele a vainilla... Besa su pelo, y la estrecha con ternura.
-¿Annie? ¿Esto es real? -Pregunta confuso, y ella se separa un poco, mientras él la toma de las manos para poder sentirla mientras habla. Annie le cuenta todo lo que sabe, todo lo que ha podido saber por el arcangel y Zénobe escucha atento. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Salvar a Meredith? Eso era practicamente imposible en sus circustancias.
-No creo que pueda hacerlo... Está totalmente perdida. Por mucho que quisiera.. No se hacerlo, no se.. no se nisiquiera si quiero intentarlo.. Me siento tan cansado.. -Se lleva una mano libre al corto flequillo, y se lo echa hacia atras. -Annie... lo que pasó el otro día... No pasó nada más que un par de besos entre ella y yo. Me sentía solo por aquel entonces, pensé que no volvería a verte y no se, simplemente dejé llevarme. De verdad, lo siento mucho. No es algo de lo que me sienta orgulloso, y menos ahora que tú estás aqui.
Annie de pronto comienza a separarse de él, pero es él quien está retrocediendo hacia atras, como si una fuerza lo llevara hacia atras como un tipo de imán. La llama nervioso. ¿Qué está pasand...?
De pronto se despierta nervioso, más cansado que antes y se encuentra a Meredith tumbada a su lado, abrazándole mientras duerme. Este vuelve a gruñir por lo bajo y se libera de sus brazos, arrastrandose hasta el otro lado de la celda. Su aspecto es de cansancio, agotamiento, suspira, tapándose los ojos con las manos y frotándose estos. Necesita salir de ahí como sea. Ahora sabe que puede ser liberado, pero necesita comportarse, necesita que los superiores se den cuenta de que él no es un futuro caido.
De pronto, Meredith se despierta y se da cuenta de que Zénobe ha huido de ella. Se arrastra hasta donde él, murmurando en voz baja.
-Zénobe... ¿Por qué no quieres nada conmigo? Venga.. estamos practicamente solos.. En este punto.. que más da todo. Ella ya no está aqui y no la vas a volver a ver. Ahora tienes algo mejor... Me tienes a mi.
Zeta rueda los ojos y suspira, tratando de ignorarla hasta que ella lo vuelve a abrazar y este la aparta bruscamente.
-¡BASTA YA MEREDITH! ¡NO QUIERO NADA CONTIGO! ¡ESTÁS OBSESIONADA! -Gruñe, levantándose del suelo y trata de relajarse masajeándose el puente de la nariz, bajando el tono de voz. -Quiero que te alejes de mi. No quiero saber nada de ti, estás perdiendo totalmente el rumbo de tu vida, vas a perder todo lo que la vida te ha dado, el placer y el privilegio de ser lo que somos. Lo vas a perder todo. Lo estás perdiendo ya. Mírate. Sólo hace falta verte a ti y a todos los que están en este lugar.
De pronto, se escucha un tipo de relámpago que llama la atención de todos los presentes en aquella estancia. Zénobe alza la mirada al cielo pero los acontecimientos se van a dar más abajo, donde él se hospeda pues se acercan cuatro ángeles trajeados hacia la celda de ellos dos. Zeta se acerca a los barrotes sin tocarlos, observando como estos se acercan poco a poco, hasta estar practicamente frente a él. De pronto, uno de ellos lo agarra de la camisa llevándolo hacia delante, haciendole atravesar los barrotes y Meredith y los demás encarcelados se aferran a los barrotes como si hubieran desaparecido, pero para ellos siguen ahí y reciben una descarga electrica, mostrándoles que para ellos la sentencia sigue permanente.
Zénobe se encuentra custodiado por esos cuatro ángeles que le guian hacia el final de las filas de celdas y de pronto una luz cegadora los atrapa.
Se encuentra en un tipo de sala blanca, y un grupo de ángeles le observan. Está en un tipo de inspección. Uno de ellos se acerca firme, mostrándole una mesa metálica.
-Me llamo Isaac y mi objetivo va a ser hacerte una inspección. Tras esa inspección, si la pasas, entonces serás libre. No se te condenará ni se te impondrán cargos.
Zénobe acepta y para la prueba tiene que quitarse practicamente toda la ropa menos la ropa interior. Se trata de una prueba de poderes y dones, para determinar que tipo de cualidades son predominantes en las personalidades de los ángeles. La última prueba es una simple inspección de alas. El color de las alas de un ángel totalmente puro es practicamente un blanco cegador a la luz del sol, sin embargo, cuando esa pureza disminuye el blanco se va desgastando hasta ser un blanco crudo, gris, o incluso negrizo.
Zénobe es incapaz de poner ninguna excusa ante la prueba. Necesita salir de alli. Necesita volver a casa junto a ella. La prueba deja boquiabiertos a los presentes. Zénobe ha heredado las alas de su padre. Tiene un plumaje majestuoso e inmenso. Eso desata rumores y polémica entre las escalas del cielo, los ángeles superiores lo observarán con detenimiento a partir de ahora. Saben que si él lo desea o tan solo lo pidiera, podría ser uno de los pocos ángeles que han alcanzado el éxtasis máximo. Tras pasar un día en un tipo de sala de aislamiento, Zénobe ha tenido tiempo para pensar. Sabe que ahora ya no será uno más entre ellos, sabe que se hablará mucho de él. Incluso podrían tomarle como una amenaza.
El próximo día, Zénobe es llevado al bosque donde lo trajeron días pasados. Se despide allí con cierto rencor, y sin perder tiempo, se apresura cansado hacia su apartamento. Espera encontrarla allí. Por el camino, sin embargo, se encuentra con varias miradas, como si supieran ahora su secreto. ¿Qué estaba pasando? Se siente confuso, cada vez mas. Necesita saber de ella, necesita saber que está bien, si aquel sueño era real.. No encuentra las llaves, y llama a la puerta nervioso, suspirando, espera que esté allí.
La noche había caido en aquel lugar también, pero sin embargo no había tranquilidad. Todo lo contrario, aquellos ángeles que habían perdido el norte sentían que la oscuridad les brindaba seguridad y tranquilidad, se rendían ante ella y sus placeres capitales aumentaban y se dejaban llevar por todos los pecados cayendo en las tentaciones. Algunos gritaban con furia, otros parecían que iban a matarse entre ellos mientras los compañeros les animaban a cometer tales delitos, otros disfrutaban de actos sexuales sin vergüenza ni complejos, otros caían en chanchullos para obtener comida guiados por la gula.
Zénobe yacía en una esquina de la celda tranquilo, dormido, ajeno a todo lo que había más allá de los barrotes. Está sumergido en un sueño un tanto extraño. Se encuentra en un tipo de ecosistema donde no encuentra nada más allá del horizonte. Parece el último ser de la tierra, se gira sobre sus talones varias veces, pero no encuentra nada allí. Sin embargo, el sueño es un tanto extraño, pues siente la brisa en su piel, y piensa con total claridad. ¿Se supone que aquello era un tipo de sueño? Niega varias veces con la cabeza y echa a andar tranquilamente con las manos en los bolsillos, dejando que el aire despeine su flequillo. De pronto escucha unos pasos tras de si, se gira con rapidez y antes de que pueda reaccionar tiene a Annie entre sus brazos, y la abraza sorprendido. Puede abrazarla. Puede sentirla. Además huele a vainilla... Besa su pelo, y la estrecha con ternura.
-¿Annie? ¿Esto es real? -Pregunta confuso, y ella se separa un poco, mientras él la toma de las manos para poder sentirla mientras habla. Annie le cuenta todo lo que sabe, todo lo que ha podido saber por el arcangel y Zénobe escucha atento. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Salvar a Meredith? Eso era practicamente imposible en sus circustancias.
-No creo que pueda hacerlo... Está totalmente perdida. Por mucho que quisiera.. No se hacerlo, no se.. no se nisiquiera si quiero intentarlo.. Me siento tan cansado.. -Se lleva una mano libre al corto flequillo, y se lo echa hacia atras. -Annie... lo que pasó el otro día... No pasó nada más que un par de besos entre ella y yo. Me sentía solo por aquel entonces, pensé que no volvería a verte y no se, simplemente dejé llevarme. De verdad, lo siento mucho. No es algo de lo que me sienta orgulloso, y menos ahora que tú estás aqui.
Annie de pronto comienza a separarse de él, pero es él quien está retrocediendo hacia atras, como si una fuerza lo llevara hacia atras como un tipo de imán. La llama nervioso. ¿Qué está pasand...?
De pronto se despierta nervioso, más cansado que antes y se encuentra a Meredith tumbada a su lado, abrazándole mientras duerme. Este vuelve a gruñir por lo bajo y se libera de sus brazos, arrastrandose hasta el otro lado de la celda. Su aspecto es de cansancio, agotamiento, suspira, tapándose los ojos con las manos y frotándose estos. Necesita salir de ahí como sea. Ahora sabe que puede ser liberado, pero necesita comportarse, necesita que los superiores se den cuenta de que él no es un futuro caido.
De pronto, Meredith se despierta y se da cuenta de que Zénobe ha huido de ella. Se arrastra hasta donde él, murmurando en voz baja.
-Zénobe... ¿Por qué no quieres nada conmigo? Venga.. estamos practicamente solos.. En este punto.. que más da todo. Ella ya no está aqui y no la vas a volver a ver. Ahora tienes algo mejor... Me tienes a mi.
Zeta rueda los ojos y suspira, tratando de ignorarla hasta que ella lo vuelve a abrazar y este la aparta bruscamente.
-¡BASTA YA MEREDITH! ¡NO QUIERO NADA CONTIGO! ¡ESTÁS OBSESIONADA! -Gruñe, levantándose del suelo y trata de relajarse masajeándose el puente de la nariz, bajando el tono de voz. -Quiero que te alejes de mi. No quiero saber nada de ti, estás perdiendo totalmente el rumbo de tu vida, vas a perder todo lo que la vida te ha dado, el placer y el privilegio de ser lo que somos. Lo vas a perder todo. Lo estás perdiendo ya. Mírate. Sólo hace falta verte a ti y a todos los que están en este lugar.
De pronto, se escucha un tipo de relámpago que llama la atención de todos los presentes en aquella estancia. Zénobe alza la mirada al cielo pero los acontecimientos se van a dar más abajo, donde él se hospeda pues se acercan cuatro ángeles trajeados hacia la celda de ellos dos. Zeta se acerca a los barrotes sin tocarlos, observando como estos se acercan poco a poco, hasta estar practicamente frente a él. De pronto, uno de ellos lo agarra de la camisa llevándolo hacia delante, haciendole atravesar los barrotes y Meredith y los demás encarcelados se aferran a los barrotes como si hubieran desaparecido, pero para ellos siguen ahí y reciben una descarga electrica, mostrándoles que para ellos la sentencia sigue permanente.
Zénobe se encuentra custodiado por esos cuatro ángeles que le guian hacia el final de las filas de celdas y de pronto una luz cegadora los atrapa.
Se encuentra en un tipo de sala blanca, y un grupo de ángeles le observan. Está en un tipo de inspección. Uno de ellos se acerca firme, mostrándole una mesa metálica.
-Me llamo Isaac y mi objetivo va a ser hacerte una inspección. Tras esa inspección, si la pasas, entonces serás libre. No se te condenará ni se te impondrán cargos.
Zénobe acepta y para la prueba tiene que quitarse practicamente toda la ropa menos la ropa interior. Se trata de una prueba de poderes y dones, para determinar que tipo de cualidades son predominantes en las personalidades de los ángeles. La última prueba es una simple inspección de alas. El color de las alas de un ángel totalmente puro es practicamente un blanco cegador a la luz del sol, sin embargo, cuando esa pureza disminuye el blanco se va desgastando hasta ser un blanco crudo, gris, o incluso negrizo.
Zénobe es incapaz de poner ninguna excusa ante la prueba. Necesita salir de alli. Necesita volver a casa junto a ella. La prueba deja boquiabiertos a los presentes. Zénobe ha heredado las alas de su padre. Tiene un plumaje majestuoso e inmenso. Eso desata rumores y polémica entre las escalas del cielo, los ángeles superiores lo observarán con detenimiento a partir de ahora. Saben que si él lo desea o tan solo lo pidiera, podría ser uno de los pocos ángeles que han alcanzado el éxtasis máximo. Tras pasar un día en un tipo de sala de aislamiento, Zénobe ha tenido tiempo para pensar. Sabe que ahora ya no será uno más entre ellos, sabe que se hablará mucho de él. Incluso podrían tomarle como una amenaza.
El próximo día, Zénobe es llevado al bosque donde lo trajeron días pasados. Se despide allí con cierto rencor, y sin perder tiempo, se apresura cansado hacia su apartamento. Espera encontrarla allí. Por el camino, sin embargo, se encuentra con varias miradas, como si supieran ahora su secreto. ¿Qué estaba pasando? Se siente confuso, cada vez mas. Necesita saber de ella, necesita saber que está bien, si aquel sueño era real.. No encuentra las llaves, y llama a la puerta nervioso, suspirando, espera que esté allí.
martes, 17 de junio de 2014
Ilusión.
Annie.
Desde el tejado la chica observa a los ángeles saliendo, dirigiéndose entre los callejones a un lugar apartado. Ella sigue la línea de los edificios con la mirada hasta ver como una luz cegadora (para cualquier que estuviera cerca) explotaba en una zona apartada de la sociedad. Frunce los labios y preocupada clava la vista en el cielo. Cuando le había dicho a Zénobe que se ocupara de ella no se refería a esa forma. Pasan los minutos y de alguna forma, también las horas. En plena madrugada Annie se pone en pie en el tejado y se retira de allí, tomando las calles hasta el apartamento, en donde entra y se queda con la espalda apoyada en la puerta. Se humedece los labios despacio, asegura el lugar y deja las llaves en una mesita, subiendo al piso de arriba para cambiarse y sentarse en la cama con los pies cruzados.
Ya era madrugada pero Annie no se había dormido; seguía esperándolo. De una u otra forma tenía la esperanza de que regresara esa noche. Pero él no lo hizo. Ninguna señal, ningún mensaje. Annie cae después de un rato, abrazada a la almohada de su ángel, como si por alguna casualidad eso le ayudara a tenerlo más cerca. A la mañana siguiente Annie se despierta bruscamente, con la respiración a mil por hora. Algo iba mal, podía sentirlo. Con rapidez se viste, toma las llaves y sale del apartamento, tomando las calles de la ciudad hasta llegar al pub. Estaba vacío, pero las luces estaban encendidas. Ella sabía que él iba a estar allí.
Sube las escaleras y cuando llega al Almacén se lo encuentra. El arcángel la mira, sorprendido.
-Annie, ¿qué haces..?
-¿Dónde está? ¡Dime! ¿Dónde está? ¡Algo va mal!-Dice la chica, dejando que el nerviosismo se note en su voz. El arcángel la mira desde su esquina, en donde se encuentra sentado y frunce los labios, respondiendo:
-Está con Meredith. Les han encerrado. No hay nada que pueda hacer...
-¡¡Claro que puedes hacer algo!! ¡¡Tú tienes voz allí arriba!! ¡Si alguien de los que nos encontramos aquí puede hacer algo, ese eres tú! Además, ¿por qué se le acusa? ¿¡por qué!?
-...por ahora. Escúchame bien. Zénobe está viviendo una ilusión, todos los que están en el sitio donde él se encuentra la viven, día a día. Es la forma que se tiene de comprobar si son verdaderos, si no se han rendido a la oscuridad. Son reales, todos y cada uno de ellos, muchos se han rendido hace tiempo ya y son los que primero serán expulsados. Zénobe se encuentra en una prisión con Meredith. Ella está...exageradamente lujuriosa y a él se le ha asignado su cuidado. Cuando la pare, y con esto me refiero a que ella deje de cometer uno de los pecados, las barreras desaparecerán y serán libres. Al menos él. Ahora, si se rinde... serán desterrados, los dos.
Annie se queda en silencio, perpleja. Habían puesto a su ángel guardián en una prueba con Meredith. Algo se revuelve en su estómago y ella frunce el ceño, mirando al arcángel que se encuentra frente a ella y susurrando:
-¿Cuánto tiempo?
-Eso, Annie, depende de ellos.
Con esa respuesta la chica se da la vuelta y se marcha, pensando en una buena manera de comunicarse con Zénobe. Mira al cielo; las nubes se pasean de un lado a otro, como si danzaran. La chica llega al apartamento antes de lo esperado y empieza a hacer tiempo; coloca alpiste para los pajarillos y les cambia el agua, pasa un rato con Tonca, la cual parece tan preocupada como ella, abre los armarios, intenta organizar algo pero Zeta ha dejado todo impecable. Se sienta en la cama y suspira, posando una mano sobre su frente y bajando la mirada. Entonces se echa atrás, dejando que la claridad le haga cerrar los ojos poco a poco. Y se queda allí, dormitando.. hasta que la luz se hace más fuerte y ella cae en un sueño espiritual, donde la primera persona que ve es a Zénobe, que la mira concernado. Ella echa a correr, refugiándose entre sus brazos, respirando su aroma suavemente.
Desde el tejado la chica observa a los ángeles saliendo, dirigiéndose entre los callejones a un lugar apartado. Ella sigue la línea de los edificios con la mirada hasta ver como una luz cegadora (para cualquier que estuviera cerca) explotaba en una zona apartada de la sociedad. Frunce los labios y preocupada clava la vista en el cielo. Cuando le había dicho a Zénobe que se ocupara de ella no se refería a esa forma. Pasan los minutos y de alguna forma, también las horas. En plena madrugada Annie se pone en pie en el tejado y se retira de allí, tomando las calles hasta el apartamento, en donde entra y se queda con la espalda apoyada en la puerta. Se humedece los labios despacio, asegura el lugar y deja las llaves en una mesita, subiendo al piso de arriba para cambiarse y sentarse en la cama con los pies cruzados.
Ya era madrugada pero Annie no se había dormido; seguía esperándolo. De una u otra forma tenía la esperanza de que regresara esa noche. Pero él no lo hizo. Ninguna señal, ningún mensaje. Annie cae después de un rato, abrazada a la almohada de su ángel, como si por alguna casualidad eso le ayudara a tenerlo más cerca. A la mañana siguiente Annie se despierta bruscamente, con la respiración a mil por hora. Algo iba mal, podía sentirlo. Con rapidez se viste, toma las llaves y sale del apartamento, tomando las calles de la ciudad hasta llegar al pub. Estaba vacío, pero las luces estaban encendidas. Ella sabía que él iba a estar allí.
Sube las escaleras y cuando llega al Almacén se lo encuentra. El arcángel la mira, sorprendido.
-Annie, ¿qué haces..?
-¿Dónde está? ¡Dime! ¿Dónde está? ¡Algo va mal!-Dice la chica, dejando que el nerviosismo se note en su voz. El arcángel la mira desde su esquina, en donde se encuentra sentado y frunce los labios, respondiendo:
-Está con Meredith. Les han encerrado. No hay nada que pueda hacer...
-¡¡Claro que puedes hacer algo!! ¡¡Tú tienes voz allí arriba!! ¡Si alguien de los que nos encontramos aquí puede hacer algo, ese eres tú! Además, ¿por qué se le acusa? ¿¡por qué!?
-...por ahora. Escúchame bien. Zénobe está viviendo una ilusión, todos los que están en el sitio donde él se encuentra la viven, día a día. Es la forma que se tiene de comprobar si son verdaderos, si no se han rendido a la oscuridad. Son reales, todos y cada uno de ellos, muchos se han rendido hace tiempo ya y son los que primero serán expulsados. Zénobe se encuentra en una prisión con Meredith. Ella está...exageradamente lujuriosa y a él se le ha asignado su cuidado. Cuando la pare, y con esto me refiero a que ella deje de cometer uno de los pecados, las barreras desaparecerán y serán libres. Al menos él. Ahora, si se rinde... serán desterrados, los dos.
Annie se queda en silencio, perpleja. Habían puesto a su ángel guardián en una prueba con Meredith. Algo se revuelve en su estómago y ella frunce el ceño, mirando al arcángel que se encuentra frente a ella y susurrando:
-¿Cuánto tiempo?
-Eso, Annie, depende de ellos.
Con esa respuesta la chica se da la vuelta y se marcha, pensando en una buena manera de comunicarse con Zénobe. Mira al cielo; las nubes se pasean de un lado a otro, como si danzaran. La chica llega al apartamento antes de lo esperado y empieza a hacer tiempo; coloca alpiste para los pajarillos y les cambia el agua, pasa un rato con Tonca, la cual parece tan preocupada como ella, abre los armarios, intenta organizar algo pero Zeta ha dejado todo impecable. Se sienta en la cama y suspira, posando una mano sobre su frente y bajando la mirada. Entonces se echa atrás, dejando que la claridad le haga cerrar los ojos poco a poco. Y se queda allí, dormitando.. hasta que la luz se hace más fuerte y ella cae en un sueño espiritual, donde la primera persona que ve es a Zénobe, que la mira concernado. Ella echa a correr, refugiándose entre sus brazos, respirando su aroma suavemente.
Sentenciado.
Zénobe.
Cuando Annie soltó su mano ante el comentario de Meredith, un escalofrío recorrió su cuerpo. Sabía todo el poder que Annie llevaba consigo, Meredith no podía hacerle daño, pero ella podía hacerselo, y mucho más daño del que podía imaginar.
Tras las ofensivas palabras de la chica, Zénobe agacha la mirada. No es por una sensación de culpabilidad ni vergüenza, es más bien un sentimiento extraño. El arcangel las mira tenso y manteniendo el control del escaso contacto que hay entre ellas, aunque entre ambos cuerpos salían practicamente chispas.
Escasamente se llegan a tocar, como si fueran dos substancias de diferentes densidades, se limitan.
El arcangel dirige la mirada a Zénobe y este le devuelve la mirada. Tras las palabras de Meredith él también ha sido involucrado en el asunto. Y estaba metido hasta las trancas, debido a que los ángeles guardianes no debían ser más que eso, guardianes. Especialmente con sus protegidos.
Zénobe había incumplido ya varias normas, el simple hecho de haber besado a ambas le dejaba entre la espada y la pared. De pronto la voz de Annie hace que vuelva en sí de sus pensamientos, pero sabe que se encuentra mal. Y sabe los motivos. No hacía falta ser un ángel para saberlos. Observa como se escapa entre la gente y sale por la puerta, sin dudarlo, la sigue y a escasos centímetros de la salida escucha su nombre en una voz firme y clara.
-Zénobe. -Lo suficientemente alto para que se detenga, prensando los labios y dándose la vuelta con aire mas relajado que como está por dentro, pues sabe que después de las confesiones hacia su persona no van a dejarle irse así sin mas. -Ven. -Termina diciendo mientras Zeta se acerca al arcangel con el cual vivió parte de su infancia.
Sabe lo que va a pasar ahora. Lo sabe por que él abandonó la tierra terrenal para alcanzar el cielo cuando su padre iba a ser desterrado y condenado a ser caido antes de que se sentenciara la pena de muerte. El padre de Zénobe era un ángel extremadamente poderoso, sus alas eran blancas como perlas pero eran mucho más grandes que las de los demás ángeles, permitiéndole volar más allá de donde muchos podían permitirselo, pudiendo alcanzar sin problema alguno las zonas del cielo más peligrosas, donde se encontraban unos ángeles selectos que gobernaban y tomaban las decisiones. Allí estaban los mensajeros, los ángeles de guardia terrenal y sobre todo, los ángeles que ejecutaban las órdenes de la luz, quienes determinaban practicamente la vida de los humanos. Aquel lugar era inalcanzable para la mayoría de los ángeles y eso proporcionaba seguridad. El padre de Zénobe fue condenado a muerte por ese motivo, por que siendo angel caido, podía alcanzar las puertas de ese lugar y alterar el cosmos para darle vida al caos del universo. Zénobe habia heredado sus alas, las temía, hacía muchísimo que no quería saber de ellas, le resultaba realmente dificil mantenerlas ocultas tanto tiempo pero al verlas veía a su padre sentado en el porche de una casa llamándole con una voz desgarrada y fría. Si aquellos ángeles veían sus alas, pondrian toda la atención en él, apenas dejarían que se mezclara entre humanos para evitar las tentaciones de caer en los pecados más oscuros. Y él era feliz siendo aparentemente un humano.
Tras volver a mirar hacia la puerta donde Annie ha salido, se dirige hacia el arcangel que posa su mano sobre sus hombros y lo guía hasta una sala, entrando ellos dos mientras Meredith queda custodiada. Ambos se sientan en dos sillas separadas por una mesa, Zénobe escucha con atención aunque sus pensamientos ronden a Annie.
-Zénobe Yves.. No voy a juzgarte por tu vida privada. Pero sabes que tenemos ciertas normas. Sé que Annie y tú teneis un vínculo más allá de la protección que se te ha asignado. Tampoco voy a juzgarte por eso, lo haría si fuera humana. Sabes lo que pasaría si ella fuera humana. -Dice la última frase, con un tono cortante y tenso- Aun así debes ocuparte de Meredith, la luz en ella se está apagando y la oscuridad la está llenando por dentro a una velocidad muy rápida. No creo que tenga salvación pero se puede evitar que esa oscuridad se expanda a niveles mayores. Tú vas a ser el responsable de llevarla al cielo e informar a los superiores de su situación, ellos se haran cargo de ella y de su estado anímico.
-Está bien.. Me ocuparé mañan.. -Antes de que Zénobe pueda acabar la frasd, el arcangel le interrumpe con un "Hoy" claro e indiscutible. Zeta asiente y se retira junto a él llevándose a Meredith junto con otros dos ángeles que la custodian hacia la parte de atras de la calle del pub, llevandosela consigo calle arriba hacia el bosque, ajenos a las miradas de humanos. Sin embargo, algunos de los ángeles de la reunión, especialmente algunos curiosos primerizos les siguen queriendo tratar de observar la escena.
Zénobe camina preocupado y la angustia se hace dueño de él, el terror está presente en su mirada, no quiere ni puede desplegar sus alas frente a ellos.
Al llegar Meredith parece aún mas retorcida que antes, incluso ha perdido cierto brillo en la mirada, la situación es crítica para ella.
-Zénobe. -Dice el arcangel desplegando las alas en el bosque junto con los otros dos ángeles. Su mirada ha bastado para que el joven comprenda que tiene que hacerse cargo de llevarla él, y para ello debe hacer aquello que tanto pánico le crea, pánico a ser descubierto y ser juzgado como un ángel superior apartir de ahora, con mucha más vigilancia y atención.
-Hmmm por fin voy a poder estar entre tus brazos cariño.. Espero que me lagarres bien de donde quieras.. A ver si ne voy a escurrir.. -Dice Meredith cada vez más ida de su ser, impregnada por el pecado de la lujuria. Zénobe se lleva las manos a la cabeza y suspira mientras tres ángeles le miran atentos, haciendole saber que estan esperando y que tienen prisa.
Entonces Zénobe se da por vencido, les niega con la cabeza varias veces pues no puede desplegar sus alas ahí, ante ellos. Y los ángeles se toman esa negación de órdenes como una clara posición a favor de Meredith, como si tratara de protegerla a ella de su crudo final como ángel pura. Para el arcangel algo le hace dudar, Zénobe no suele actuar de esa manera y está ciertamente confuso, pero antes de alzar vuelo, transporta a ambos con un simple gesto de manos al mubdo angelical.
Luz. Zénobe abre un ojo con torpeza y una inmensa luz le ciega, confundiéndole. Se acaba de despertar y algo le rodea el cuerpo tocándole y acariciandole el torso, de pronto, nota unos labios besándole y se deja llevar en ese beso. "Annie" Piensa. Aun no es capaz de abrir los ojos pero esos labios carnosos le confuden, y se lleva las manos a los ojos frotándolos para poder despertarse. La realidad de Zénobe cambia por completo, lo vivido no era un sueño y no está en su piso, y sobre todo: esos labios no eran Annie.
Se aparta bruscamente de Meredith que aprobechó su sueño para acercarse a él y se levanta gruñendo, enfadado y tratando de controlar su ira hacia ella, respirando controladamente y levantandose rapidamente del suelo. De pronto lo ve. Se encuentran en el cielo, exactamente en la zona penitenciaria donde eran sentenciados los ángeles para bien o para mal. Una jaula de barrotes transparentes les rodea a ellos dos, sin embargo no estaban solos, habia mas jaulas o celdas con ángeles que parecían sacados de su ser, algunos trataban de matar a su compañero de celda, otros gritaban tratando de convencer a los guardianes de que les dejaran salir, había ángeles disfrutando del sexo sin vergüenza y naturalidad impregnados de lujuría y pecados capitales. La respiración de Zénobe se acelera más al posar las manos sobre los barrotes y recibir una descarga electrica que le hace apartarse y caer al suelo. Meredith acude donde él abrazandole y aprobechando su estado de confusion y desesperación para sentarse sobre él y besarle. Zenobe trata de apartarla con los brazos torpemente, quitandola de encima y jadeando gatea por la celda hasta los barrotes nuevamente, al borde de un ataque de pánico. Vuelve a tocarlos y una nueva descarga electrica le golpea el cuerpo lanzandole hacia atras cayendo al suelo. Meredith vuelve a acudir donde él, volviendo a besarle esta vez mas intenso, aprobechandose de su estado nuevamente mientras él trata de apartarla. Se siente debil.
Jadea nervioso, llevandose las manos a la cara y murmura- ¿Cuanto tiempo llevamos aqui?..
-Un día, nos trajeron por la noche y enseguida anochecerá. Y tú y yo podremos hacer cosas malas.. -dice con voz sensual mientras acaricia el torso de Zénobe y este aparta su mano bruscamente antes de llegar lo suficientemente abajo como para cabrearle aun mas. Alza la mano apretando los dientes y Meredith en ese momento se asusta, la agarra por el cuello observando el miedo en los ojo de la joven por un momento hasta que la suelta tras casi gritar un "basta". Meredith se sienta en una esquina de la celda observando a los demás angeles proximamente caidos, y Zénobe murmura para su interior el nombre de Annie, cerrando los ojos, tratando de meterse en algún sueño.
Si sentencian a Zénobe por error como ángel caido le harán una inspección completa. Eso conlleva que sus alas sean expuestas a la luz y la condena no sería un destierro de el mundo de los ángeles, sino del mundo de la vida por temor a su poder.
Annie. Annie. Annie... -trata de llamarla, con desesperación, cerrando los ojos con fuerza y arqueando la espalda hacia delante dejandose caer al suelo, intentando colarse en el subsconsciente de Annie para que pueda contactar con ella.
La necesita.
Sobrepasando límites.
Annie.
Cada vez que Meredith abría la boca Annie sentía como su sangre hervía en su interior pero se dejaba llevar por Zénobe, intentando no explotar ahí mismo. Había un límite para todo y sin duda ella lo había sobrepasado. El roce de su ángel, el hecho de que sujetara su mano hacía que tomara respiraciones más hondas. Annie sabía comportarse en casi todas las situaciones, pero era mejor no buscarla porque eso podría sacar lo peor de ella. La voz de la chica llama la atención de los ángeles que se encuentran alrededor de la galería, interrumpiéndolos y dejando ver en alguno de ellos, los que tenían más años sobre sus hombros, miradas de terror, confusión e incluso preocupación. Todos lo habían sentido, igual que Annie. La oscuridad se revolvía, ansiosa, dentro del alma de Meredith y aunque ninguno tuviera el poder para ver su aura, se sentía. Era como si un día soleado se tornara completamente negro, encapotado.
La última frase desborda el carácter apasiguado de Annie y la chica se escapa del agarre de Zénobe, deslizándose justo por su costado hasta quedar frente a Meredith, tan cerca que incluso se tocaban. Meredith la superaba en altura debido a los tacones, pero Ann nunca se dejaba intimidar. Una sonrisa aparece en su rostro y ella ladea la cabeza, quedándose mirándola fijamente.
-Tienes un problema, uno grande. Y es mejor que lo trates antes de que empeore.
Obtiene por respuesta algo que no esperaba, pero aún así mantiene la calma.
-Y tú tienes mis babas en tu boca y nadie te dice nada, ¿a qué sí, Zénobe? ¡Ya era hora! ¿Cómo sienta saber que prácticamente me estás besando a mi? Qué asco. Y eso porque no conoces los detalles, ¿quieres saberlos? -Dirige su atención a Annie otra vez.
Se mantiene indiferente, aunque la ha dejado en silencio. Sigue en calma, pero su cerebro se ha parado por un instante. Mira a uno de sus costados y de repente se encuentra con la vieja mirada del arcángel que manejaba todo aquello, el cual escrutaba a las dos jóvenes de una forma bastante dura. Las aparta despacio, aunque firme y dice:
- Esto termina aquí. Si tenéis ganas de luchar iros a la sala de entrenamiento que tendremos en el próximo almacén. -Meredith abre los labios para decir algo y se ve interrumpida- He dicho que ha terminado. Cada una por su lado y como os vea así otra vez, estáis expulsadas.
Annie sabía que no era posible, no para ella, pero se queda en silencio, se da la vuelta y queda justo al lado de Zénobe, aunque esta vez no toma su mano. No está enfadada, sólo confusa. Sabe que Zénobe no tiene que contarle con quién, o por qué, ha tenido "contacto", pero el hecho de que Meredith la haya cogido por sorpresa la ha dejado fuera de lugar. Sube una mano a su rostro y se aparta el flequillo de la frente, susurrando.
- Necesito tomar el aire.. yo.. en fin, Zénobe.. - Lo mira, frunciendo los labios, dejando que él viera cuál era el problema en su mirada- Ocúpate de ella, por favor. Está yendo por donde no debe y tengo el presentimiento de que sólo va a escucharte a ti, o quizás a Eros. -Mira al chico de reojo y aunque ninguno parece muy contento con la idea, no se niegan-.. Estaré de vuelta en un rato.
Las escaleras la reciben y con ellas el sonido de la música, lo que hace que de repente le venga un fuerte dolor de cabeza. Ella gruñe despacio y sale al exterior, encontrándose con bajas temperaturas y un cielo encapotado, como su humor en ese momento. Ella suspira y se las arregla para llegar al tejado del edificio que queda justo al frente del pub, sentándose justo en el borde, dejando sus piernas caer. No puede observar las estrellas ni la Luna. Sólo hay oscuridad. El viento sopla con más fuerza allá arriba, despeinándola. Ella baja la mirada y frunce el ceño, dedicándose a darle vueltas a lo que escuchó anteriormente aunque sabe que no debería, no sin escuchar a su ángel primero.
Cada vez que Meredith abría la boca Annie sentía como su sangre hervía en su interior pero se dejaba llevar por Zénobe, intentando no explotar ahí mismo. Había un límite para todo y sin duda ella lo había sobrepasado. El roce de su ángel, el hecho de que sujetara su mano hacía que tomara respiraciones más hondas. Annie sabía comportarse en casi todas las situaciones, pero era mejor no buscarla porque eso podría sacar lo peor de ella. La voz de la chica llama la atención de los ángeles que se encuentran alrededor de la galería, interrumpiéndolos y dejando ver en alguno de ellos, los que tenían más años sobre sus hombros, miradas de terror, confusión e incluso preocupación. Todos lo habían sentido, igual que Annie. La oscuridad se revolvía, ansiosa, dentro del alma de Meredith y aunque ninguno tuviera el poder para ver su aura, se sentía. Era como si un día soleado se tornara completamente negro, encapotado.
La última frase desborda el carácter apasiguado de Annie y la chica se escapa del agarre de Zénobe, deslizándose justo por su costado hasta quedar frente a Meredith, tan cerca que incluso se tocaban. Meredith la superaba en altura debido a los tacones, pero Ann nunca se dejaba intimidar. Una sonrisa aparece en su rostro y ella ladea la cabeza, quedándose mirándola fijamente.
-Tienes un problema, uno grande. Y es mejor que lo trates antes de que empeore.
Obtiene por respuesta algo que no esperaba, pero aún así mantiene la calma.
-Y tú tienes mis babas en tu boca y nadie te dice nada, ¿a qué sí, Zénobe? ¡Ya era hora! ¿Cómo sienta saber que prácticamente me estás besando a mi? Qué asco. Y eso porque no conoces los detalles, ¿quieres saberlos? -Dirige su atención a Annie otra vez.
Se mantiene indiferente, aunque la ha dejado en silencio. Sigue en calma, pero su cerebro se ha parado por un instante. Mira a uno de sus costados y de repente se encuentra con la vieja mirada del arcángel que manejaba todo aquello, el cual escrutaba a las dos jóvenes de una forma bastante dura. Las aparta despacio, aunque firme y dice:
- Esto termina aquí. Si tenéis ganas de luchar iros a la sala de entrenamiento que tendremos en el próximo almacén. -Meredith abre los labios para decir algo y se ve interrumpida- He dicho que ha terminado. Cada una por su lado y como os vea así otra vez, estáis expulsadas.
Annie sabía que no era posible, no para ella, pero se queda en silencio, se da la vuelta y queda justo al lado de Zénobe, aunque esta vez no toma su mano. No está enfadada, sólo confusa. Sabe que Zénobe no tiene que contarle con quién, o por qué, ha tenido "contacto", pero el hecho de que Meredith la haya cogido por sorpresa la ha dejado fuera de lugar. Sube una mano a su rostro y se aparta el flequillo de la frente, susurrando.
- Necesito tomar el aire.. yo.. en fin, Zénobe.. - Lo mira, frunciendo los labios, dejando que él viera cuál era el problema en su mirada- Ocúpate de ella, por favor. Está yendo por donde no debe y tengo el presentimiento de que sólo va a escucharte a ti, o quizás a Eros. -Mira al chico de reojo y aunque ninguno parece muy contento con la idea, no se niegan-.. Estaré de vuelta en un rato.
Las escaleras la reciben y con ellas el sonido de la música, lo que hace que de repente le venga un fuerte dolor de cabeza. Ella gruñe despacio y sale al exterior, encontrándose con bajas temperaturas y un cielo encapotado, como su humor en ese momento. Ella suspira y se las arregla para llegar al tejado del edificio que queda justo al frente del pub, sentándose justo en el borde, dejando sus piernas caer. No puede observar las estrellas ni la Luna. Sólo hay oscuridad. El viento sopla con más fuerza allá arriba, despeinándola. Ella baja la mirada y frunce el ceño, dedicándose a darle vueltas a lo que escuchó anteriormente aunque sabe que no debería, no sin escuchar a su ángel primero.
lunes, 16 de junio de 2014
Provocaciones.
Zénobe.
Annie de pronto entra en la galería de fotos y proyecciones, Eros tampoco anda muy lejos, también atento a la escena. Zénobe la recibe posando su mano sobre su cintura, medio atrayendola a él, protegiendose y creando un vinculo entre ellos. Meredith parecía haber optado ya por un camino, no el mas facil ni el mas complicado, pero tal vez no el más acertado. Estaba desviándose de toda la luz que guiaba a los ángeles y se dirigía a paso calmado pero firme hacia un precipicio sin retorno. Escucha la conversación no muy amistosa entre ambas chicas y suspira. Zénobe no podía atacar a ningún tipo de ser acaso de que fuera por defensa o protección si la vida de su protegida corría peligro o era maltratada.
-Venga Annie vamonos, no tiene importancia.. -Dice Zeta en un susurro, tomandola de la mano y haciendola girar hacia él, caminando tan solo unos pasos por la galería hasta escuchar nuevamente la voz de Meredith, pero esta vez mucho más cerca. Tan cerca que casi puede palpar su voz, ya queMeredith practicamente hablaba posando sus labios sobre el cuello de Zénobe.
-Vamos Zénobe... Conmigo vas a divertirte más.. -murmura lo suficientemente alto para que Annie tambien pueda escucharlo- Seguro que ella no te da todo lo que yo puedo darte.. Dime, ¿es tan floja en la cama como parece? -terminó por último Meredith. Sus palabras estaban llenas de prepotencia y tono sensual, estaba bastante clara de su objetivo y era testaruda y posesiva por lo que no se rendiría tan facilmente.
Nota la respiración de Annie más acelerada y siente una presión en la mano que estrecha con ella. Apenas pasan unos segundos cuando ambas ya están medio enzarzadas en una discusión. Zénobe se mantiene en medio de ambas, creando una barrera entre Annie y Meredith.
-Vamos pequeña.. No tienes lo que hay que tener para estar con un hombre. -Suelta Meredith cada vez con mas ganas de guerra, notando la presión cada vez mas fuerte de la mano de Annie contra la propia.
-Meredith callate ya. -Suspira Zénobe tratando de mantener la paciencia y compostura.
-Vamos Zénobe.. Sabes que yo puedo hacer cosas que te harían tocar el cielo... -Meredith de nuevo, pero esta vez aprobecha el tipo de barrera que ha creado Zénobe con su cuerpo para abrazar y manosear el costado que le corresponde.
Zénobe se retuerce resoplando, apartándose y volviendo a tirar de la mano de Annie para avanzar apenas unos escasos pasos. Es presente de la irritación y enfado de Annie, el cual parece aumentar por segundos. Vuelve a tirar de su mano hacia delante para salir de alli pero Meredith continúa con su actuación digna de una tragicomedia.
-Solo espero que pienses en mi cuando te la foll.. -Antes de terminar la frase, Zénobe toma aire casi en un jadeo pues trata de no perder los papeles, volviendo a tirar de la mano de Annie, pero esta se escurre entre sus dedos liberándose.
viernes, 13 de junio de 2014
"Porque ellos no necesitaban un nombre."
Annie.
Y con los días, su amor se asentaba en su vida, sintiéndose seguro de permanecer allí, como debería haber sido desde el principio. El hilo rojo del destino los había unido bien, porque Annie sabía que no había ni habría nadie que pudiera llenarla como hacía y había hecho siempre Zénobe. Como un puzzle y sus piezas que encajan, dependiendo siempre la una de la otra para completarse. Como el cielo y el mar, siempre unidos en el horizonte. Como él y ella, dos almas destinadas a estar juntas.
Y se acostumbra. Se acostumbra rápido al olor a café por las mañanas, a la frescura y suavidez de su piel al dormir abrazados, a su voz que, melodiosa, la ayudaba a superar todos sus miedos. A sus formas, a su risa, a cómo apartaba su pelo de la frente cuando le molestaba, y cómo brillaban sus ojos cuando hablaban de un futuro juntos. Se había acostumbrado tan rápido a él que si los separaban otra vez no estaba segura de poder continuar. No sin sus besos y sus caricias, porque Zénobe se conocía a Annie como la palma de su mano, y juntaba sus lunares, formando constelaciones.
El día había sido largo, aunque no tan agotador. Desde aquel beso de despedida se había pasado contando los minutos para volverlo a ver, aunque sabía que debía poner su atención en aquella persona que se había dejado llevar por la depresión. En una pequeña habitación de un apartamento de la ciudad, un alma rota se abre a Annie y la escucha, dejándose endulzar por su voz aterciopelada. Al final de ese caso ella logra una sonrisa y ésta hace que se sienta bien. Todo sea por ayudarles. La lucha entre el bien y el mal se remotaba a tiempos en los que ni siquiera el hombre había escrito y ahora ella la vivía cada día, a cada segundo. La oscuridad existía en ella, pero no la llenaba y cuando se sentía al borde, Annie pensaba en su ángel guardián. El día pasa rápido y cuando sus ojos azules se centran en el cielo, puede observar un hermoso atardecer lleno de colores cálidos, que se difuminan con un azul oscuro, dando paso a la noche. Desde donde se encuentra puede observar la ciudad, llena de historias y secretos. Después de un rato se marcha, sabiendo que debe hacer algo antes de ir al pub.
Una pequeña habitación la recibe. Es un sótano en un almacén de la ciudad, en donde los vampiros se pasean como si nada. Muchos gruñen y la miran de reojo, conocen su reputación pero ninguno se atreve a tocarla. Annie era una Massey, y como Massey, tenía seres que la respaldaban. Tras su dosis de alimentación, que no solo la mantenía saludable física, sino también mentalmente, la chica sale lo más rápido de allí. Acorta por los callejones y tras un rato se encuentra con el portal, el cual abre con la llave que Zeta le ha dado. Sabe que no está allí, y se da una ducha rápida, vistiéndose tan sencilla como siempre y colocando una chaqueta por encima de sus hombros, sólo por si el tiempo se encaprichaba.
El Almacén está lleno de ángeles y ella sabe que ha llegado tarde, pero no ha podido acortar más el tiempo. Siente la presencia de Zeta en la habitación y una sonrisa se forma en sus labios, haciendo que sus mejillas se tornen a un tono rosa pálido, que hace contraste con su piel de porcelana. Lo busca en la habitación, dejándose llevar por su instinto y cuando lo encuentra algo la para justo frente a la escena que está presenciando. Zénobe está completamente cerrado, tenso y con la mandíbula apretada. Eros lo mira con preocupación. Meredith se muerde el labio inferior despacio, echándose a reír al sentir la presencia de Annie.
-No se lo has dicho, ¿verdad? ¡No se lo has dicho! ¡Viva la confianza!
Annie se acerca despacio, sintiendo un escalofrío al sentir la oscuridad emergiendo en el alma pura de Meredith. Posa una mano en la espalda de Zénobe y presiona despacio, haciéndole saber que está a su lado y de su parte. Esa iba a ser siempre su posición. Eros gruñe ante la actitud de Meredith y dice:
-Tienes que parar esto, Mere..
-¡NO! ¿Por qué debería? ¿No era que entre parejas no existían secretos? ¿O es que no son parejas? ¡Mejor! ¡Más para mi!
Annie gruñe, dando un paso por delante de Zénobe y colocándose delante de la chica, susurrando:
- Es mejor que pares. Necesitas ayuda. Lo digo enserio. Deja de amenazar con cosas sin sentido y, ¡eh! Ponle una mano encima y ya no seré tan educada.
Y con los días, su amor se asentaba en su vida, sintiéndose seguro de permanecer allí, como debería haber sido desde el principio. El hilo rojo del destino los había unido bien, porque Annie sabía que no había ni habría nadie que pudiera llenarla como hacía y había hecho siempre Zénobe. Como un puzzle y sus piezas que encajan, dependiendo siempre la una de la otra para completarse. Como el cielo y el mar, siempre unidos en el horizonte. Como él y ella, dos almas destinadas a estar juntas.
Y se acostumbra. Se acostumbra rápido al olor a café por las mañanas, a la frescura y suavidez de su piel al dormir abrazados, a su voz que, melodiosa, la ayudaba a superar todos sus miedos. A sus formas, a su risa, a cómo apartaba su pelo de la frente cuando le molestaba, y cómo brillaban sus ojos cuando hablaban de un futuro juntos. Se había acostumbrado tan rápido a él que si los separaban otra vez no estaba segura de poder continuar. No sin sus besos y sus caricias, porque Zénobe se conocía a Annie como la palma de su mano, y juntaba sus lunares, formando constelaciones.
El día había sido largo, aunque no tan agotador. Desde aquel beso de despedida se había pasado contando los minutos para volverlo a ver, aunque sabía que debía poner su atención en aquella persona que se había dejado llevar por la depresión. En una pequeña habitación de un apartamento de la ciudad, un alma rota se abre a Annie y la escucha, dejándose endulzar por su voz aterciopelada. Al final de ese caso ella logra una sonrisa y ésta hace que se sienta bien. Todo sea por ayudarles. La lucha entre el bien y el mal se remotaba a tiempos en los que ni siquiera el hombre había escrito y ahora ella la vivía cada día, a cada segundo. La oscuridad existía en ella, pero no la llenaba y cuando se sentía al borde, Annie pensaba en su ángel guardián. El día pasa rápido y cuando sus ojos azules se centran en el cielo, puede observar un hermoso atardecer lleno de colores cálidos, que se difuminan con un azul oscuro, dando paso a la noche. Desde donde se encuentra puede observar la ciudad, llena de historias y secretos. Después de un rato se marcha, sabiendo que debe hacer algo antes de ir al pub.
Una pequeña habitación la recibe. Es un sótano en un almacén de la ciudad, en donde los vampiros se pasean como si nada. Muchos gruñen y la miran de reojo, conocen su reputación pero ninguno se atreve a tocarla. Annie era una Massey, y como Massey, tenía seres que la respaldaban. Tras su dosis de alimentación, que no solo la mantenía saludable física, sino también mentalmente, la chica sale lo más rápido de allí. Acorta por los callejones y tras un rato se encuentra con el portal, el cual abre con la llave que Zeta le ha dado. Sabe que no está allí, y se da una ducha rápida, vistiéndose tan sencilla como siempre y colocando una chaqueta por encima de sus hombros, sólo por si el tiempo se encaprichaba.
El Almacén está lleno de ángeles y ella sabe que ha llegado tarde, pero no ha podido acortar más el tiempo. Siente la presencia de Zeta en la habitación y una sonrisa se forma en sus labios, haciendo que sus mejillas se tornen a un tono rosa pálido, que hace contraste con su piel de porcelana. Lo busca en la habitación, dejándose llevar por su instinto y cuando lo encuentra algo la para justo frente a la escena que está presenciando. Zénobe está completamente cerrado, tenso y con la mandíbula apretada. Eros lo mira con preocupación. Meredith se muerde el labio inferior despacio, echándose a reír al sentir la presencia de Annie.
-No se lo has dicho, ¿verdad? ¡No se lo has dicho! ¡Viva la confianza!
Annie se acerca despacio, sintiendo un escalofrío al sentir la oscuridad emergiendo en el alma pura de Meredith. Posa una mano en la espalda de Zénobe y presiona despacio, haciéndole saber que está a su lado y de su parte. Esa iba a ser siempre su posición. Eros gruñe ante la actitud de Meredith y dice:
-Tienes que parar esto, Mere..
-¡NO! ¿Por qué debería? ¿No era que entre parejas no existían secretos? ¿O es que no son parejas? ¡Mejor! ¡Más para mi!
Annie gruñe, dando un paso por delante de Zénobe y colocándose delante de la chica, susurrando:
- Es mejor que pares. Necesitas ayuda. Lo digo enserio. Deja de amenazar con cosas sin sentido y, ¡eh! Ponle una mano encima y ya no seré tan educada.
jueves, 12 de junio de 2014
Cráteres.
Zénobe.
En ocasiones, Zénobe cierra los ojos tratando de no caer en un juego de caricias hipnótico. La observaba a su lado, siguiendo un juego de miradas, sonrisas y tiernos besos. Con las yemas de los dedos pasea por sus curvas, deslizándose por su cadera hasta las costillas, acariciando su costado y atrayéndola más a él.
Los besos no se detienen en los labios, continuan más allá de las mejillas, deslizándose por el cuello hasta llegar practicamente a enloquecer por su aroma, rodeándola con los brazos y alzándola lo suficiente para tomarla en brazos...
Ya en el cuarto las cortinas de seda se mueven suaves por el viento, ondeando y creando formas en las paredes por la cálida luz de la calle mientras la brisa acaricia los cuerpos entregándoselos a la noche, dejando que el amor les haga.
Inseparable, de eso se trataba todo.
Inseparables como la luna y sus cráteres, el tabaco y la nicotina, el vodka y el alcohol, las constelaciones y las estrellas... Tal vez separables. Pero esa separación cambiaría totalmente el significado de ambos elementos. La luna ya no sería la luna que todos conocemos, el tabaco probablemente dejaría de producir adicción, el vodka sería simple agua y las constelaciones... no serían nada.
De eso trataban ellos dos. De ser, inseparables.
Inseparables. Del latín inseparabilis: que no se puede separar.
Los días pasan al lado de Annie, son días felices. Felices como ver florecer un campo de girasoles, tranquilos como cerrar los ojos frente al mar, risueños como la caricia de una despistada mariposa, ilusionados como una lluvia en plena sequía.
Se distraen paseando por la calle juntos, yendo al campo, colándose furtivamente en sesiones de cine nocturno, corriendo por las calles como locos críos en busca de aventuras, yendo al puerto a mojar los pies en el agua, chapotear en esta y tratar de pescar con palos hojas que flotan a la deriva.
El viernes llega antes de lo previsto, aquella mañana Annie debía ocuparse de unos asuntos y para ello necesitaba la tranquilidad y aislamiento de su antiguo hogar por unas horas, Zénobe lo entendía y se entretuvo con sus deberes diarios.
A la tarde, ambos debían acudir a una de esas reuniones en el bar. Habían quedado allí para encontrarse. Zénobe estuvo parte de la tarde con Eros charlando, tomando algo en bares cercanos y disfrutando del sol.
La noche había caído pronto y ambos acudieron al Pub como era rutinario cada viernes. Seguía habiendo el mismo ambiente que otras noches, la música sonaba y había gente que bailaba en una zona. Zénobe evitó mirar hacia la barra para no encontrarse con Marcus, le sería muy incómoda la situación. ¿Qué pensaría de él ahora que "estaba" con Annie? Niega con la cabeza y tanto Eros como él se apoyan sobre la barandilla que subía a la zona de arriba, contemplando una peculiar escena: Meredith bailaba entre la gente con un conjunto bastante atrevido, un vestido rojo escotado que realzaba todas las partes de su cuerpo, la melena ondulada y unos tacones infinitos. Tenía alrededor las miradas de muchos hombres que sonreían al verla bailar de aquella manera, ambos también miraban, sin embargo Zénobe se limitaba a mirar cada dos por tres el reloj y buscar a Annie por la entrada. Meredith observó que ellos dos estaban en el pub, pero que Zénobe no la miraba como ella quería. Tal vez, debía atraer su atención más tarde y de otra manera.
Los ángeles comenzaban a llegar y subían por las escaleras hacia la zona de arriba. Annie parecía que se había retrasado un poco, Zénobe estaba algo preocupado, pero sabía que estaba bien, llegaría pronto. Tenía tantas ganas de verla...
Meredith también se dispuso a subir, aprobechando que Eros y Zeta estaban apoyados en la barandilla y pasar tras ellos rozándose como si no tuviera el espacio suficiente para pasar. Zénobe suspira, alzando tan solo una ceja e intercambia miradas con Eros, el cual parece no haber comprendido tampoco el comportamiento de la joven.
Todos suben a la zona de arriba, por lo visto la charla de esa noche se trataba sobre todo tipo de criaturas categorizadas. Desde simples duendes hasta los más complejos minotauros. Había una especie de esposición dividida en secciones o salas, algunas ambientadas con luces diferentes, especialmente una donde se encontraban clasificadas las criaturas de género más peligroso o con índices de mortalidad más altos, una zona más oscura. Zénobe paseaba por esa sala observando las fotografías y las diapositivas que se encontraban expuestas. De pronto, nota una presencia detras de si, se gira tranquilo, suspirando al verla. -¿Qué quieres? -Pregunta Zénobe, con aire indiferente.
-A ti, tal vez. -Dice Meredith sonriendo de lado, sensualmente, apoyada sobre una urna de cristal donde se encontraban disecados pequeños rastros de criaturas.
En ocasiones, Zénobe cierra los ojos tratando de no caer en un juego de caricias hipnótico. La observaba a su lado, siguiendo un juego de miradas, sonrisas y tiernos besos. Con las yemas de los dedos pasea por sus curvas, deslizándose por su cadera hasta las costillas, acariciando su costado y atrayéndola más a él.
Los besos no se detienen en los labios, continuan más allá de las mejillas, deslizándose por el cuello hasta llegar practicamente a enloquecer por su aroma, rodeándola con los brazos y alzándola lo suficiente para tomarla en brazos...
Ya en el cuarto las cortinas de seda se mueven suaves por el viento, ondeando y creando formas en las paredes por la cálida luz de la calle mientras la brisa acaricia los cuerpos entregándoselos a la noche, dejando que el amor les haga.
Inseparable, de eso se trataba todo.
Inseparables como la luna y sus cráteres, el tabaco y la nicotina, el vodka y el alcohol, las constelaciones y las estrellas... Tal vez separables. Pero esa separación cambiaría totalmente el significado de ambos elementos. La luna ya no sería la luna que todos conocemos, el tabaco probablemente dejaría de producir adicción, el vodka sería simple agua y las constelaciones... no serían nada.
De eso trataban ellos dos. De ser, inseparables.
Inseparables. Del latín inseparabilis: que no se puede separar.
Los días pasan al lado de Annie, son días felices. Felices como ver florecer un campo de girasoles, tranquilos como cerrar los ojos frente al mar, risueños como la caricia de una despistada mariposa, ilusionados como una lluvia en plena sequía.
Se distraen paseando por la calle juntos, yendo al campo, colándose furtivamente en sesiones de cine nocturno, corriendo por las calles como locos críos en busca de aventuras, yendo al puerto a mojar los pies en el agua, chapotear en esta y tratar de pescar con palos hojas que flotan a la deriva.
El viernes llega antes de lo previsto, aquella mañana Annie debía ocuparse de unos asuntos y para ello necesitaba la tranquilidad y aislamiento de su antiguo hogar por unas horas, Zénobe lo entendía y se entretuvo con sus deberes diarios.
A la tarde, ambos debían acudir a una de esas reuniones en el bar. Habían quedado allí para encontrarse. Zénobe estuvo parte de la tarde con Eros charlando, tomando algo en bares cercanos y disfrutando del sol.
La noche había caído pronto y ambos acudieron al Pub como era rutinario cada viernes. Seguía habiendo el mismo ambiente que otras noches, la música sonaba y había gente que bailaba en una zona. Zénobe evitó mirar hacia la barra para no encontrarse con Marcus, le sería muy incómoda la situación. ¿Qué pensaría de él ahora que "estaba" con Annie? Niega con la cabeza y tanto Eros como él se apoyan sobre la barandilla que subía a la zona de arriba, contemplando una peculiar escena: Meredith bailaba entre la gente con un conjunto bastante atrevido, un vestido rojo escotado que realzaba todas las partes de su cuerpo, la melena ondulada y unos tacones infinitos. Tenía alrededor las miradas de muchos hombres que sonreían al verla bailar de aquella manera, ambos también miraban, sin embargo Zénobe se limitaba a mirar cada dos por tres el reloj y buscar a Annie por la entrada. Meredith observó que ellos dos estaban en el pub, pero que Zénobe no la miraba como ella quería. Tal vez, debía atraer su atención más tarde y de otra manera.
Los ángeles comenzaban a llegar y subían por las escaleras hacia la zona de arriba. Annie parecía que se había retrasado un poco, Zénobe estaba algo preocupado, pero sabía que estaba bien, llegaría pronto. Tenía tantas ganas de verla...
Meredith también se dispuso a subir, aprobechando que Eros y Zeta estaban apoyados en la barandilla y pasar tras ellos rozándose como si no tuviera el espacio suficiente para pasar. Zénobe suspira, alzando tan solo una ceja e intercambia miradas con Eros, el cual parece no haber comprendido tampoco el comportamiento de la joven.
Todos suben a la zona de arriba, por lo visto la charla de esa noche se trataba sobre todo tipo de criaturas categorizadas. Desde simples duendes hasta los más complejos minotauros. Había una especie de esposición dividida en secciones o salas, algunas ambientadas con luces diferentes, especialmente una donde se encontraban clasificadas las criaturas de género más peligroso o con índices de mortalidad más altos, una zona más oscura. Zénobe paseaba por esa sala observando las fotografías y las diapositivas que se encontraban expuestas. De pronto, nota una presencia detras de si, se gira tranquilo, suspirando al verla. -¿Qué quieres? -Pregunta Zénobe, con aire indiferente.
-A ti, tal vez. -Dice Meredith sonriendo de lado, sensualmente, apoyada sobre una urna de cristal donde se encontraban disecados pequeños rastros de criaturas.
martes, 10 de junio de 2014
"La noche a tu lado".
Annie.
Tras cerrar la maleta, Annie echa un último vistazo a la pequeña buhardilla donde se había escondido por meses. Frunce los labios; sabe que si alguien encontraba ese lugar tendrían que buscar otra alternativa, y no se refería a buscar un hogar, sino un lugar donde no llamaran la atención. Confiaba en que eso no pasara otra vez. Escucha las patas de Tonca bajando las escaleras y ve a Zénobe de reojo, tomando su maleta y saliendo tras su mascota. Ella suspira, toma la llave y cierra la puerta, asegurándose de que todo está tranquilo. Baja tras ellos, sintiéndose en calma. En el coche Tonca no se cansa de ladrar y juguetear, como si de esta forma quisiera expresarles lo feliz que estaba. De una u otra forma, el animalillo era un reflejo de cómo se sentía su dueña, y el hecho de que se llevaran tan bien era algo que le encantaba a Annie. El apartamento de Zénobe los recibe, dándoles una cálida bienvenida. Annie ríe al ver a su mascota y asiente al comentario de Zeta, siguiendo el camino de las escaleras para llegar al cuarto. La habitación blanca está fresca ya que olvidaron las puertas de la terraza. En la jaula, dos pajarillos se mueven despacio y juegan entre sí, como si de esta forma se dieran las buenas noches. Annie se arrodilla ante ellos, observándolos por un largo rato y luego se da cuenta de que se ha entretenido, se levanta y se dirige a la cama, abriendo la maleta y empezando a colocar alguna de sus cosas en el mismo armario de Zénobe. Toma una de sus camisetas, las cuales ella llama pijama, ya que suelen ser largas y bastante cómodas, y una muda de ropa interior y se cuela en el baño con rapidez, dejando que el agua fría moje su cuerpo, la recorra y haga que se relaje. Se sentía más tranquila que antes, en su buhardilla. No era algo nuevo para el chico, y para ella tampoco, pero Annie era un poco extraña para dejar que sus sentimientos salgan a la luz, incluso si era con personas cercanas a ella. Tras diez minutos bajo el agua, la chica sale y se envuelve con una toalla, cepillando su cabello despacio con un cepillo que supone es de Zénobe, puesto que lo ha encontrado en el baño. Mira su reflejo en el espejo, el cual no está empañado y termina de secar su piel, la cual es blanca como el papel, pero marcada por pequeños detalles que forman constelaciones sobre esta o como todo el mundo los llamaría; lunares.
Deja la toalla en el baño y sale al salón, viéndolo allí, sentado frente a la chimenea. Puede oler el aroma fresco de su piel. Se acerca despacio y lo abraza por detrás, inclinándose sobre el sofá al hacer esto. Besa su hombro despacio, dejando los labios apoyados ahí por un segundo, y entonces susurra:
-Gracias por dejar que me quede aquí..-Y con esto se refería al hecho de que la había invitado a vivir con él. Sonríe, otra vez sobre su piel y cambia de posición, sentándose sobre la espalda del sofá, quedando justo al frente de la ventana y entonces se deja caer, sintiendo como su propia espalda aterriza suavemente sobre los cojines del sofá.
Lo siguiente que puede ver es la sonrisa de Zénobe, y luego todo se queda en silencio. Annie sube la mano despacio, agarrando por un momento la del chico y perfilando sus dedos con los propios, concentrada en el roce que hace su piel contra la suya. Luego sube, dibujando círculos y figuras extrañas en su antebrazo, y al subir un poco más, siente como los músculos de su brazo se tensan. Ella sonríe, viendo como su piel blanquecina se estremece ante el paso de sus caricias. La chica sigue, pasando por su pecho y llegando a su torso, en donde para y lleva la mano a su propia frente, apartando de esta forma el cabello de su rostro. Se mueve, bajando las piernas de la espalda del sofá y terminando por quedar acostada sobre este, perpendicular a Zénobe.
Tonca juguetea tras ellos, dando vueltas sobre la alfombra, buscando la posición perfecta para echar una cabezada. Annie vuelve a moverse, buscando la mano de Zénobe otra vez, agarrándola despacio y llevándosela a su propio rostro, besando sus nudillos despacio y luego acurrucándose con esta en su cuello, clavando los ojos en Zénobe otra vez. Frunce los labios y, como si de una niña pequeña se tratase, le saca la lengua, riendo por lo bajo después.
Tras cerrar la maleta, Annie echa un último vistazo a la pequeña buhardilla donde se había escondido por meses. Frunce los labios; sabe que si alguien encontraba ese lugar tendrían que buscar otra alternativa, y no se refería a buscar un hogar, sino un lugar donde no llamaran la atención. Confiaba en que eso no pasara otra vez. Escucha las patas de Tonca bajando las escaleras y ve a Zénobe de reojo, tomando su maleta y saliendo tras su mascota. Ella suspira, toma la llave y cierra la puerta, asegurándose de que todo está tranquilo. Baja tras ellos, sintiéndose en calma. En el coche Tonca no se cansa de ladrar y juguetear, como si de esta forma quisiera expresarles lo feliz que estaba. De una u otra forma, el animalillo era un reflejo de cómo se sentía su dueña, y el hecho de que se llevaran tan bien era algo que le encantaba a Annie. El apartamento de Zénobe los recibe, dándoles una cálida bienvenida. Annie ríe al ver a su mascota y asiente al comentario de Zeta, siguiendo el camino de las escaleras para llegar al cuarto. La habitación blanca está fresca ya que olvidaron las puertas de la terraza. En la jaula, dos pajarillos se mueven despacio y juegan entre sí, como si de esta forma se dieran las buenas noches. Annie se arrodilla ante ellos, observándolos por un largo rato y luego se da cuenta de que se ha entretenido, se levanta y se dirige a la cama, abriendo la maleta y empezando a colocar alguna de sus cosas en el mismo armario de Zénobe. Toma una de sus camisetas, las cuales ella llama pijama, ya que suelen ser largas y bastante cómodas, y una muda de ropa interior y se cuela en el baño con rapidez, dejando que el agua fría moje su cuerpo, la recorra y haga que se relaje. Se sentía más tranquila que antes, en su buhardilla. No era algo nuevo para el chico, y para ella tampoco, pero Annie era un poco extraña para dejar que sus sentimientos salgan a la luz, incluso si era con personas cercanas a ella. Tras diez minutos bajo el agua, la chica sale y se envuelve con una toalla, cepillando su cabello despacio con un cepillo que supone es de Zénobe, puesto que lo ha encontrado en el baño. Mira su reflejo en el espejo, el cual no está empañado y termina de secar su piel, la cual es blanca como el papel, pero marcada por pequeños detalles que forman constelaciones sobre esta o como todo el mundo los llamaría; lunares.
Deja la toalla en el baño y sale al salón, viéndolo allí, sentado frente a la chimenea. Puede oler el aroma fresco de su piel. Se acerca despacio y lo abraza por detrás, inclinándose sobre el sofá al hacer esto. Besa su hombro despacio, dejando los labios apoyados ahí por un segundo, y entonces susurra:
-Gracias por dejar que me quede aquí..-Y con esto se refería al hecho de que la había invitado a vivir con él. Sonríe, otra vez sobre su piel y cambia de posición, sentándose sobre la espalda del sofá, quedando justo al frente de la ventana y entonces se deja caer, sintiendo como su propia espalda aterriza suavemente sobre los cojines del sofá.
Lo siguiente que puede ver es la sonrisa de Zénobe, y luego todo se queda en silencio. Annie sube la mano despacio, agarrando por un momento la del chico y perfilando sus dedos con los propios, concentrada en el roce que hace su piel contra la suya. Luego sube, dibujando círculos y figuras extrañas en su antebrazo, y al subir un poco más, siente como los músculos de su brazo se tensan. Ella sonríe, viendo como su piel blanquecina se estremece ante el paso de sus caricias. La chica sigue, pasando por su pecho y llegando a su torso, en donde para y lleva la mano a su propia frente, apartando de esta forma el cabello de su rostro. Se mueve, bajando las piernas de la espalda del sofá y terminando por quedar acostada sobre este, perpendicular a Zénobe.
Tonca juguetea tras ellos, dando vueltas sobre la alfombra, buscando la posición perfecta para echar una cabezada. Annie vuelve a moverse, buscando la mano de Zénobe otra vez, agarrándola despacio y llevándosela a su propio rostro, besando sus nudillos despacio y luego acurrucándose con esta en su cuello, clavando los ojos en Zénobe otra vez. Frunce los labios y, como si de una niña pequeña se tratase, le saca la lengua, riendo por lo bajo después.
La familia al completo.
Zénobe.
El hogar de Annie era tan... Annie. Había pequeños detalles que sólo ella podía crear en ese limitado espacio, el necesario y suficiente para ella. El suelo de madera crujió dulce cuando Zénobe entró en la habitación, y de pronto... olor a vainilla. Aspira y suspira cerrando los ojos un instante. Le recordaba al pasado. Cuando Annie se dirige a preparar la maleta, se sienta en la cama con los brazos apoyados para mantener el cuerpo algo inclinado hacia atras, observandola tranquilamente, para que se tome todo el tiempo posible. De pronto se escuchan unas pisadas por el pasillo que parecen venir a todo correr, por la puerta asoma el hocico de un joven cachorro de lobo, que se abalanza sobre Zénobe mientras este lo recibe con los brazos abiertos y riendo. Tonca lamía su mejilla mientras Zeta trataba de apartarla divertido, haciéndola gruñir en juegos y Zeta imitaba sus gruñidos siguiendo su manera de jugar, riendo a carcajadas pues le encantaba la pequeña mascota de Annie, desde siempre. Entonces Annie confiesa sin darse apenas cuenta sus sentimientos hacia Zénobe, y este sonríe agachando la mirada pues sabe que se ha puesto roja nada más darse cuenta de su ligero deslíz en las palabras. Zénobe vuelve a reir tras otro "beso" de Tonca en la mejilla y murmura entre dientes.
-Seguro que sí.. -Zénobe y Tonca comparten una mirada, como si ambos supieran que Annie está sonrojada y tras el ruido del pequeño cachorro Zénobe es incapaz de reprimir la sonrisa, pues Annie trataba de ocultar su sonrojo como fuera, mientras Zénobe se limpia las babas de Tonca con la manga de la camisa.
Pasan unos minutos y Annie está casi terminando de meter sus cosas en la maleta, Zénobe se distrae observando la gente pasar por la calle yendo hacia casa para cenar, mientras Tonca yace a su lado contenta y casi adormecida por las caricias. En ocasiones, dirige la mirada a Annie que corretea entre las habitaciones concentrada en no dejarse ningún detalle.
-Esta pequeña se viene con nosotros, ¿verdad? -Tonca alza las orejas, pues sabe que hablan de ella y los ojos se le iluminan como queriendo expresar "¡sí,sí,sí!" y corretea hasta por detras de Annie, dandole vueltas como si fuera su mamá y tratara de convencerla de que quiere ir también de aventuras a casa de Zénobe. -Además, pronto volverá Rufo de las emigraciones, mi pequeño dragón, y asi no estarán tan solos.
Al de poco, ya están listos para volver a bajar al coche, Tonca baja las escaleras a trompicones con las grandes patorras de cachorro aun joven y traviesa, mientras Zénobe lleva con cuidado la maleta de Annie, bajándola hasta el coche y dejarla dentro, dispuestos a volver a la carretera.
No tardan en llegar a casa de Zénobe, y nada más abrir la puerta, Tonca comienza a corretear haciendo ruidito con las uñas por el parquet de madera, y Zénobe sonríe al ver que se está instalando en la alfombra cerca de la chimenea, mientras olfatea la leña.
-Creo que le gusta. -Sonríe mirándola y se dirige al piso de arriba con la maleta, para dejarla sobre la cama y bajar al de unos segundos rapidamente, señalando la zona de arriba. -Te he dejado la maleta sobre la cama, por si quieres deshacerla o instalarte. Mientras voy a ponerme cómodo.
En la cálida noche, la casa tenía más vida que nunca, Zénobe pasa por la cocina a por dos nubes de azucar, sentándose en el sofá al lado de Tonca tan sólo con unos pantalones cortos de algodón como pijama, la chimenea no estaba puesta, pues hacía calor. Acerca una nube al hocico de la joven cachorro pero esta hace un gesto extraño al olfatearlo, probándolo con gesto raro pero divertido, mientras Zénobe mastica su dulce.
Trataba de dejarle espacio y tiempo a Annie para instalarse y que se sintiera cómoda.
El hogar de Annie era tan... Annie. Había pequeños detalles que sólo ella podía crear en ese limitado espacio, el necesario y suficiente para ella. El suelo de madera crujió dulce cuando Zénobe entró en la habitación, y de pronto... olor a vainilla. Aspira y suspira cerrando los ojos un instante. Le recordaba al pasado. Cuando Annie se dirige a preparar la maleta, se sienta en la cama con los brazos apoyados para mantener el cuerpo algo inclinado hacia atras, observandola tranquilamente, para que se tome todo el tiempo posible. De pronto se escuchan unas pisadas por el pasillo que parecen venir a todo correr, por la puerta asoma el hocico de un joven cachorro de lobo, que se abalanza sobre Zénobe mientras este lo recibe con los brazos abiertos y riendo. Tonca lamía su mejilla mientras Zeta trataba de apartarla divertido, haciéndola gruñir en juegos y Zeta imitaba sus gruñidos siguiendo su manera de jugar, riendo a carcajadas pues le encantaba la pequeña mascota de Annie, desde siempre. Entonces Annie confiesa sin darse apenas cuenta sus sentimientos hacia Zénobe, y este sonríe agachando la mirada pues sabe que se ha puesto roja nada más darse cuenta de su ligero deslíz en las palabras. Zénobe vuelve a reir tras otro "beso" de Tonca en la mejilla y murmura entre dientes.
-Seguro que sí.. -Zénobe y Tonca comparten una mirada, como si ambos supieran que Annie está sonrojada y tras el ruido del pequeño cachorro Zénobe es incapaz de reprimir la sonrisa, pues Annie trataba de ocultar su sonrojo como fuera, mientras Zénobe se limpia las babas de Tonca con la manga de la camisa.
Pasan unos minutos y Annie está casi terminando de meter sus cosas en la maleta, Zénobe se distrae observando la gente pasar por la calle yendo hacia casa para cenar, mientras Tonca yace a su lado contenta y casi adormecida por las caricias. En ocasiones, dirige la mirada a Annie que corretea entre las habitaciones concentrada en no dejarse ningún detalle.
-Esta pequeña se viene con nosotros, ¿verdad? -Tonca alza las orejas, pues sabe que hablan de ella y los ojos se le iluminan como queriendo expresar "¡sí,sí,sí!" y corretea hasta por detras de Annie, dandole vueltas como si fuera su mamá y tratara de convencerla de que quiere ir también de aventuras a casa de Zénobe. -Además, pronto volverá Rufo de las emigraciones, mi pequeño dragón, y asi no estarán tan solos.
Al de poco, ya están listos para volver a bajar al coche, Tonca baja las escaleras a trompicones con las grandes patorras de cachorro aun joven y traviesa, mientras Zénobe lleva con cuidado la maleta de Annie, bajándola hasta el coche y dejarla dentro, dispuestos a volver a la carretera.
No tardan en llegar a casa de Zénobe, y nada más abrir la puerta, Tonca comienza a corretear haciendo ruidito con las uñas por el parquet de madera, y Zénobe sonríe al ver que se está instalando en la alfombra cerca de la chimenea, mientras olfatea la leña.
-Creo que le gusta. -Sonríe mirándola y se dirige al piso de arriba con la maleta, para dejarla sobre la cama y bajar al de unos segundos rapidamente, señalando la zona de arriba. -Te he dejado la maleta sobre la cama, por si quieres deshacerla o instalarte. Mientras voy a ponerme cómodo.
En la cálida noche, la casa tenía más vida que nunca, Zénobe pasa por la cocina a por dos nubes de azucar, sentándose en el sofá al lado de Tonca tan sólo con unos pantalones cortos de algodón como pijama, la chimenea no estaba puesta, pues hacía calor. Acerca una nube al hocico de la joven cachorro pero esta hace un gesto extraño al olfatearlo, probándolo con gesto raro pero divertido, mientras Zénobe mastica su dulce.
Trataba de dejarle espacio y tiempo a Annie para instalarse y que se sintiera cómoda.
"Como si todo pasara como la primera vez"
Annie.
Si el destino volvía a separarles, sería por pura crueldad. Cada uno de los gestos que ambos jóvenes tenían, las miradas que se dedicaban, las sonrisas, los sonrojos, las bromas, la confianza que podía respirarse, eran tan especiales que solo podía definirse con una sola palabra. Annie sentía su propio corazón latir con fuerza, amenazando con salirse de su pecho. Era como si estuvieran juntos por primera vez, como si todo se repitiera. La primera vez que se había encontrado con Zénobe había sido en una isla, y el olor de la brisa marina, el salitre, la arena, todo le habia devuelto al mismo día donde el destino los había juntado. Y ahí, entre besos y su sonrisa, ella sentía que el mundo podía dejar de existir, no le importaría.
Annie retiene por unos segundos más a Zénobe tras suya, agarrando sus manos con cuidado pero haciendo que las yemas de sus dedos acaricien su piel, estremeciéndose ante su contacto y sin poder evitarlo ríe despacio, negando. Tras unos segundos se encuentran frente a la puerta del portal de un viejo edificio que parece encontrarse totalmente vacío, aunque no lo está. Annie echa la mirada hacia arriba, arrugando ligeramente la nariz, como si de esta forma oliera el lugar y luego frunce los labios, sacando de su bolsillo una llave antigua y abriendo la puerta, pasando y dejándolo pasar tras ella, mirando por instinto a ambos lados de la calle, desconfiada. Cierra el lugar, encendiendo la luz de las escaleras, que lucen desgastadas por el tiempo. Annie toma la mano de Zénobe, guiándolo hasta el último piso del edificio, el cual daría repeluz a cualquiera. A pesar de estar en medio de la ciudad y no en el centro histórico, se podía considerar una de las propiedades más antiguas y por lo tanto, con muchos secretos. Annie está allí porque sabe que es el último sitio donde la buscarían. Nadie sabe donde vive, sólo Zénobe. Ante la puerta de madera que da lugar a su pequeña buhardilla, Annie saca una llave y la coloca en la cerradura, abriendo despacio y dejándolo entrar primero, cerrando tras de sí. Era un espacio pequeño pero lucía distinto al resto del edificio. Era rural, sí, pero tenía ese toque que solo ella podía darle. El olor de un incienso de vainilla llenaba el aire. Una ventana quedaba justo al lado de la cama que, casi pegada al techo, dejaba ver las sábanas de color claro revueltas. Sabía que Zénobe entendería porqué ella se encerraba ahí, en vez de vivir en una casa tipo "Mansión Massey".Aunque gritara en pesadillas, nadie la escucharía. No hace ningún comentario sobre el lugar, solo lo mira con una sonrisa en sus labios y suelta su mano para buscar una maleta que tiene escondida en el armario, abriéndola en el suelo y empezando a buscar ropa por cada gabeta que había en la habitación. Tras unos minutos, y viendo a Zénobe sentado en su cama, algo lo hace caer hacia atrás y ella no se asusta, sabe de quién se trata. Su mascota siempre tenía ese tipo de bromas con él. Un pequeño cachorro de lobo llenaba su cara de besos mientras ladraba despacio, intentando llamar su atención. Annie rie; sabe que no puede hacer nada al respecto. Tonca adoraba a Zénobe, siempre lo había hecho.
- Voy a terminar pensando que ella también está enamorada de ti..- Dice sin pensar, quedándose callada después, frunciendo los labios.
Zénobe ya lo sabía. Sabía que ella daría su vida por él, había hablado sobre sus sentimientos, sin embargo ella nunca se lo había dicho así, tan directo. Nunca le había dicho que estaba enamorada de él. Siente sus mejillas enrojecerse, como si toda su sangre se concentrara en su rostro de porcelana, y nerviosa, se apresura por llenar la maleta con las cosas necesarias.
Tonca hace un ruidito que hace reír a Zénobe otra vez, como si estuviera dirigiendo toda la atención a Annie. "No, no, no, Tonca, no hagas eso." Y cuando Annie se da la vuelta sólo puede verlos a los dos sentados en la cama, observándola. Su mascota mueve la cola despacio, disfrutando la situación. De una u otra forma, a su animalillo le encantaba que Zénobe la pusiera nerviosa. Annie junta las manos en la espalda, frunciendo los labios y bajando la mirada, dejando que el pelo negro azabache se colara en su rostro y entonces siente todo su cuerpo temblar, como si otra vez, fuera la primera vez viviendo todo aquello con él.
Si el destino volvía a separarles, sería por pura crueldad. Cada uno de los gestos que ambos jóvenes tenían, las miradas que se dedicaban, las sonrisas, los sonrojos, las bromas, la confianza que podía respirarse, eran tan especiales que solo podía definirse con una sola palabra. Annie sentía su propio corazón latir con fuerza, amenazando con salirse de su pecho. Era como si estuvieran juntos por primera vez, como si todo se repitiera. La primera vez que se había encontrado con Zénobe había sido en una isla, y el olor de la brisa marina, el salitre, la arena, todo le habia devuelto al mismo día donde el destino los había juntado. Y ahí, entre besos y su sonrisa, ella sentía que el mundo podía dejar de existir, no le importaría.
Annie retiene por unos segundos más a Zénobe tras suya, agarrando sus manos con cuidado pero haciendo que las yemas de sus dedos acaricien su piel, estremeciéndose ante su contacto y sin poder evitarlo ríe despacio, negando. Tras unos segundos se encuentran frente a la puerta del portal de un viejo edificio que parece encontrarse totalmente vacío, aunque no lo está. Annie echa la mirada hacia arriba, arrugando ligeramente la nariz, como si de esta forma oliera el lugar y luego frunce los labios, sacando de su bolsillo una llave antigua y abriendo la puerta, pasando y dejándolo pasar tras ella, mirando por instinto a ambos lados de la calle, desconfiada. Cierra el lugar, encendiendo la luz de las escaleras, que lucen desgastadas por el tiempo. Annie toma la mano de Zénobe, guiándolo hasta el último piso del edificio, el cual daría repeluz a cualquiera. A pesar de estar en medio de la ciudad y no en el centro histórico, se podía considerar una de las propiedades más antiguas y por lo tanto, con muchos secretos. Annie está allí porque sabe que es el último sitio donde la buscarían. Nadie sabe donde vive, sólo Zénobe. Ante la puerta de madera que da lugar a su pequeña buhardilla, Annie saca una llave y la coloca en la cerradura, abriendo despacio y dejándolo entrar primero, cerrando tras de sí. Era un espacio pequeño pero lucía distinto al resto del edificio. Era rural, sí, pero tenía ese toque que solo ella podía darle. El olor de un incienso de vainilla llenaba el aire. Una ventana quedaba justo al lado de la cama que, casi pegada al techo, dejaba ver las sábanas de color claro revueltas. Sabía que Zénobe entendería porqué ella se encerraba ahí, en vez de vivir en una casa tipo "Mansión Massey".Aunque gritara en pesadillas, nadie la escucharía. No hace ningún comentario sobre el lugar, solo lo mira con una sonrisa en sus labios y suelta su mano para buscar una maleta que tiene escondida en el armario, abriéndola en el suelo y empezando a buscar ropa por cada gabeta que había en la habitación. Tras unos minutos, y viendo a Zénobe sentado en su cama, algo lo hace caer hacia atrás y ella no se asusta, sabe de quién se trata. Su mascota siempre tenía ese tipo de bromas con él. Un pequeño cachorro de lobo llenaba su cara de besos mientras ladraba despacio, intentando llamar su atención. Annie rie; sabe que no puede hacer nada al respecto. Tonca adoraba a Zénobe, siempre lo había hecho.
- Voy a terminar pensando que ella también está enamorada de ti..- Dice sin pensar, quedándose callada después, frunciendo los labios.
Zénobe ya lo sabía. Sabía que ella daría su vida por él, había hablado sobre sus sentimientos, sin embargo ella nunca se lo había dicho así, tan directo. Nunca le había dicho que estaba enamorada de él. Siente sus mejillas enrojecerse, como si toda su sangre se concentrara en su rostro de porcelana, y nerviosa, se apresura por llenar la maleta con las cosas necesarias.
Tonca hace un ruidito que hace reír a Zénobe otra vez, como si estuviera dirigiendo toda la atención a Annie. "No, no, no, Tonca, no hagas eso." Y cuando Annie se da la vuelta sólo puede verlos a los dos sentados en la cama, observándola. Su mascota mueve la cola despacio, disfrutando la situación. De una u otra forma, a su animalillo le encantaba que Zénobe la pusiera nerviosa. Annie junta las manos en la espalda, frunciendo los labios y bajando la mirada, dejando que el pelo negro azabache se colara en su rostro y entonces siente todo su cuerpo temblar, como si otra vez, fuera la primera vez viviendo todo aquello con él.
Escapada al mar.
Zénobe.
Se escuchaban las gaviotas y las olas del mar rompiendo en la orilla, el aire olía a salitre y a pan recién hecho, en ocasiones a fruta y en otras a esencias. El ambiente era un manjar de aromas que recorrían de la mano. Zénobe iba cargado ya con un par de bolsas al final de la mañana, la mayoría recados para la señora Bipsy, que deja en el maletero del coche antes de pasar a comer algo para llenar el estómago.
Ambos disfrutan de una mañana en compañía, se besan cada vez que pueden, se abrazan, no se sueltan de la mano y comparten miradas confidentes y tiernas, que resultan ser la envidia de la mayoría de los presentes del mercado, pues se les nota eternamente enamorados.
La brisa marina, los escasos y vagos rayos de sol, el frío de la costa mezclado con la calidez del ambiente, el salitre en los labios, el paseo por la playa, la arena bajo los pies, el frescor de esta al acercarse a la orilla, el mar, el escalofrío al tocar el agua con los pies, las risas, los abrazos...
-¡A que no me.. ! -Annie echa a correr antes de acabar la frase, riendo, mirando en ocasiones hacia atras para saber por donde va su contrincante y dejando que la melena ondee al viento, y Zénobe se muerde el labio divertido y corre tras ella tratando de no reirse sin mucho éxito, alcanzándola y tomándola por la cintura para elevarla en el aire y dar vueltas con ella, terminando por protegerla entre sus brazos dentro de un suave beso.
El día pasa rápido, comen en un pequeño restaurante pesquero tranquilamente, se toman su tiempo, pues es una terracita frente al mar, con unas vistas preciosas, y el sol comienza a bajar poco a poco por el horizonte, dejando el cielo rojizo a cada minuto que pasa.
Ambos se montan en el coche tras miles de besos, arrancando y tomando la carretera de vuelta a la ciudad.
-Dejo esto en casa de mi vecina y vamos a tu casa a por algunas cosas, ¿Te parece? -la mira de reojo mientras conduce, y se acerca un escaso segundo para besar sus labios con rapidez, sonriendo después, metiéndose entre calles. Al llegar, aparca el coche cerca de casa y se vuelve a inclinar hacia Annie, pues llevaba "mucho" tiempo sin besarla. Toma sus mejillas y ambos se hunden en un beso lento pero lleno de amor, y termina por susurrar en sus labios. -No tardo nada, ahora vengo. -Vuelve a besar sus labios, y sale del coche, recogiendo las bolsas del maletero y se dirige hacia casa, para dejar las cosas a su vecina. Vuelve tras tres minutos, y viene a paso ligero disfrutando de los últimos rayos de sol del día, pues pronto anochecerá.
-Te he echado de menos.. -Dice al meterse en el coche, poniendo carita de pena y toma su mano para acariciarla suave,como gesto de cariño.
Arranca el coche, esperando que Annie le vaya indicando la ubicación de su casa para poder llegar y así coger un par de cosas para el traslado. Se dirige hacia la otra zona de la ciudad, pasando por parques y descampados arbolados, cruzando el puente del río y aparcando en una zona tranquila, llena de árboles. Ambos salen del coche y Zénobe la sigue, pues desconoce cual es su casa, y Annie le guía a una casa donde ella vivía en la zona de arriba, en un tipo de buhardilla acondicionada y bonita, era tan común en Annie. Los espacios cálidos y pequeños eran su hogar, normalmente siempre acompañados de algún tipo de sistema o escondite que llevaba al tejado donde probablemente se subiría a contemplar el cielo.
La sigue por detras, en silencio, pero se encuentra realmente cariñoso por la emoción de volver a convivir con ella, abrazándola un instante por detras pues le es casi incapaz de no comérsela a besos ahí mismo, rodeándola con los brazos y posando los labios en su cuello para besarlo, para hacerla estremecer y pegarse más, depositando algunos besos breves en su mejilla y luego la suelta para poder seguir avanzando, volviendo a dejarse guiar por las escaleras hasta la zona más alta del lugar.
Se escuchaban las gaviotas y las olas del mar rompiendo en la orilla, el aire olía a salitre y a pan recién hecho, en ocasiones a fruta y en otras a esencias. El ambiente era un manjar de aromas que recorrían de la mano. Zénobe iba cargado ya con un par de bolsas al final de la mañana, la mayoría recados para la señora Bipsy, que deja en el maletero del coche antes de pasar a comer algo para llenar el estómago.
Ambos disfrutan de una mañana en compañía, se besan cada vez que pueden, se abrazan, no se sueltan de la mano y comparten miradas confidentes y tiernas, que resultan ser la envidia de la mayoría de los presentes del mercado, pues se les nota eternamente enamorados.
La brisa marina, los escasos y vagos rayos de sol, el frío de la costa mezclado con la calidez del ambiente, el salitre en los labios, el paseo por la playa, la arena bajo los pies, el frescor de esta al acercarse a la orilla, el mar, el escalofrío al tocar el agua con los pies, las risas, los abrazos...
-¡A que no me.. ! -Annie echa a correr antes de acabar la frase, riendo, mirando en ocasiones hacia atras para saber por donde va su contrincante y dejando que la melena ondee al viento, y Zénobe se muerde el labio divertido y corre tras ella tratando de no reirse sin mucho éxito, alcanzándola y tomándola por la cintura para elevarla en el aire y dar vueltas con ella, terminando por protegerla entre sus brazos dentro de un suave beso.
El día pasa rápido, comen en un pequeño restaurante pesquero tranquilamente, se toman su tiempo, pues es una terracita frente al mar, con unas vistas preciosas, y el sol comienza a bajar poco a poco por el horizonte, dejando el cielo rojizo a cada minuto que pasa.
Ambos se montan en el coche tras miles de besos, arrancando y tomando la carretera de vuelta a la ciudad.
-Dejo esto en casa de mi vecina y vamos a tu casa a por algunas cosas, ¿Te parece? -la mira de reojo mientras conduce, y se acerca un escaso segundo para besar sus labios con rapidez, sonriendo después, metiéndose entre calles. Al llegar, aparca el coche cerca de casa y se vuelve a inclinar hacia Annie, pues llevaba "mucho" tiempo sin besarla. Toma sus mejillas y ambos se hunden en un beso lento pero lleno de amor, y termina por susurrar en sus labios. -No tardo nada, ahora vengo. -Vuelve a besar sus labios, y sale del coche, recogiendo las bolsas del maletero y se dirige hacia casa, para dejar las cosas a su vecina. Vuelve tras tres minutos, y viene a paso ligero disfrutando de los últimos rayos de sol del día, pues pronto anochecerá.
-Te he echado de menos.. -Dice al meterse en el coche, poniendo carita de pena y toma su mano para acariciarla suave,como gesto de cariño.
Arranca el coche, esperando que Annie le vaya indicando la ubicación de su casa para poder llegar y así coger un par de cosas para el traslado. Se dirige hacia la otra zona de la ciudad, pasando por parques y descampados arbolados, cruzando el puente del río y aparcando en una zona tranquila, llena de árboles. Ambos salen del coche y Zénobe la sigue, pues desconoce cual es su casa, y Annie le guía a una casa donde ella vivía en la zona de arriba, en un tipo de buhardilla acondicionada y bonita, era tan común en Annie. Los espacios cálidos y pequeños eran su hogar, normalmente siempre acompañados de algún tipo de sistema o escondite que llevaba al tejado donde probablemente se subiría a contemplar el cielo.
La sigue por detras, en silencio, pero se encuentra realmente cariñoso por la emoción de volver a convivir con ella, abrazándola un instante por detras pues le es casi incapaz de no comérsela a besos ahí mismo, rodeándola con los brazos y posando los labios en su cuello para besarlo, para hacerla estremecer y pegarse más, depositando algunos besos breves en su mejilla y luego la suelta para poder seguir avanzando, volviendo a dejarse guiar por las escaleras hasta la zona más alta del lugar.
domingo, 8 de junio de 2014
"Podría quedarse ahí para siempre."
Annie.
Ahí, entre sus brazos, la vida se sentía de una forma distinta, Quizás era por el brillo de sus ojos, que había vuelto a él con la misma fuerza de las llamaradas en un incendio. Quizá por el sonido de su voz, melódica y suave. O quizás era por el simple hecho de que era él, y de que sus sentimientos no habían cambiado. Ahí, podría quedarse ahí siempre, con las yemas de sus dedos acariciando su espalda, y sus labios marcando su piel despacio hasta encontrarse con los suyos, los cuales los reciben como si hubieran pasado demasiado tiempo lejos. Su risa llena la habitación junto con la de él, y Annie sigue cada una de sus bromas, alzando las cejas al verlo del otro lado de la cama y negando, casi como si supiera que eso no era posible. No entre ellos dos. Y otra vez, allí, entre sus brazos y el sonido de su respiración, se sentía a salvo. Cuando Zénobe cae dormido Annie lo observa en silencio, sonriendo sin poder evitarlo e inclinándose un poco hacia adelante, besa con cuidado su barbilla y luego cae con él, sin importarle lo que viene a continuación, pues sabe que no es vacío.
La mañana llega rápido y cuando la chica abre los ojos puede sentir el olor a mermelada, tostadas y fresas llenando el aire. La luz se cuela entre las cortinas e ilumina las sábanas blancas, las cuales parecen hacer un reflejo que molesta un poco a la Annie recién despierta, quién se frota los ojos y protesta como si de una niña pequeña se tratase. Tras remolonear, la chica se despierta y baja las escaleras despacio, sonriendo al verlo abajo, con los brazos abiertos.
- Buenos días - Susurra despacio, poniéndose de puntillas y dejando un beso rápido en su nariz.
Cuando el chico marcha a vestirse, ella rebusca en el segundo armario hasta encontrar la comida de sus pajarillos, tomando un poco en la mano y subiendo las escaleras, dejándoles un poco más en el recipiente, como si de esta forma les malcriara. Annie busca su ropa y se la pone, dejando la mirada posada en la cama por unos instantes. Frunce los labios, dejando la chaqueta en un lado de la cama, junto a la camisa que había cogido la noche anterior. Baja las escaleras otra vez, sirviéndose un poco de batido de fresas en un vaso y terminando de guardar lo demás. Estaba segura de que estaba todo delicioso y terminaría de probarlo si regresaban. Y entonces se encuentra frente al espejo, terminando de acomodarse la camiseta, dejando que esta caiga hasta cubrir su cintura, quedando así encima de sus vaqueros. Ella lo mira en su reflejo y sonríe, posando sus manos sobre las suyas, apretando un poquito mientras le guiña un ojo en el espejo, riendo luego. Los demás minutos pasan demasiado rápido, pero Annie se siente tan feliz que no le importa el tiempo. La señora Bipsy era encantadora, y mientras ellos dos hablaba, la chica no podía sentir más que admiración y orgullo por él. Era tan puro... merecía todas y cada una de las cosas buenas que habían en el planeta. La calle la recibe y con ella, el calor del día, que hace que Annie suelte un gruñido por lo bajo. Toma su mano despacio, colocando su brazo justo detrás de el de él, casi como si se sintiera más protegida de esta forma. Un pensamiento se ha quedado en su cabeza y podría jurar que sigue estando sonrojada. Pensaba en un futuro donde fuera posible compartir algo tan grande con Zénobe; pero había algo que le preocupaba. Sabía que él era puro, que él era luz, sin embargo ella tenía oscuridad, y aunque la parte predominante fuera la buena, ¿habría alguna posibilidad de que sus hijos salieran... híbridos? Dentro del coche, el comentario la toma de sorpresa, pero no puede evitar reírse y luego responder:
-Entonces, Zénobe Yves, me estás diciendo que me mude contigo a tu casa. Eso significa que vas a tener que aguantarme 24 horas, los 7 días de la semana, y ver mis pelos de loca al despertarme, y... - en ese instante ella lo mira otra vez, con una mueca graciosa en los labios. Le decía todas aquellas cosas como si fuera algo nuevo para él, como si él no lo hubiera visto ya.
Pero era su risa la que le gustaba, y tras algún que otro comentario gracioso, Annie asiente despacio, aceptando a su invitación. El miedo de tener que volver a separarse de él siempre la acompañaba y por ello, sabía que necesitaba pasar junto a él todo el tiempo que tuvieran en sus manos. Después de unos minutos, las carreteras dejan ver un mercado costero lleno de gente, las cuales se pasean de un lado a otro. Tras aparcar el coche, Annie sale de éste y siente la brisa marina despeinarla. Al encontrarse con sus manos otra vez, aún en el aparcamiento, ella busca la otra con rapidez y lo atrae a sí misma, apoyando la barbilla suavemente en su pecho y frunciendo los labios, simplemente mirándolo desde abajo. "¿Qué?" Le escucha decir y sin poder evitarlo sonríe, poniéndose de puntillas y robándole un beso rápido. Entonces, simplemente susurra "Te amo" y aprieta un poco sus manos con las suyas, viendo como Zeta sonríe y haciendo lo mismo tras este, suelta una de sus manos y se deja guiar por él hasta el otro lado de la calle, donde los humanos y seres sobrenaturales se paseaban, cada uno en su mundo.
-Vale, ¿qué es lo primero que tenemos que buscar? - Pregunta curiosa. Lo mira y ladea la cabeza de forma ligera, alzándole las cejas repetidamente, bromeando.
Ahí, entre sus brazos, la vida se sentía de una forma distinta, Quizás era por el brillo de sus ojos, que había vuelto a él con la misma fuerza de las llamaradas en un incendio. Quizá por el sonido de su voz, melódica y suave. O quizás era por el simple hecho de que era él, y de que sus sentimientos no habían cambiado. Ahí, podría quedarse ahí siempre, con las yemas de sus dedos acariciando su espalda, y sus labios marcando su piel despacio hasta encontrarse con los suyos, los cuales los reciben como si hubieran pasado demasiado tiempo lejos. Su risa llena la habitación junto con la de él, y Annie sigue cada una de sus bromas, alzando las cejas al verlo del otro lado de la cama y negando, casi como si supiera que eso no era posible. No entre ellos dos. Y otra vez, allí, entre sus brazos y el sonido de su respiración, se sentía a salvo. Cuando Zénobe cae dormido Annie lo observa en silencio, sonriendo sin poder evitarlo e inclinándose un poco hacia adelante, besa con cuidado su barbilla y luego cae con él, sin importarle lo que viene a continuación, pues sabe que no es vacío.
La mañana llega rápido y cuando la chica abre los ojos puede sentir el olor a mermelada, tostadas y fresas llenando el aire. La luz se cuela entre las cortinas e ilumina las sábanas blancas, las cuales parecen hacer un reflejo que molesta un poco a la Annie recién despierta, quién se frota los ojos y protesta como si de una niña pequeña se tratase. Tras remolonear, la chica se despierta y baja las escaleras despacio, sonriendo al verlo abajo, con los brazos abiertos.
- Buenos días - Susurra despacio, poniéndose de puntillas y dejando un beso rápido en su nariz.
Cuando el chico marcha a vestirse, ella rebusca en el segundo armario hasta encontrar la comida de sus pajarillos, tomando un poco en la mano y subiendo las escaleras, dejándoles un poco más en el recipiente, como si de esta forma les malcriara. Annie busca su ropa y se la pone, dejando la mirada posada en la cama por unos instantes. Frunce los labios, dejando la chaqueta en un lado de la cama, junto a la camisa que había cogido la noche anterior. Baja las escaleras otra vez, sirviéndose un poco de batido de fresas en un vaso y terminando de guardar lo demás. Estaba segura de que estaba todo delicioso y terminaría de probarlo si regresaban. Y entonces se encuentra frente al espejo, terminando de acomodarse la camiseta, dejando que esta caiga hasta cubrir su cintura, quedando así encima de sus vaqueros. Ella lo mira en su reflejo y sonríe, posando sus manos sobre las suyas, apretando un poquito mientras le guiña un ojo en el espejo, riendo luego. Los demás minutos pasan demasiado rápido, pero Annie se siente tan feliz que no le importa el tiempo. La señora Bipsy era encantadora, y mientras ellos dos hablaba, la chica no podía sentir más que admiración y orgullo por él. Era tan puro... merecía todas y cada una de las cosas buenas que habían en el planeta. La calle la recibe y con ella, el calor del día, que hace que Annie suelte un gruñido por lo bajo. Toma su mano despacio, colocando su brazo justo detrás de el de él, casi como si se sintiera más protegida de esta forma. Un pensamiento se ha quedado en su cabeza y podría jurar que sigue estando sonrojada. Pensaba en un futuro donde fuera posible compartir algo tan grande con Zénobe; pero había algo que le preocupaba. Sabía que él era puro, que él era luz, sin embargo ella tenía oscuridad, y aunque la parte predominante fuera la buena, ¿habría alguna posibilidad de que sus hijos salieran... híbridos? Dentro del coche, el comentario la toma de sorpresa, pero no puede evitar reírse y luego responder:
-Entonces, Zénobe Yves, me estás diciendo que me mude contigo a tu casa. Eso significa que vas a tener que aguantarme 24 horas, los 7 días de la semana, y ver mis pelos de loca al despertarme, y... - en ese instante ella lo mira otra vez, con una mueca graciosa en los labios. Le decía todas aquellas cosas como si fuera algo nuevo para él, como si él no lo hubiera visto ya.
Pero era su risa la que le gustaba, y tras algún que otro comentario gracioso, Annie asiente despacio, aceptando a su invitación. El miedo de tener que volver a separarse de él siempre la acompañaba y por ello, sabía que necesitaba pasar junto a él todo el tiempo que tuvieran en sus manos. Después de unos minutos, las carreteras dejan ver un mercado costero lleno de gente, las cuales se pasean de un lado a otro. Tras aparcar el coche, Annie sale de éste y siente la brisa marina despeinarla. Al encontrarse con sus manos otra vez, aún en el aparcamiento, ella busca la otra con rapidez y lo atrae a sí misma, apoyando la barbilla suavemente en su pecho y frunciendo los labios, simplemente mirándolo desde abajo. "¿Qué?" Le escucha decir y sin poder evitarlo sonríe, poniéndose de puntillas y robándole un beso rápido. Entonces, simplemente susurra "Te amo" y aprieta un poco sus manos con las suyas, viendo como Zeta sonríe y haciendo lo mismo tras este, suelta una de sus manos y se deja guiar por él hasta el otro lado de la calle, donde los humanos y seres sobrenaturales se paseaban, cada uno en su mundo.
-Vale, ¿qué es lo primero que tenemos que buscar? - Pregunta curiosa. Lo mira y ladea la cabeza de forma ligera, alzándole las cejas repetidamente, bromeando.
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