jueves, 30 de mayo de 2013

Entre ellos, Zénobe.

Zénobe.

-¡Zeta tienes fans por aquí atrás! -Reían los colegas de oficio del joven muchacho en la parte trasera del avión, pues bromeaban con uno de sus compañeros, que vestido con una peluca imitaba con guasa a una de las azafatas. -Eres un payaso... -Rio también Zénobe al verlo, llevándose las manos a la cara medio avergonzado. La verdad es que las azafatas parecían platonicamente enamoradas de él, no dejaba lugar a dudas que sus facciones parecían dibujadas y talladas al milímetro por el mismo Adonis. Había madurado, tanto en carácter como fisicamente, dejó atrás aquel chavalín de melena descuidada, sonrisa infantil y tez pálida. Estaba más moreno, tenia pecas del sol por la respingona nariz y llevaba el pelo corto, aunque siempre con unos mechoncillos juguetones de veinteañero cayéndole por la frente, que dejaba resbalar entre los dedos colocándolos hacia atrás, para que pudiera ver con más facilidad.

La vida de Zénobe había dado muchas vueltas desde la última vez que decidió marcharse, nunca rebelaría el secreto del porqué de su repentina ida, ni por que dejó atrás a todo eso que tanto amaba. Hasta para los colegas de Zeta, su pasado era un misterio, y por mucho que decidiera contarles la verdad, siempre tendría que ignorar algunos cuantos detalles como que no se trataba de un simple humano.

Somalia había quedado arrasada después de aquel catastrófico tsunami a mediados de septiembre, y cientos de soldados y misioneros fueron enviados a su costa para poder ayudar a los más necesitados, entre ellos, Zénobe. Había aprendido sobre la vida después de casi nueve meses de aventuras y misiones, y se traía consigo recuerdos y una morriña que tardaría en despegarse, recordaba cada uno de los rostros de los pequeños alumnos de la escuela donde ayudaba, el cariño que estos le daban y como llenaban su vida de sonrisas e historias del poblado. Lo más importante, fue que Somalia le ayudó a olvidar.

Tras unas cuantas horas de viaje, el piloto anunciaba por megafonía la llegada a Ronald Reagan Washington National Airport y los héroes anónimos bajaban del avión. La recogida de maletas fue breve, entre risas y vaciles, los jóvenes muchachos se reunían con sus familias y novias. Zeta sintió un vacío en su interior, desconocido, un vacío que llevaba tiempo sin salir a la luz. No había nadie esperando su llegada. Se despidió él también de sus compañeros con la escusa de que su familia le estaba esperando en casa con abrazos y calor familiar, sin embargo, todo aquello que él conocía por familia se resumía en un motel donde pasaría las noches hasta encontrar una casa y la compañía de un minibar. Se colocó la bolsa de viaje al hombro y la maleta de ruedas en una mano, parecía que la camiseta le quedaba un tanto estrecha cuando se estiraba, ya que seguía manteniendo esa marcada musculatura. Salió del aeropuerto entre la gente, sonriendo a sus compañeros que al igual que él, vestían con un uniforme desinformal de la armada, de verde militar y camiseta blanca, preparado para comenzar lo que iba a ser otra etapa de su vida. ¿Qué aventuras le esperarían? Lo primordial era encontrar una vivienda, y a ser posible un trabajo...

-¡Nos vemos el viernes en la cena Zeta! -Gritó desde el coche en marcha uno de sus compañeros de viaje, el que se había convertido en su nuevo mejor amigo, Rayan. Zénobe volvió en si y sonrió asintiendo con esa blanquecina sonrisa. -Putos taxis.. -Murmura buscando un taxi con la mirada, que lo pueda llevar a un hotel.

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