Annie.
La pesadilla había vuelto a atraparla. Era parte de aquella enfermedad y la lucha por aquellos malvados seres; su único objetivo era lograr que la luz fuera oscuridad. El dolor inunda poco a poco cada centímetro de su cuerpo. Sabe que no está allí, que el demonio sigue en los árboles... pero está jugando con ella, está jugando con su mente y va a seguir haciéndolo hasta que algo le haga despertar. Un gruñido se le escapa mientras todas aquellas voces se apoderan de ella, haciéndola ver cosas horribles, cosas que harían apartar la vista a cualquier ángel. Pero ella no era un ser angelical, ella era la luz y como toda "luz", le acompaña su pedazo de oscuridad. Y ellos querían hacer esa oscuridad más fuerte. Sentía el sabor a hierro en su boca, pero sabía que no estaba haciéndole daño a nadie. Ese era su alimento, la sangre, pero intentaba no matar a ningún humano que se viese atrapado en su ataque repentino de hambre. Había tomado otro camino. La oscuridad la rodeaba, como si fuese su mejor amiga, como si nunca fuese a.. hacerle daño. Siente frío y una soledad más grande que nunca. Siente como se hiela cada pedazo de su ser, quedándose poco a poco sin respiración y... ¡PUM! Un golpe hace que el cuerpo de Annie salga aterrizado hasta el suelo. Tonca está encima suya, ha sido ella quién ha podido despertarla a pesar de que Zénobe estaba a su lado. Los labios de la muchacha de cabellos oscuros se encuentran practicamente azules. Su rostro, más blanco que nunca y su piel está a una temperatura demasiado baja para ser normal. Como si estuviese muerta. Poco a poco abre los ojos, que se encuentran bicolores. Rojo y negro. Sus sentidos consiguen captar la respiración de Tonca y la de... Vuelve a parpadear, desviando la vista hacia él. ¿Qué está haciendo allí? ¿Por qué? Entrecierra los ojos, que poco a poco recuperan su color. Sin embargo, su piel y su aspecto siguen iguales. Hace frío, mucho frío. Tonca eleva la cabeza y suelta un fuerte gruñido, casi transformándose en aquella plaza. Y ya no es un labrador, es un fuerte lobo de color grisáceo que se abalanza a la oscuridad, dejando de vez en cuando un aullido en medio del silencio de la noche.
Se siente inmóvil, inútil y...vacía. De nuevo. Con un frío que cala los huesos, el alma, el mismísimo corazón. Con una mueca se incorpora, ignorando el fuerte dolor que le recorre. Un pinchazo en la cabeza, un pequeño mareo, un grito ahogado. ¿Cómo se supone que aquel bicho demoniaco había podido haberle hecho tanto daño? Bueno, ¿qué esperaba? Había pillado a Annie en el momento justo para golpearle. Traga saliva y eleva la mirada, encontrándose con él de nuevo. No habla. Es más, nisiquiera está respirando. Se encuentra más quieta de lo que ha estado nunca, dejando que la brisa haga que sus cabellos morenos se muevan suavemente. La sensación de su pecho vuelve. Dolor, abandono, búsqueda. Amor, desamor. Imposibles. Ángeles, demonios, lucha. Él. Él. Él y él. Niega suavemente y por un momento vuelve a respirar, sin despegar la mirada de sus ojos, que por un momento parecen... ¿dolidos? ¿confundidos? Entrecierra ella los suyos y cuando desvía la mirada, observa a la muchacha de cabellos dorados, que se acerca con una sonrisita al volver a ver a Zénobe. Annie lo mira, frunciendo los labios. En parte se alegraba de que pudiera pasar página y se hubiera olvidado de todo. Ojalá ella hubiera podido hacerlo. Por otro lado, el dolor seguía ahí. Cuando la muchacha llega al lado de los dos parece mirar a Annie de arriba a abajo, analizándola. Quizá le parecía raro ver a alguien con esa apariencia. Quizá Annie le llamaba la atención. La chica comienza a hablar, pero ni siquiera la escucha. Cierra los ojos y cuando los abre, la mirada vuelve a estar en el suelo. Al parecer sus labios vuelven a tener el color rojo de siempre, sus mejillas rosadas y su piel, aunque blanca, humana. Y entonces todo parece volver a la normalidad. Vuelve a mirarlos. Se ven tan bien juntos.. Y..
-¿Entonces, vienes a tomar algo, Annie? -Frunce el ceño y le presta atención a la chica, que la miraba curiosa.
-¿Qué?- susurra Annie, dejando que su voz suave y angelical se volviese a escuchar después de tanto tiempo.
-¡Anda, anda, ven con nosotros! ¡Os enseñaré la mejor cafetería del pueblo! ¡Hacen las mejores hamburguesas!
¿Qué estaba pasando? No parecía dispuesta a aceptar un no por respuesta. Annie mira a Zénobe, confundida y suelta un suspiro, sin volver a hablar, siguiendo a la enérgica muchacha que al parecer, era la nueva compañera de su ángel guardián.
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