Zénobe
Caminaba a paso lento, tranquilo y relajado por el efecto del alcohol, se aproxima poco a poco al jaleo, pero de pronto la ve aparecer otra vez, y se lleva la mano a un ojo, frotándolo como si tuviera sueño y pues parece tener alucionaciones, y resopla para sí. Uno de los mechones de la joven le acaricia el brazo cuando pasa por su lado como si no le hubiera visto, ignorandolo completamente, es entonces cuando se percata de que no es sólo una visión a causa del cansancio y drogas, es ella, es Annie. ¿¡ANNIE!? ¿Qué hace ella allí? La vuelve a buscar con la mirada, algo cansado pero totalmente aturdido, pasa completamente de los hombres pues parece ser que han recibido lo suyo, y se dispone a seguirla pero la ve dirigirse al ascensor, miles de pensamientos recorren su mente- Zénobe... que cojones haces. ¿La vas a seguir? ¿Pero entonces qué le vas a decir? No estás precisamente en las mejores condiciones. Vas a joderlo todo, vas a joderlo todo, vas a joderlo todo, vas a joderlo to-do... Aún más. -Chasquea la lengua y camina hasta su cuarto y se posa frente a la puerta, apoya la frente en esta mientras abre la puerta con cierta dificultad, tiene a Annie a unos metros, no sabe si mirarla, tiene miedo a que sus miradas se crucen o incluso peor, temía que se le acercara de repente y se quedara mudo, sin palabras ni argumentos, ni siquiera tenía preparada una excusa, no sabía que explicaciones iba a dar, y en verdad, no era el momento más adecuado. La mira con el rabillo del ojo, apretando los labios y entrando en el cuarto, cerrando la puerta tras de si, apoyando la espalda en esta y dejándose resbalar por la madera hasta quedar sentado en el suelo. -Pero que cojones... -Maldice, se levanta en un rapido movimiento, apenas visible al ojo humano, hacía mucho tiempo que Zénobe no empleaba sus poderes, nisiquiera se había dado el lujo de desplegar las alas. Abre la ventana, y no se le ocurre mejor idea que lanzar por ella la botella de whisky, rompiendo el silencio de la noche en aquel pequeño pueblo, dentro de lo que cabe, la ventana tan sólo daba a la parte trasera del hotel, y a una carretera secundaria. Se lleva el puño a la frente y con ira y rabia intenta relajarse, nisiquiera él sabía de lo que era capaz después de tanto tiempo reteniendo sus poderes. Se deja caer en la cama, bueno, "en la cama", realmente se había topado con ella al retroceder unos pasos y sus rodillas le dejaron caer sobre esta, se queda inmovil, pensativo, hasta que Morfeo se apodera de él y queda envuelto en un sueño.
Un irritante sonido le hace despertar la mañana siguiente, abre los ojos con dificultad, y se humedece los labios después de haber estado babeando la colcha toda la noche, pese al aun extraño sonido, no le duele la cabeza ni tiene signos de resaca, sigue estando como siempre, digno de ser fotografiado. Pronto encuentra al culpable de aquel estruendo arrebatador de su sueño: El telefono. Se arrastra por la cama hasta alcanzarlo y lo coje. -Diga.. -Musita en un tono de voz dormilón. -Señorito Levourdeé, le llamamos desde recepción como nos pidió anoche, tiene el desayuno buffet preparado, esperemos que su estancia esta noche le haya sido lo más placentera posible. -Habla, una voz dulce de mujer, este responde. -Sí.. placentera, gracias. -Cuelga el telefono y se frota la cara, desperezándose y dispuesto a prepararse para bajar. Ninguna depresión podrá quitarle el apetito.
Sale del cuarto, aseado y con un un aroma fresco, algo más despierto, vestido de pantalón vaquero claro y una camisa de cuadros, simple, pero en él todo parece tomar mejor aspecto. Vuelve a bajar por las escaleras y se dispone a desayunar cuando se percata de que no estaría sólo, medio hotel está desayunando a esa hora, asique se limita a entrar al buffet y tomar un par de tostadas, se guarda una manzana, y finalmente sale de aquel edificio para pasear por las calles de el pequeño pueblo. Aquel lugar le gustaba, estaba lleno de casas de piedra y madera, con ancianas barriendo las calles y niños que jugueteaban por las esquinas, perros callejeros en busca de rayos de sol y un aroma a tortitas que aun habiendo desayunado, volvía a dejarle con hambre. ¿Su misión? Encontrar alguna casa que pudiera alquilar. Se propuso que ese sería su mayor rompecabezas esa mañana. Después de tratar ignorar varios pensamientos sobre Annie, "Que si que bonita estaba", "Que si estaba más delgada", "Que será de ella..", encuentra al final de un camino polvoriento una pequeña granja, con rodeada de una valla de madera, allí se encontraba una joven de cabellos dorados, intentando arreglar uno de los postes, Zénobe pasa por al lado y se queda observando, de pronto la joven se lastima el dedo con el martillo, y refunfuña quejándose. -Deberías tener más cuidado, además, estás dándole por el lado contrario, ese extremo se usa para poder sacar los clavos. -Comenta Zénobe, con las manos metidas en los bolsillos, con cierto aire cómico pues parecía un viejillo de pueblos dando consejos absurdos. -Supongo. -Añade la joven que se incorpora observando a Zeta- El bricolaje no es una de mis mejores virtudes... Mi padre tiene una edad y mi madre trabaja en la panadería del pueblo, por lo cual tengo que hacerme cargo de la granja yo sola. -Entabla la conversación, mientras Zénobe presta más atención a la chapuza que estaba a punto de montar la pequeña inexperta. -Te daría un par de consejos, pero ando buscando un lugar donde instalarme por unas semanas o unos meses, ¿Hay casas en alquiler o casas rurales por aqui cerca? -Pregunta, apoyándose en la valla de madera. -¡Estás buscando casa! -Grita de pronto la joven, sonriente y acercándose a él de forma enérgica, risueña. Zénobe ríe en bajo pues le hizo gracia su actitud, asintiendo con la cabeza. -¡Mi padre está buscando a un mozo que pueda ayudarme con la granja! ¡Estará encantado de contratarte! ¡Ven por favor, pasa por aqui, vayamos a casa! -Emocionada, toma la mano de Zeta que la sigue, algo confuso y pregunta burlón- ¿No eres muy joven para estar contratando a gente? -Ladea una sonrisa, pues la chica aparentaba unos dieciocho recién cumplidos, y esta niega alegre, dejándole pasar en casa. -Por cierto, me llamo Coraline, pero todos me llaman Cora. -Zénobe sonríe, pues su amabilidad le hace sentirse como en casa- Yo me llamo Zeta, pequeña Cora. -¿Zeta? ¡Eso no es un nombre! -Exclama la joven, que entusiasmada le enseña el lugar.
Las cosas parecían tomar un rumbo perfecto, el padre y dueño de la granja parecía ser un hombre humilde y honrado, le parecía bien la idea de que se pudiera alojar allí, la granja tenia varias hectareas en las cuales había ganado, tierras cultivadas, la casa principal, el establo, el granero y una pequeña pero acojedora casa individual, la adecuada para él. No tardó en instalarse, esa mañana le había parecido muy productiva, y para la hora de comer tenía pagada la fianza del motel y había transladado sus maletas a la pequeña casita de madera, que constaba de una pequeña cocina, un salón con chimenea, un aseo, un dormitorio y una zona inexplorada en el segundo piso, el desván supuestamente. Estaba atardeciendo y tras una larga charla sobre tareas, sueldo y conocer con más detalle a la familia, Zénobe se sentía más tranquilo, todo aquello le hizo olvidar por unas horas, por dificil que fuera.
Estaba terminando de arreglar el poste, despúes del desastre organizado por Coraline, que se acercaba por su espalda con un peto vaquero y el cabello recogido en una larga trenza. ¡Zeta! -Gritó energicamente- ¡Dice mi madre que cojas la furgoneta para ir al pueblo y recoger unos pedidos! -Mediante se acercaba, iba calmando su tono de voz y agitaba las llaves del coche con una mano juguetona. -Vamos, te acompaño. -Pronto estaba cruzando el breve camino de polvo hacia el pueblo en una furgoneta de color ladrillo, con su nueva copiloto, que no paraba de comentar cosas de la granja, del pueblo y anecdotas sobre sus habitantes. Zénobe no pretendía quedarse por mucho tiempo, y tampoco pretendía echar raices en un lugar así. Aparcó en la plaza del mercado, donde la gente compraba las últimas compras del día, observando con cierto detenimiento a la gente, buscando un rostro en concreto entre todas ellas, buscando a Annie.
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