viernes, 31 de mayo de 2013

Un ángel en el pasillo.

Zénobe.

Zénobe nunca había tenido problemas con el dinero, a pesar de no haber conocido a sus padres, su abuelo le dejó una gran herencia, y con ella se podía permitir instalarse en algunas de las mejores habitaciones del hoteles, aunque fuera de un motel, en este caso. No era ambicioso, por tanto sacaba dinero en pequeñas cantidades de esa cuenta bancaria, sabía que podía durarle para toda la vida si lo suministraba bien, al fin y al cabo Zénobe era un trotamundos, y no muy amigo del trabajo estable. 

Se había instalado en la habitación, había colocado algunos trajes en las perchas del armario, habia colocado los zapatos en una de las estanterías y ordenado meticulosamente algunas de las camisas en los estantes de una cajonera. Se miró al espejo, aún llevaba ese traje de militar que le habían asignado, y otra ráfaga de morriña le invadió el cuerpo al acordarse de Somalia. La vida aqui estaba llena de facilidades, sin embargo su presencia en este lugar, tan cercano a la gran ciudad donde ocurrieron hechos que marcaron su vida, le hacían la existencia pesada y un peso de culpa y melancolía se cargaba de sus hombros. -Será mejor que me baje a por algo de cenar y me de una ducha. -Pensó, y guardó la llave de su habitación canturreando en bajo, saliendo de la habitacion y cerrando la puerta tras de si, en ese momento pasaba una pareja, un hombre desaliñado, con presencia sucia y una barba descuidada, a su lado una mujer, que pese al maquillaje que llevaba parecía haber tenido una bella juventud, voluptuosa y de cabellos pelirrojos, que fijó la vista en el joven nada más verle salir de la habitación. Zénobe ignoraba todas las miradas que a él se dirigían, no era consciente de su belleza, aun que tampoco puso nunca interés en ello. Pasó por delante del ascensor, pero optó por bajar por las escaleras, en un trote acelerado, hasta llegar a la recepción, donde se encontraban un par de personas buscando alojamiento y otras con sus respectivas maletas dirigiéndose  a las habitaciones. Un rugido de tripas, se llevo la mano al marcado vientre y dirigió la mirada hacia la puerta, en busca de un restaurante de comida rápida en el cual pudieran servirle algo para llevar. Nada más pasar por delante del ascensor, dejó pasear su vista por las puertas que se cerraban al compás de un irritante sonido de aviso del ascensor. Las pupilas se le dilataron en aquellos ojos azulados, no pudo evitar soltar una bocanada de aire, se habia topado con una mirada conocida. ¿Conocida? Más bien familiar, más que familiar... Sabía que era ella, pero no podía ser, deliraba, estaba delirando. Obligó a su cuerpo a volver a la normalidad. -Que haces aquí plantado, gilipollas. -Pensó, castigándose a salir del motel y cruzar a paso rápido la carretera de enfrente, dejando que la lluvia empapara su cuerpo hasta llegar a un pequeño restaurante familiar, entró se familiarizó con el lugar y se dirigió a la zona de pedidos mientras ojeaba los carteles de comida. La mujer de delantal llamó su atención y este respondió sonriendo. -Deseo tomar el menú doble, ¿Me lo puede poner para llevar por favor?.. ¡Y el helado de chocolate y menta! -Añadió en un ataque de gula, que provocó una risotada en la camarera, asintiendo y encargándose de su pedido.

En un santiamén se encontraba nuevamente en el hotel, con una bolsa de papel en la que llevaba su cena, volviendo a optar por subir las escaleras y de forma energica, llegó hasta su piso, buscó las llaves y entró en su habitación. Pasó aproximadamente una hora y media y Zénobe ya había cenado, había disfrutado del helado y hasta se había lavado los dientes y se había aseado, había dejado el traje colgado de una percha fuera del armario, se había puesto unos holgados pantalones grises de chandal y una ancha camiseta negra, encendió la tele y cambió de canal repetidas veces hasta encontrar uno que hablaba sobre actualidad y noticias, para "ponerse al día", supuso. Abrió el minibar y sacó de él una botella de whisky escocés, tomando un vaso, sirviéndose y bebiéndoselo de un trago, para después volver a llenarse el vaso. Se sentó en la cama prestando más atención a las gotas de lluvia corriendo por el vidrio de la ventana que a la propia tele, volviendo a beber del vaso, sirviéndose un tercero, que pronto acabaría por ser un cuarto, y un quinto. Parecía que había ruido y jaleo en el pasillo, se incorporó de la cama y arrastrando una mano por la pared alcanzó la puerta para abrirla y ver de que se trataba. No se encontraba borracho, su cuerpo estaba fisicamente preparado para no emborracharse con facilidad, pero sí se sentía algo mareado. Abrió la puerta y salió al pasillo con el vaso en la mano, buscando con la mirada rastro de aquel barullo, al final del pasillo se encontraba el hombre de la pareja que vió antes de bajar a por la cena, pero no estaba solo, había un par de hombres más que hablaban entre vaciles con una joven de cabello color azabache, como si la estuvieran molestando. Zénobe alzó una ceja, el alcohol le estaba haciendo algo de efecto, pero con paso firme y las llaves en la mano contraria a la del vaso, se dirigió lentamente hacia el final del pasillo, como si la salvación de aquella joven viniera lentamente vestido de chandal y cabellos mojados por la ducha.

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