Annie.
El mundo parece ir más despacio en cuanto sus brazos la envuelven otra vez, ella incluso podría jurar que se ha detenido. La calma llena su interior en cuanto siente sus manos en sus omóplatos, justo en el lugar donde sus alas saldrían si tuvieran que hacerlo, inundándolos a ambos en luz. Sus brazos se envuelven alrededor de su cuello, volviendo a enredar una de sus manos en su cabello, manteniéndolo de esta forma en la posición en que se encuentra: lo suficientemente cerca como para que ella pueda sentir el palpitar de su corazón en su propio pecho, marcando una sola melodía. Por un momento ha dejado de llorar, y se permite sentirse a salvo, como si lo demás hubiera dejado de existir y solo existiera ese lugar, con dos seres de luz abrazados en una oscuridad no tan insegura.
Zénobe traía vida, traía todas las cosas buenas que ella podía recordar. Él traía la sensación de una caricia en la espalda al despertar, las palabras de una mirada enamorada, aquellos momentos que sólo existían en recuerdos,a los que ya no se podía regresar. Zeta era la luz de una estrella fugaz, y sin él, ella estaba perdida.
Su voz hace que su piel se ponga de gallina y un escalofrío la recorra una vez más. Ella lo abraza un poco más fuerte, apegándolo a sí misma, sin querer que se separe. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que lo había tenido así de cerca. No responde en ese momento pues siente que lo único que puede decir es que quiere que la perdone por todo lo que ha hecho, o quizá por todo lo que ha dejado de hacer. La mano que le queda libre baja despacio por el perfil de su cuello, sintiendo al mismo tiempo la caricia de sus labios en su barbilla. Abre los ojos despacio y mueve ligeramente la cabeza. Gracias a su ayuda, ahora puede apoyar su frente sobre la suya y, a pesar de que hace un ratito que ha dejado de llorar, sus ojos azules siguen empapados. Ella parpadea, sus pestañas moviéndose ligeras, como si de alas de una mariposa se tratase y se queda observándolo otra vez. Aquella mano que perfiló su piel se posa en su mejilla, acariciándola despacio, mientras que su nariz se mueve de la misma forma, trayendo el recuerdo de aquellos adolescentes que jugaban a quererse y nunca separarse entre las paredes de un apartado internado...Solo que el juego era real, tanto que podía sentirlo todavía, incluso cuando los años habían pasado por ellos.
-Zeta...
Su voz rompe el silencio después de unos minutos, y se queda así, sin saber realmente qué decir.
Quizá el problema era que no necesitaba palabras, que aquellas miradas lo decían todo desde el primer momento. Que por mucho que quisiera expresarse, la única persona que podía indagar en su alma y llegar a conocerla como realmente era, era él. Y entonces todo desaparece: el dolor, la inseguridad, la pena, la culpa, el miedo. Zénobe se lo lleva todo con su simple presencia, y él nisiquiera sabe lo especial que es para ella, porque la chica nunca ha llegado a decírselo. Ha perdido todas y cada una de las oportunidades que ha tenido para decirle todo lo que guarda dentro, y aunque sabe que no tiene que decirlo en voz alta, siente la necesidad de que todo el mundo lo sepa.
-Zénobe.. -vuelve a susurrar, dejando que su labio inferior tiemble esta vez.
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