viernes, 30 de mayo de 2014

"No soy más que el fantasma de lo que solía ser."

Annie.

Sus labios comienzan a temblar cuando escucha al ángel superior llamar a Zénobe. ¿Qué tipo de broma era aquella? ¿Cómo se supone que podía verle? Él no era... él no era real, ¿o sí? Annie se levanta al escuchar la conversación, acercándose a una de las mesas, tomando un vaso y llenándolo con alcohol, volviendo a su espacio "personal" y dejando que la bebida la hiriera por dentro, otra vez. Comenzaba a hacerle efecto, por lo que podría esperarse cualquier cosa. A veces, ella necesitaba escapar... y esa noche era uno de esos días. Aquella voz parecía querer endulzarle el alma, pero la estaba volviendo loca. Puede escuchar el palpitar del corazón de Zénobe, convenciéndola poco a poco de que es real, de que está allí, de que no es una visión, o una alusinación, o un efecto secundario de su estado. Por suerte para ella, nadie se le ha acercado, la han dejado sola.  Baja la mirada y termina de un trago lo que quedaba en el vaso, levantándose despacio, tambaleándose. Está demasiado débil, demasiado mareada, demasiado fuera de si misma para tomarse nada enserio. Sentía como la temperatura bajaba, sus poderes se descontrolaban y el frío la llenaba. Sus labios habían perdido el rojo pálido de siempre, para transformarse en morado, su rostro se tornaba más pálido que nunca y en ese momento no parecía luz... tan sólo un vampiro, como si su lado oscuro emergiera poco a poco.

- Mi nombre es Annie Massey, encantada, y tú, maldito fantasma, podrías dejar de torturarme al menos esta vez, ¿no?

Su voz es un susurro, pero casi todos los ángeles la miran. Ella escruta a Zénobe. Entonces se da la vuelta, harta de estar encerrada, harta de no entender y no poder definir la realidad. Le faltaba el aire. La habitación estaba en silencio, puesto que nadie había esperado verla de esa manera. Annie echa a andar, pasando por el lado de los dos ángeles que habían entrado con Zénobe.

-Pues yo nunca me imaginé que fuera una borracha... -Dice en un susurro la voz femenina. Parecía que no le gustaba Annie. ¿El motivo? Desconocido.

La chica se queda quieta, chasquea la lengua y se gira despacio, colocándose a su lado y diciendo de vuelta:

-¿Enserio? Yo nunca pensé que un ángel podría ser gilipollas.

Ante la palabrota, la multitud se alarma. Annie se da la vuelta y baja las escaleras, sin importarle realmente la reacción de la prepotente chica. Casi podía escuchar sus pasos tras ella, y su respiración acelerada debido a la furia. Los escalones parecían moverse y con mucho esfuerzo llega a suelo firme, recorriendo el salón lo más rápido que puede, subiendo las escaleras de la salida y encontrándose (más rápido de lo que ella cree) en el callejón. El aire frío la golpea, haciendo que tiemble y sienta como si su sangre se helara en su interior. Zénobe, Zénobe, Zénobe. 
Las lágrimas dibujan ríos en sus mejillas de porcelana, y ella se lleva la mano a la cara para apartarlas de un manotazo. "No otra vez, no aquí, no.." Sus pasos son rápidos, aunque se tambalea. Le queda un largo camino para  llegar al pequeño apartamento, aunque apenas puede ver los nombres de las calles. Si Annie no se alimenta, algo malo pasará. Si Annie no bebe sangre, no podrá soportar lo que le viene encima. Y Annie... muchos no entendían qué era, o cómo era realmente. Sabían que había nacido humana y luego, había sido convertida en vampiro. Después de siglos, su alma había sido lo suficientemente pura como para convertirse en "la luz", pero la oscuridad existía en ella. Por eso no era un ángel. Por eso no podía entrar al cielo. Por eso no lo... "No, no lo mereces, Massey. Mírate."
Las gotas de lluvia helada caen desde el cielo como balas, golpeándola más fuerte de lo que ella pensaba. Entonces deja de andar, se apoya en la pared y deja que su cuerpo, tan liviano como siempre, se deslice hasta quedar sentada en el suelo. Las lágrimas la ahogan, pero no puede parar. Sabe que siempre va a despertar en la mañana, siempre...

Pero por primera vez, Annie no quería despertar.
Así que deja que el aire salga de su cuerpo y aguanta la respiración, hasta que su subconsciente la lleva a un sitio donde la oscuridad reina, y el mundo real deja de existir.

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