sábado, 31 de mayo de 2014

"Un segundo sin pensar en ti."

Annie.

  Se siente mareada otra vez, por lo que mantiene su mano sana pegada la pared, haciendo una mueca ante es escozor que la otra le produce: sigue sangrando, derramando poco a poco su fuerza vital. La voz de aquel ángel repelente comienza a angustiarla; Annie no necesita más demonios que los que ya tiene. No responde, sabe que no lo tiene porqué. Levanta la vista y la clava en el chico musculoso. Zénobe se ha ido, lo cuál hace que Annie se derrumbe un poquito más, si es que era posible. Aquel muchacho se había dado cuenta, por eso no se ha acercado a ella, por eso no le grita nada. Zeta debería saber aquello que ella no se atrevía a decir, pero ¿cómo? nisiquiera le había mirado a los ojos...

Una figura aparece en el cielo y baja, soltando un gruñido mientras mira a los dos desconocidos. Tonca. Ya no es un dragón tan pequeño, y parece lo suficientemente furioso como para dejar a aquellos dos a raya. Annie niega, da un paso adelante y se sube en su lomo, bajando su cuerpo hasta casi quedar acostada, sin fuerzas. "Vámonos, Tonca.." Susurra en su interior y el animal toma vuelo, sacándola de un infierno que se había convertido en realidad.
La noche se marcha más rápido de lo debido, dejando que el día llegue e ilumine toda la ciudad, sin embargo, para Annie todo sigue siendo oscuro. Ha dejado de llamar a Zénobe en silencio, y al parecer, la fiebre y alucinaciones han pasado también. Aquello era lo que pasaba cuando Annie no se alimentaba. Anoche lo había entendido, o al menos, así lo había interpretado. Los ángeles no iban a comprenderla, nunca lo harían. Y Zénobe... Sus ojos se abren despacio, de un color azul tan puro que parecia que brillaran solos. La chica hace una mueca ante el dolor de cabeza y se lleva la mano a esta, como si así pudiera calmarlo. ¿Y Tonca..? Annie suspira, ya que supone que ha ido a dar una vuelta. Se pone en pie y camina despacio hasta una nevera que se encuentra justo frente a la cama deshecha, la abre y recoge de ésta una bolsa semiabierta que contiene sangre humana. Ella sabía la solución.. Sabía que para volver a ser ella misma debía beber una entera, o quizás más, pero eso la convertiría en... Traga saliva, abre la bolsa y coloca la parte superior entre sus labios, dejando que aquel líquido cubriera su  garganta y la llenara de vida, de fuerza.. Cuando la termina mira hacia abajo y entrecierra los ojos, tomando otra entre sus manos, abriéndola sin pensar y acabándola en menos de un minuto. Tira el plástico y vuelve a su cama, sentándose. La herida en su mano comienza a curar, despacio. Las ojeras desaparecen. Todo signo de la Annie de la noche anterior termina sin dejar rastro, devolviendo de repente el ser que solía ser, a pesar de que aquellos ojos azules seguían reteniendo tristeza, melancolía y sobretodo, culpa.

Los días pasan lentamente, torturándola. No sabe si volverá a ver a Zénobe otra vez, pero tiene miedo. Quizá él ya siguió adelante. Quizá aquella chica... Sí, tenía que ser eso.
La noche del viernes llega antes de lo previsto, tomándola por sorpresa. El Almacén la espera. Ha estado alimentándose, por lo que la antigua Annie parece estar de vuelta. Tonca no había regresado, pero en su interior, la muchacha sabía que ella estaba bien. Uno, dos, tres... las escaleras hacen que suba y se aleje del griterío de los humanos. La puerta se abre despacio. Todos están dentro ya. Para su sorpresa, su mascota está ahí también, sentada en forma de Husky entre las piernas de Zénobe, pero en cuanto la ve suelta un ladrido, a lo que Annie devuelve una sonrisa. Tonca parecía feliz, reflejando que su dueña volvía a ser lo que solia ser.
La habitación se queda en silencio en cuanto ella da un paso dentro y cierra la puerta tras de si. Retira suavemente su chaqueta, la coloca en uno de los percheros y comienza a andar, haciendo caso omiso a los cuchicheos. Se sienta más adelante y apartada, como queriendo mantener la distancia con todos.  Mira a su ángel por el rabillo del ojo y hay algo que la molesta: aquella chica acosa, como queriendo decirle que no se acerque o terminará tirándosele al cuello. Annie niega, rodando los ojos, y vuelve la atención al ángel superior, que entra en la habitación con diversas armas que ella ya conoce, y comienza a explicarles su uso, y lo peligrosas que pueden llegar a ser en manos equivocadas. Cuando la charla termina, todos están invitados a tomar una de las armas y practicar con ella (aunque sin matar a nadie). La chica sigue en su silla, pensando en uno de los casos que ha atendido esa semana, cuando de repente alza la vista y se encuentra con los dos chicos que la habían molestado en el callejón.

Se pone de un salto, de golpe y suelta un pequeño gruñido, a lo que ellos responden dando un paso atrás. Tienen cicatrices, por lo que ella supone que ha sido..Zénobe. Los deja ir tras escuchar de sus bocas un "lo siento, de verdad", y en un segundo siente el filo de una de las espadas tocar su espalda. Gira suavemente y se encuentra con aquella chica, otra vez. No se había acercado, pero sin embargo ella había venido a ella. Los dos muchachos parecen escrutarlas del otro lado de la habitación. Annie permanece inmóvil, sintiendo el filo ahora en su vientre, pero no duele porque no parecen sus intenciones.

- ¿Y bien? ¿Qué crees que vas a hacer con eso? - La voz de Annie suena distinta esta vez, haciendo que el ángel frente a ella se sorprenda. Una pequeña sonrisa curva en su rostro y estira la mano, apartando la espada y negando despacio.- Mejor deja de jugar con eso, ¿va? Es peligroso en manos de quién no sabe utilizarlo.

Calmada y evaluando sus movimientos, Annie se aparta, acercándose a la mesa. Toma un cuchillo con ciertas marcas en él entre sus manos y roza su filo despacio, clavando la vista en el frente cuando siente una presencia tras ella. Mira la pared del frente y suspira, dejando el cuchillo en la mesa y volviéndose despacio, para encontrarse con la persona a la que menos quería enfrentarse pero si que quería consolar. Su Zénobe.

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