Zénobe.
Solía dormir con las puertas de la terraza abierta, le gustaba la sensación de estar arropado, sentir calidez pero al mismo tiempo oler la frescura del rocío por la mañana. Desde la calle tocaban dos músicos el violín y violonchelo, se trataba de una música melódica que despertaba y hacía amanecer a todos los seres del lugar. Zénobe se retuerce en la cama despertándose, siente algo de frío.. Anoche se dejó caer sobre la cama, y la gelidéz de la noche se apoderó de él. Frota la cara contra la colcha y entonces cae en la cuenta de su nariz, pero sin embargo no hay rastro de sangre en ella. Siente incomodidad al levantarse de la cama, su ropa está sucia y siente cierta angustia por ello, se deshace de ella, rápidamente, quedándose tan solo en unos boxers color blanco perla. Se agacha frente la jaula de pájaros que tiene próxima a la terraza, allí se encuentran dos pequeños diamantes de Gould, dos pequeños pajaritos australianos de vivos colores que disfrutaban de un baño en un cuenquito de agua que Zénobe les dejaba listo, la jaula siempre estaba abierta, pero los pájaros siempre que salían a la aventura, volvían a su hogar, pues sentían afinidad con su dueño.
El agua comienza a correr en el baño mientras Zénobe se desnuda frente al espejo, se examina el cuerpo, especialmente el cuello, lleno de marcas... Las cura con sumo cuidado, y se sumerje en un baño de espuma.. El agua deja su piel perlada, se deja resbalar por la porcelana de la bañera hasta que su cabeza queda sumergida. No abre los ojos, simplemente se centra en escuchar el sonido de las ondas del agua, la melodía de la calle entrando por la ventana, y suspira, pensando en la noche anterior... Tal vez aquello fue un aviso para no acercarse a ella, tal vez deberían seguir sus caminos separados... como lo habían hecho hasta ahora. "Mi pequeña Annie", piensa por un momento antes de sacar la cabeza del agua, volviendo a suspirar. "Annie. Suya, no mía".
La semana ha sido larga, Zénobe apenas hace mucho ya, siempre ha tenido dinero asegurado para toda una vida y más, pero le gusta sentirse útil, ayuda en comederos sociales, haciéndole los recados a su vecina La señora Bipsy que desde que perdió a su marido en la guerra, se distrae contando historias y dando largos paseos con Zénobe por el parque, otros días participa en actividades en el orfanato, donde le toman como a un hermano mayor.
El viernes llega a casa tras haber ido a la mañana a Willowtown, y haber hecho un par de recados en el mercado, el papeleo matutino.. Sabe que debe acudir al local ese viernes, que Meredith y Eros vendrán a buscarlo hoy a la noche, y sobre todo está totalmente mentalizado de que puede volver a ver a Annie allí, o tal vez, lo que queda de la antigua Annie.
Las nueve y media. Tocan a la puerta. Meredith.
-Zénobe.. ¿Qué tal? -Dice mientras este le abre la puerta a su casa, y termina de colocar una manta sobre el regazo del sofá, encogiendo los hombros, mirándola tan solo un instante.
-Bien, estoy mejor. -Asiente, algo frío, pero las palabras de Meredith traian consigo cierta preocupación, y se lo agradece, por lo que intenta cambiar de tema para no molestarla- Esta mañana estuve en Willowtown, en el mercado. Había una gran cantidad de frutas.. exóticas sobre todo. Tal vez algún día podamos ir.
-Sí, eso estaría bien.. -Dice ella, agachando la mirada, apartándose un mechón de pelo del rostro y dejándoselo tras la oreja- Te espero abajo, está Eros en el coche.
Los tres acuden al local, y para sorpresa de Zénobe, se topa con un Husky que viene a recibirle con amor y ternura, rozando la cabeza y el lomo contra su pierna. Zénobe lo reconoce y se agacha a acariciarlo y a rascarle la barbilla. Sonríe cuando Tonca anicha los ojos ante aquel masaje y por ello, aprobecha esa fuente de mimos recostándose sobre el regazo de Zénobe durante la charla. Esta vez al menos, parece más interesante. En el ambiente hay una tensión y un divertido jugueteo por las armas, algunos las examinan con las manos mientras otros lanzan estas hacia un tablero preparado para ello. Sabe que Annie debe estar ahí, pero deja de que el azar decida por él, no quiere volverse a ver en la misma situación de hace una semana.
Eros le acerca una copa, moja los labios en ginebra y los saborea, Meredith observa con detalle sus movimientos pero algo llama su atención y pronto desaparece. Zénobe bebe su copa y después pasea por la estancia hasta acercarse a la mesa donde se depositaban las armas. Ella.. estaba ahí. Se acerca silencioso, no lo suficiente pues esta se gira, y ambos quedan frente a frente, a unos metros. Zénobe la mira a los ojos, pero pronto desvía la mirada al suelo. La situación le parece incómoda y nisiquiera sabe que decirle. Nisiquiera sabe, si ella quiere recibir una sola palabra de él. Se lleva una mano al flequillo y se lo echa hacia atras como de costumbre. En su rostro no hay ningun signo de felicidad, pero tampoco de tristeza, es totalmente neutro. Sin embargo, la mirada perdida en el suelo habla por si sola.
Alguien pasa por detras y roza su hombro, entonces vuelve en si y reacciona. No quiere molestarla, no quiere hacerla sentir mal o presionarla al hablar. Por ello se gira, buscando la salida cuando de pronto Meredith se le acerca con una daga, y curiosa se la enseña con fascinación. -¿Has visto la empuñadura? -Zénobe asiente pero susurra cerca de ella. -Voy al bar, no me apetece estar aqui. -Y tras eso, se dirige hacia la puerta, bajando las escaleras despacio. Meredith ha seguido su recorrido con la mirada, pero intenta sonsacar el motivo de que esté asi, y dirige la mirada hacia la mesa de armas. Allí está ella. Supone que han hablado y eso la enfurece, no quiere verle mal. La mira a los ojos, lanzándole una mirada de atención, y luego vuelve con Eros y otros ángeles.
Abajo, Zénobe se sienta en un taburete de la barra, y el joven camarero se acerca a él con rapidéz ignorando a los demás clientes, como si hubiera atraido la atención del muchacho. Y en parte, era así, pues Marcus estaba lleno de curiosidad por saber más sobre esos seres.
-Ponme... un combinado. -Encoge los hombros, y el joven prepara con agilidad la bebida, decorándola con un limón.
-Ahí tienes. ¿Mala noche? -Pregunta, haciéndose el loco- El alcohol a veces sirve para ahogar las penas.
-Mala racha. -Dice Zénobe, sonriendo amablemente. Sin embargo, le resulta algo extraño el comportamiento del joven camarero, pues se le ha quedado observando mientras seca un vaso con un trapo, como tratando de sacarle cada pequeño detalle. Entonces se aproxima nuevamente hacia Zeta, apoyándose en la barra.
-Sabes.. yo soy un simple camarero, pero se guardar muy bien los secretos. -Dice Marcus, mientras habla con Zénobe, ordenando la barra y recogiendo copas de algunos clientes, pues el bar comienza a vaciarse poco a poco.
-No es cuestión de secretos... -Zénobe alza una ceja, pues no comprende las segundas intenciones del interés del joven, terminándose el combinado de un trago. Niega cuando este le pregunta si desea tomar otro, pues nota algo de calor ya.
Parece que la gente va saliendo la charla, están algo revoloteados, cuentan cotilleos entre si y los más jóvenes salen haciendo gestos ninjas tras la emoción de la prueba de armas. Mira de reojo la escalera, saludando a algunos con la cabeza o un simple gesto de mano. Mientras, espera sentado, jugando a deslizar el dedo por el filo del vaso, creando una melodía.
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