Zénobe.
La noche había sido un desastre, más que un desastre, una incomodidad increible. Hacía tanto tiempo que no se veía, había tantas explicaciones que dar, y sin duda alguna, aquella no era la mejor manera de explicar las cosas. Se arrepiente de haber elegido ese lugar como destino de origen, tal vez si le hubiera comentado al taxista que parara en un pueblo más cerca de la ciudad, o incluso en la gran ciudad, total, allí nadie se encuentra con nadie, la gente pasea por las avenidas sin mirarse a los rostros encogidos por la prisa del estrés laboral. Pero no, tuvo que elegir este pueblo del que desconocía hasta el mismo nombre. Annie se iba, estaba incomoda y decidió por marcharse. Zénobe nisiquiera pudo despedirse cuando la joven ya estaba cruzando la plaza a un ritmo apretado, deseoso de huir. -Vaya... Igual tenía sueño, ¿No crees? -Sugiere Coraline, que sale con las bolsas del restaurante, Zénobe por detras encoge los hombros de forma dubitativa y le toma las bolsas a la joven rubia, hacía gestos caballerosos inconscientemente ya que le habian educado así. Sin embargo, Coraline los tomaba como cumplidos y gestos cariñosos que ella malinterpretaba. Zénobe, ajeno a todo comenzó a andar en silencio hacia la camioneta. Tras colocar las bolsas en el asiento del copiloto, donde más tarde Coraline las llevaría en el regazo, observó que la parte de atras de la camioneta estaba vacía, tan solo con unos pequeños fardos de heno y paja. Metió la llave en el contacto y arrancó, dirigiéndose a la vieja granja, se pasó el viaje hablando con Coraline, al fin y al cabo ella tampoco tenía la culpa de lo sucedido y en cierta manera, le contagiaba esa alegría que la joven desprendía. -Mañana hay que ocuparse del ganado, ¡Es bastante divertido! Hay que sacar las vacas a pastar, mi padre te dejará su caballo, las llevaremos hasta el río para que beban agua y luego yo me encargaré de ordeñarlas mientras tu les pones heno en los comederos. -Le explicaba Coraline, entusiasmada.
Llegaron a la granja y tras aparcar la camioneta enfrente de la casa principal, Zénobe se bajó del coche después de Cora, y esta le dió su bolsa de comida, junto a la de Annie, que la olvidó por completo. -Toma, a Annie se le olvidó su comida, cómetela tú o se te quedará fría, ¿Quieres pasar a casa o te vas ya a la tuya? -Preguntó Coraline acercándose poco a poco, Zénobe retrocedió unos pasos disimuladamente, sabía que Coraline estaba entrando en ese aire de amores platonicos de jovenes, basicamente por que él también los había vivido, negando con la cabeza y sonriendo, dejando las bolsas entre ambos cuerpos.
-Creo que me voy a ir llendo ya, mañana hay muchas cosas que hacer y aún ni he desecho las maletas. -Dice, y mira de reojillo a la ventana del porche de la granja, allí estaba asomada su madre, expectante a la escena. -Además creo que tu madre te está esperando, -Sonríe divertido y saluda a su madre mientras le devuelve a Annie las llaves de la furgoneta. -Nos vemos mañana. -Dice alejándose mientras por dentro se ríe, pues la joven se ha quedado ahí pasmada esperando un abrazo o un beso, y mientras recorre el largo camino de piedras hasta la casa de invitados, escucha a Caroline quejarse a su madre- ¡Mamá eres una cotilla! ¿Qué hacías mirando? ¡Así no me extraña que nunca vengan chicos a casa!
Llegó finalmente a la pequeña casita a la que podría llamar temporalmente hogar, estaba lejos de la granja, más escondida entre los arboles que señalaban el comienzo del bosque, encendió una pequeña lumbre en la chimenea y también la radio, tras jugar unos segundos con el dial, se encontró con un canal de música ambiente y se deshizo rapidamente de la ropa puesto que la lumbre daba bastante calor, se puso unos pantalones grises cortos de algodón, un poco más arriba de la rodilla y el busto desnudo, se sentó en el sofá contemplando la llama mientras comía, después encontró unos caramelos de menta y se le ocurrió colocarlos en la llama para derretirlos sobre un bollito de leche. Zénobe se las apañaba bien solo, estaba tranquilo. Las canciones de la radio se mezclaban con sonidos de animales nocturnos, parecía que la noche estaba en calma, o por lo menos, de momento.
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