jueves, 6 de junio de 2013

Yo cuidaré de ti.

Annie.

Atrapa las manos con delicadeza, entrelazando sus dedos y bajándola despacio, viendo luego como sus alas desaparecen en su espalda. Vuelve a alzar la mirada, encontrándose con el azul de sus ojos y entrecierra los propios, sintiendo como el lugar comienza a cambiar. Desaparecen, se consumen como mismo lo hace el humo de un cigarro y cuando su mirada vuelve a localizar el sitio donde se encuentran, siente la suavidad de la alfombra sobre sus pies. Retira suavemente sus zapatos, quizá era una mala costumbre, pero le encantaba andar descalza. Lo ve andar hacia el cuarto de baño y cuando el agua comienza a correr por las tuberías, casi puede oler como el olor a sangre que acompañaba al ángel aquella tarde se esfumaba. Tenía que ayudarlo a curar esas heridas. Deja sobre una pequeña mesita la daga envuelta en la tela, retirando la última hasta poder examinarla, aunque sin tocarla. Hace una mueca,  quedándose por un momento concentrada. Sabía que esa daga acababa con demonios, era un tesoro angelical y a pesar de que había oído hablar de ella, nunca la había usado. No podía, más bien. debía arreglársela siempre por sus propios medios. Por mucho que fuera la luz tenía oscuridad.. y ese tipo de armas repelían todo tipo de "maldad". Alguien le había dado esa arma a Zénobe...¿o la había tenido siempre? Desvía la mirada al escuchar sus pasos y niega despacio, sin saber qué responderle y al mismo tiempo, él le había dicho lo que quería saber. Alguien se la había entregado y debido a las cualidades de la daga, no había sido un demonio, ni nadie que quisiera tentarlo a caer en la trampa. Había sido un ángel, un ángel que estaba de su parte, al parecer. Y si Zénobe había sido capaz de utilizarla...significaba que no había ningún tipo de maldad en su alma, en su corazón o incluso en sus pensamientos. Aquello la tranquiliza; Lucifer no ha logrado ninguno de sus objetivos. Camina despacio hacia la cama y lo observa, escuchando sus preguntas y el  trabajo que hace con el papel hasta hacerlo un barco... entonces comienza a hablar:

-Has..herido a demonios, al parecer. Luchaste contra ellos. Esa daga sirve para eso. - En realidad, lo más seguro es que los hubiera matado, pero temía siquiera decir esa palabra. Aún así, no puede mentirle, por lo que antes de hablar traga saliva y... - creo que los has matado, ¡cosa que es completamente buena! Menos en la lista. Esto también significa que sabes defenderte mejor que lo que pensábamos... -Espera su reacción, pero por ahora solo hay silencio- Escucha, Zénobe... alguien te ha dado esa daga, ¿vale? No puedo tocarla, tengo parte de oscuridad en mi alma... lo que significa que te la ha entregado un ángel. ¿Quién? No lo sabemos, pero..es una ayuda, ¿sabes? Alguien, en algún lugar, sigue velando por ti.

Se levanta despacio y se acerca a él, agachándose justo en frente. Acerca una mano a su pecho, justo donde una herida corta su piel y amenaza con una cicatriz... y entonces puede sentir como su propia energía se traspasa y enseguida, aquello que lo marcaba desaparece. Y asi hace con todas aquellas que lo marcan hasta dejarlo como nuevo. Se ha retirado la sangre, así que parece como si nunca hubiera pasado. Se levanta despacio y se inclina hacia adelante, apartando unos mechones de su frente y besándola con cuidado, cerrando los ojos por un momento y suspirando, calmada por tenerlo a salvo, allí, con ella. Entonces susurra:

-Y hoy te quedas aquí, no me obligues a atarte a la cama y a poner a Tonca a gruñirte.

Se le escapa una sonrisita, esperando que el comentario le saque una a él. Entonces baja la mirada y apoya su propia frente contra la de él, sin ir más allá. Estaban lo suficientemente cerca para ser "sospechosos" y no sabía quién los observaba.

-Yo cuidaré de ti, Zénobe. ¡Y no acepto ningún tipo de negativa, excusa o cualquier cosa que te lleve lejos de estas paredes!

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