Annie.
Los días pasaban lentos, mientras ella esperaba algo de provecho que poder hacer. Alex, su guardiana pelirrosa parecía haber desaparecido; lo más seguro es que tuviera una misión y un Humano que atender y quizá estaba del otro lado del mundo. Al parecer, no había tenido tiempo de avisarle. De vez en cuando salía al pueblo, ayudando a las personas que lo necesitaban aunque fuese con in gesto tan simple como era llevar las bolsas de la compra hasta la casa o ayudar a los ancianos en in asilo. Pasaba las tardes en la plaza, jugando con los pequeños niños que se quedaban hasta tarde. Su habitación en el motel iba tomando un poco de su ambiente; el olor dulce de su perfume, los colores que solía llevar e incluso se había atrevido a colgar alguna fotos y recuerdos que había podido poner en la maleta. Se sentía mejor si tenía todo eso a su alrededor, como si estuviera en casa. Además, había pasado horas en la biblioteca del pueblo, buscando un libro que la ayudase a responder todas sus preguntas. Tras unos días de búsqueda, por fin lo había encontrado y se habia llevado además varios libros. Las noches se hacían largas por los sueños, que a veces la perturbaban y otras, por el contrario, la ayudaban a entender lo que estaba pasando. Su responsabilidad era proteger a su ángel por encima de todo y de todos. A veces, ángeles que nunca había visto se le aparecían, explicándole las dudas.. En realidad no sabia si Zénobe podría controlar una situación de esas en caso de encontrarse solo. Una cosa era proteger a alguien y otra, cuidarse a si mismo y en paralelo, luchar contra todo lo que intentaba tumbarlo. Ni siquiera ella era capaz de escapar de ellos y llevaba tiempo intentando apartarlos...
Aquella noche, Annie se había quedado en la buhardilla donde se escondía y podia ordenar todas sus ideas. Sus piernas se encontraban cruzadas sobre la almohada, mientras que se apoyaba contra la pared para poder leer mejor. Era una noche despejada y al parecer, tranquila. Tonca había preferido quedarse fuera, rondando los alrededores, como si ella también tuviera que cuidarlo. Baja el libro y lo apoya sobre sus rodillas, quedándose por in momento pensativa, persiviendo algo extraño. Rápidamente se incorpora, asomándose a la ventana , clavando los dedos en esta, dejando la marcado de su respiración sobre el cristal. Algo está mal, muy mal. Siente como el pecho se le comprime en una sensación que no le gusta nada. Abre la ventana, dejándose caer en el aparcamiento, que se encontraba totalmente desierto. Annie está descalza, pero sin embargo se adentra entre los árboles y echa a correr, siguiendo su instinto, que parecía gritarle un sólo nombre: Zénobe. La humedad va rodeándola poco a poco y la temperatura disminuye hasta el punto que su propia respiración aparece como un vaho, adornando el ambiente. Demasiada oscuridad para una noche tan tranquila. Demasiado frío. 'Demonios', le dice algo en su cabeza. ¡Lo estaban atacando! Annie comienza a temblar de rabia, por lo que en un minuto lo encuentra. No se encuentra a la vista; está subida en la rama de un árbol y sus ojos están bicolores. La mejor forma de enfrentrarse a ellos sin llamar tanto la atención era con su parte oscura, aquella que nunca había dejado ver a Zeta. Pero..si dejaba ver su luz llamaría demasiado la atención, mejor era refugiarse y moverse entre ellos como una más.
Un gruñido se escapa desde su garganta, llamando la atención de aquellos que persiguen a su ángel. La chica se levanta de forma elegante y lenta, observándoles desde arriba con los labios fruncidos y una expresión demasiado seria para parecer ella. Cualquiera pensaría que se trataba se Sarah, su gemela. Aterriza con suavidad en el suelo, apareciendo justo delante de Zénobe. Su rostro no parece el mismo, pero sus intenciones no cambian; debe protegerle. La chica gira sobre sus talones y suelta otro gruñido, dándose cuenta de que no eran demonios, sino seres inferiores que se dedicaban a rastrear y sacar de quicio a las víctimas para que se rindieran a la oscuridad. Los conocia, más de una vez habia tenido que cruzárselos y sacarlos de su camino para salvar la vida de un humano. La lucha empieza y nadie puede impedirlo. En medio de la penumbra, un lobo se une a ella, despedazándolos. Cuando el bosque se queda en silencio la lucha termina. Annie aparece tras Zénobe, tomando su mano. Está llena de sangre y tiene heridas, pero se siente orgullosa de lo que ha hecho. El lobo desaparece y luego ellos. La siguiente imagen que deja que observe es la luz de su habitación, en el motel. Tonca se ha quedado abajo, cuidando. Por suerte, ella no tiene heridas. La chica cierra la ventana y asegura la puerta, girándose para observarlo y, a pesar de sus ojos bicolores y parecer que está completamente descontrolada, Annie susurra:
-¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?
Lo mira, dejando que su mirada vuelva a su color natural, notándose por primera vez en la noche su miedo. Antes había dejado que Zénobe viera su naturaleza vampírica, la parte de oscuridad que tenía su alma.
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