sábado, 1 de junio de 2013

En su pequeño escondite.

Annie.

Ojos azules, ojos azules... sólo podía ser él. No sabía exactamente dónde vivía, pero si todavía estaba en el pueblo, lo más posible es que fuera quién la había encontrado. El dolor no cesaba, era como si miles de cuchillos atropeyaran su piel, sus órganos, su interior...Lo peor era que estaba tan bloqueada que no sabía cómo hacer que parase, no sabía cómo hacer que dejara de doler. El llanto no cesaba, temblaba entre brazos que parecían conocerla y ponerla cómoda con simples movimientos, sentía más frío que nunca a pesar de aquello que cubría su cuerpo ensangrentado. Los sonidos comienzan a hacerse más bajos, hasta tal punto que no escuchaba nada más que una voz que hablaba suavemente, pero no lograba captar el mensaje que quería pasarle..sabía que estaba allí, que era él quién la había encontrado, que la había salvado, pero..¿por qué? Cierra los ojos tras deslumbrar una luz, ya que le molesta. Demasiado intensa. ¿Dónde están? ¿A dónde la ha llevado? Pronto puede sentir como una suave superficie amolda su espalda y se siente aliviada, supone que será un colchón, pero no se acomoda, simplemente se queda quieta. Luego, algo la cubre y el dolor desaparece completamente. Ni siquiera se ha dado cuenta de que la ha tocado, de que seguía ahí, ya que el desfallecimiento se había apoderado de ella, tanto como Morfeo y sus sueños.

El cantar de pequeños pajarillos hace que Annie vaya volviendo poco a poco al mundo real. Unos suaves rayos de Sol acarician su rostro de porcelana, que parece marcado por las lágrimas derramadas la noche anterior. Escucha como las llamas cantan suavemente, chocando unas contra otras, uniéndose. Poco a poco abre los ojos y clava la mirada en el techo, frunciendo los labios, ya que aquel sitio era completamente desconocido. Y entonces cae en cuenta. La noche anterior, quién la recogió y luego..oscuridad. Se incorpora y se queda atónita, mirando a quién está delante suya. Zénobe. Había sido él. Traga saliva, ya que realmente no recordaba mucho... En silencio se levanta, retirando los zapatos de los pies y observando su ropa, que ha quedado completamente quieta ante la sangre que la manchaba. Hace una mueca y retira de sus hombros la manta, dejándola caer en el suelo. Tendría que lavarla, ya que también estaba llena de aquel líquido carmesí. Entonces avanza suavemente, sentándose a su lado, rozando ambas heridas que marcaban su espalda. Sus alas, aquellas que mil veces la habían envuelto y llevado a un sitio completamente distinto, lejos de cualquier cruel realidad. Ante su toque el muchacho parece moverse, pero no despierta y en un parpadeo, las heridas han desaparecido, tanto como las cicatrices. Era lo único que podía hacer, ¿no? Y darle las gracias pero..¿cómo iba a despertarlo? Su rostro angelical estaba demasiado tranquilo para perturbarlo. Entonces se levanta, mirando a su alrededor y tomando la manta que la arropó toda la noche. Busca en silencio el baño y cuando lo encuentra, cierra la puerta tras de sí y abre el grifo de la bañera, metiendo la sábana dentro y comenzando a quitarle la sangre con sus propias manos. Frunce los labios; normalmente lo pondría en una lavadora pero se trataba de sangre y encima, seca. Dudaba mucho que se quitara después de tantas horas, pero tendría que intentarlo. Se levanta, dejándola en remojo y se lava la cara, intentando quitarse todo tipo de mancha que le quedara y vuelve a su labor. Después de un rato la muchacha sale del baño, trayendo consigo una manta mojada, a pesar de que la había exprimido mil veces. Se encuentra de nuevo con su rostro, su mirada clavada en la suya, aunque estaba acabado de despertarse. Seguía allí, tirado en el suelo, semidesnudo. Annie da un paso atrás, desviando la mirada, como si nunca hubiese estado entre esos brazos, ni... No se le ocurre nada mejor que pasarle la manta, estirando la mano con la que la sostiene, dejando la mirada clavada en una ventana, pareciendo por un momento una niña pequeña que no puede ver ni encontrarse en tal situación.

Frunce una vez más los labios, sintiendo como el interior le tiembla. De nuevo. Casi parece morderlo, aunque lo hace de una forma suave. Está nerviosa. Tiene ganas de irse, de desaparecer y no terminar metida en un embrollo. Espera, ¿dónde estaba Caroline? No había visto rastros de ella. Frunce el ceño y se da cuenta de que no viven juntos. "Annie, no te interesa". Cierto. Vuelve a suspirar y lo mira de reojo, esperando a que se mueva, que recoja la manta que, aunque mojada, podría cubrirlo.

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