domingo, 2 de junio de 2013

"Eso nadie podrá quitártelo."

Annie.

  En cuanto Zénobe comienza a hablar, la muchacha queda escuchándolo todo el tiempo, frunciendo los labios y dejando que sus ojos azules celestes reflejaran sus emociones. Casi podía sentir su dolor, poniéndose en cada una de sus situaciones. ¿Cómo podían hacerle eso a un ángel como él? Aunque fuese un caído, la excusa para echarle del cielo había sido absurda y si en ese momento ella hubiera estado allí arriba con él, se hubiera puesto de su parte. No resistía las injusticias, ni las maldades, ni que no se le diera una segunda oportunidad a un alma tan pura como Zénobe. Poco a poco la rabia va inundándola y se nota tanto en sus facciones como en su mirada, la cual desvía rápidamente, ya que comenzaba a volverse bicolor... Cierra los ojos y respira hondo, bajando la mirada mientras escucha la historia, todo aquello que había hecho para mantenerse lejos de ella..y todo por su propio bien. La chica eleva la mirada y la clava en él, recibiendo su beso con tranquilidad y suspirando ante ese gesto, colocando los brazos y las manos alrededor de su cuerpo, apretándolo con fuerza. Cuando el chico termina de hablar, ella comienza, mirándolo a los ojos, prestando atención a cada uno de sus movimientos:

-No le perteneces a nadie, Zénobe... eres libre de tomar tus decisiones, de hacer lo que te apetezca, de luchar o quedarte quieto, de volar, de alcanzar el cielo o quedarte en la tierra. Tus decisiones son tuyas y no deben estar regidas por nadie, ni siquiera por mi. Aunque yo sea quién soy, aunque te hayan mandado a protegerme. Eres libre y lo has sido siempre, ten eso en cuenta y no lo olvides. ¡No puedes dejar que nadie te controle, sea quién sea! ¡No perteneces al cielo, ni al infierno, ni a Lucifer ni a Dios, no me perteneces! ¡Te perteneces a ti mismo!-Su voz se eleva sin que la chica se de cuenta, aunque mantiene el tono tranquilo y suave- Nadie va a hacerte daño, ¡y cuando digo nadie es nadie! -La chica alza otra vez las manos y atrapa sus mejillas, obligándola a mirarla a los ojos- Nadie va a atraparte en sus redes, no si yo estoy aquí para cuidar de que esa sonrisa no desaparezca nunca.

Suelta suavemente su rostro, suspirando y quedándose por un momento mirando al suelo. Quizá aquella era su misión, la misión más importante que le habían asignado jamás. Quizá esta vez no era el ángel guardián quién debía proteger, sino que el "protegido" debía mantenerlo alejado de cualquier peligro y cuidar de él. Annie lo comprende rápido y no necesita que nadie le diga nada más. Han tardado mucho tiempo en darse cuenta de que esta vez las cosas serían distintas. Quizá Alex lo sabía, quizá aquellos con los que hablaba también tenían consciencia de ello, pero nunca le habían dicho que aquella era su misión definitiva. Se informaría con quién tenía que informarse cuando estuvieran seguros, cuando fuese el momento adecuado. No iba a ponerlo en peligro. No permitiría que nadie tocase ni siquiera una pequeña pluma de las enormes alas de Zénobe.

-No eres un monstruo, Zeta... ¡Yo soy más monstruo que tú! ¡Yo tengo oscuridad! ¡Me alimento de sangre humana porque sino termino desvaneciéndome! He matado, he asesinado a humanos inocentes porque no controlaba mis fuerzas. Tú eres puro y se te fue expulsado por una injusticia, una injusticia imperdonable. No puedes culparte a ti mismo porque te hayan sacado de allí, no cuando luchabas por una buena causa... No todos los caídos son malos, no todos tienen que pasar al otro lado ni tener que bajar a aquel mundo tan... horrible. No todos tienen que ser iguales.. y si nunca ha sucedido, tú serás la excepción. Voy a protegerte, Zénobe. Voy a protegerte y si tengo que morir, moriré..

La chica asiente y respira hondo, haciéndose idea a la decisión que acaba de tomar. Sabe que está haciendo lo correcto, que por él haría eso y más. También sabe que si se lucha, la oscuridad no tiene por qué poder con él, ni con ellos, ni con nadie. Lleva años haciendo todo lo que debe por alejarla de sí misma. Además... Lucifer no podía destruirla, porque destruiría a su mitad, Sarah, la cual si pertenecía a su bando. Si la tocaba, desaparecería todo. Ellas eran la balanza y sin una no existía la otra. Eso era algo que también explicaría a Zénobe más adelante. En un momento, la chica se inclina hacia adelante y apoya la cabeza sobre su hombro, cerrando los ojos y aspirando el aroma de su piel, ese que tanto había añorado..

-Te quiero, Zénobe. Eso nadie, nunca, va a poder quitártelo..-Su voz se escucha como un susurro, pero sabe perfectamente que la ha escuchado. Vuelve a suspirar y se queda así un rato, tranquila y relajada como hacía tiempo no estaba.

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