Annie.
Los ojos del muchacho parecen sonreír, como si la noche no hubiera sido un completo desastre. Al parecer sus sueños lo habían transportado a un mundo donde todos aquellos problemas desaparecían. Ojalá los suyos hicieran eso otra vez. Pensaba esto mientras mantenía la mirada clavada en la ventana, viendo como el paisaje iba tomando color a medida que los minutos pasaban. Lo siente levantarse, pero sin embargo no nota como le quita la manta, sino que sus pasos se desvían hacia el otro lado de la habitación. Frunce el ceño y cuando menos se lo imagina, recibe un beso sobre la piel de su mano y entonces..sus miradas se cruzan y ella se ve atrapada en su juego, encontrándose sobre sus pies, guiados por una vieja balada que sonaba en la emisora mientras el mundo parece dejar de girar por un momento. La muchacha parece escuchar más su voz y las partes de la canción que citaba, como si estuviese tratando de decirle algo, como si se tratase de una reconciliación o como si estuvieran de nuevo en aquella época en la que sólo eran adolescentes enamorados. Pero no, seguía igual de enfadada y dolida con él y se preguntaba a si misma por qué le estaba dejando hacer aquello, por qué lo estaba dejando acercarse tanto. A pesar de eso, seguia totalmente atónita. Zénobe estaba loco, loco de remate. Perfectamente podría empezar a darle de hostias por tal atrevimiento. Sin embargo, a pesar de encontrarse tan tensa, se siente tranquila. La caricia de su mano contra la suya, el cosquilleo que provoca su respiración en su oído, su voz suave y aterciopelada endulzándola... y de nuevo, se preguntaba por qué estaba haciéndole aquello. Por qué estaba torturándola así. Siente como se retira y frunce el ceño una vez más, viendo a su pequeña mascota saltar a su mano. Tonca siempre le había tenido mucho cariño al ángel. Sus ojos eran nobles y parecían dignos de confianza, como si la luz se escondiese en ellos. Sigue todos y cada uno de los movimientos de Zénobe, fijándose más bien en él, sin tener en cuenta su figura llamativa y su atractivo, como cualquier otra chica haría. No se había enamorado de él por eso. Aprieta los labios ante su proposición, agachándose lentamente para recoger la manta y dejarla sobre una silla, esperando que así se seque, aunque sea de forma lenta.
Lo mira desde su posición, dejando los labios entreabiertos. Aquella actitud por su parte la había dejado de piedra. Primero se marchaba, la abandonaba. Luego aparecía con otra chica. Y ahora se ponía a bailar con ella como en los viejos tiempos, como si una sonrisa ilusionada fuese a acompañar a Annie por el resto del día. Sin embargo, esa "sonrisa" no se ha mostrado, ni siquiera un amago de ella. Sabe que está jugando, sabe que se irá cuando menos se lo espere. El labio inferior le tiembla y lo muerde con rapidez aunque de forma suave, clavando la mirada en el suelo. Miles de pensamientos comienzan a atravesar su mente, confundiéndola. No tenía nada claro y era su culpa. La radio seguía sonando, como si nada. Ni siquiera tenía hambre, no desde aquello, no desde la noche anterior, no desde... hacía días que no se alimentaba y quizá esa era la razón de que los demonios la atacasen. Vuelve a suspirar y lo mira, ladeando ligeramente el rostro de porcelana y negando, respondiendo así a su pregunta sobre desayunar. Se acerca con lentitud, apartando una de las sillas y sentándose, quedando justo en frente a él. Quizá quería ver como le decía toda la verdad mirándola a los ojos. Y quería salir de ese asunto ya; dudaba poder seguir con eso toda su vida. Tenía que decirle que dejase de buscarlo, que no la había querido, que todo había sido un juego. La muchacha cruza las manos, esas que hacía unos minutos habían estado enredadas con las de él. Plash, plash. Sus pestañas se mueven como aleteos de mariposas. Y otra vez, vuelve a mirarlo. Un azul celeste fusionado con una luz tan intensa que podría llenar de esperanza incluso a un ángel caído.
-¿Por qué, Zénobe? ¿Por qué estabas allí anoche? ¿Por qué me sacaste? ¿Por qué me has traído aquí?
Su voz suena suave, aunque se nota que está tensa por la forma en que, a medida que ha empezado a decir las frases, sus puños se cerraban. No sentía rabia porque le hubiera salvado, todo lo contrario, le estaba agradecida. Sentía rabia por su comportamiento, tanto el de ahora, como el de la noche anterior y los otros meses. ¿Por qué se había comportado así? Las preguntas la taladran desde dentro, mientras que ella espera ansiosa y quizá nerviosa, todas y cada unas de las respuestas. Esta vez no iba a ser tan fácil, esta vez no. No iba a ser así, tan fácil como venir, decir que no puede dar explicaciones, quedarse unas noches y luego desaparecer. Se lo había perdonado y siempre lo había repetido. Pero después de tantos años, la actitud de Annie había cambiado. Annie no era la misma persona; quizá mucho más cerrada, quizá mucho más desconfiada ante cualquier cosa que pudiera hacerla ilusionarse.
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