Los pasos iban acercándose suavemente, aunque Annie parece demasiado centrada en su propio mundo como para fijarse en lo demás. Tonca también parece tranquila; la carrera tras aquel bicho demoniaco la había cansado lo suficiente y necesitaría un rato para poder descansar. El motel quedaba más o menos a dos kilómetros de distancia. Mientras tanto, el viento parecía danzar entre los árboles, creando una brisa pasajera pero suave, que a veces incluso parecía más freca de lo que realmente era. Sus pasos resonaban fuertes sobre el asfalto, mientras que de Tonca solo se escuchaba la respiración. Annie notaba lo cansada que estaba. Frunce los labios y sigue pensando en lo sucedido; habían pasado años, era cierto, pero eso no significaba que ella fuera a acostumbrarse a verlo con otra, ni siquiera con aquel simple gesto de apoyar su cabeza en su hombro. En un tiempo, era ella quién compartía todos esos momentos con él. Momentos y sensaciones que nunca olvidaría, que no había olvidado a pesar de todo. En un tiempo se sintió incluso utilizada; habían hecho algo tan íntimo y luego él... se había ido, así, sin más. La había abandonado, con su pesadillas, su condena, su luz, con todo. Nunca le había pedido que cuidara de ella, ni que se hiciera cargo. Tan solo que se quedase y él había tomado la decisión contraria. Al final tendría que respetárselo, ¿no? Pero lo que le fastidiaba era que nunca hubiera sido capaz de decirle siquiera una palabra, de confiarle lo que sentía como supuestamente había hecho con sus sentimientos. Suspira, dejando un vaho en el aire. Entonces vuelve la vista azulada al cielo, que se encuentra libre de contaminación y deja ver unos astros preciosos, que parecen observarla desde encima. Como si estuviesen cuidándola, como si fuesen a protegerla de cualquier peligro.
En un momento una voz se pasa por su cabeza; no es Tonca, no es Sarah, no es nadie conocido. Se queda parada en medio de la carretera y mira a su alrededor, tensándose. Su mascota también lo nota, por lo que gruñe a la oscuridad. ¿No pensaban dejarla quieta esa noche? Lo único que había dicho había sido: "Fue tu fortaleza, fue tu fortaleza, fue tu fortaleza..." Aprieta los labios y niega, apretando una vez más el paso e intentando llegar lo más rápido posible al motel. Pero antes de que se diera cuenta, la carretera se había vuelto mucho más oscura y no se dislumbraba nada a su alrededor. ¿Y Tonca? ¿Dónde estaba? No sentía dolor ni nada raro, por lo que no se habían metido en su mente... aún.
"Fue tu fortaleza, fue tu fortaleza.."
"¡¡Y AHORA SERÁ TU DEBILIDAD!!"
La voz resonó demasiado fuerte en su cabeza, haciendo que gritara ante la sorpresa y el mensaje. El dolor comenzaba a repartirse por cada centímetro de su cuerpo. En un momento se quemaba, en otro se congelaba, se quedaba sin respiración, sentía todas y cada una de las malas sensaciones, todas en banda, todas al momento, como si no fuese suficiente tortura tener que verlo en persona. Suelta un grito ahogado y se deja caer de rodillas al suelo. Entonces se da cuenta de que no está en la carretera. Bajo ella no hay más que hojas, hojas marchitas húmedas. Suelta un grito, pero no puede levantarse. La han cambiado de lugar y esta vez es real, no como cuando estaban en la plaza, que sólo se habían metido en su mente. Las lágrimas comienzan a caer por sus mejillas, empapando su rostro en menos de lo que puede contar. El dolor se hace físico, además de psíquico. Aquel demonio era invisible, pero otra vez, la había cogido con la guardia baja. "¿Cómo se siente, Annie? Duele, ¿verdad?" Dice, otra vez en su interior. La muchacha comienza a gritar, grita hasta que su voz parece desgastarse. Siente sus ropajes húmedos, por lo que supone que está sangrando. Va perdiendo poco a poco la respiración, ahogándose con el propio líquido carmesí que la recorre, hasta que siente unas manos que parecen agitarla, llenándose estas también de aquello que la manchaba. Annie vuelve a gritar, lo poco que puede, ahogada por el llanto y la falta de aire, hasta que sus ojos vuelven a abrirse y se encuentra con una mirada azulada. El demonio parece haberse ido hace algún rato, pero sin embargo,ella sigue sintiendo el mismo dolor. Esta vez sí le habían hecho daño físico y en cuanto puede, mira sus propias manos, enrojecidas y parpadea, dejando una vez más que las lágrimas la inunden.
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