Zénobe.
Se estaba quedando dormido en el sofá, al calor de la lumbre, pues era la única luz que había en la casa en ese preciso momento, se sentía un tanto cansado, quería que al levantarse de aquel agotador día todo hubiera cambiado, que su vida comenzara de nuevo, volver a tener cinco años y volver al Edén, poder disfrutar tranquilamente de la vida.. Fantaseaba, se estaba quedando dormido cuando de repente escuchó un grito aterrador. Se incorporó en el sofá, asustado de aquel chillido, ¿De qué se trataba? Se levantó torpemente intentando no tropezar con las bolsas del restaurante, buscando el farol que encontró la primera vez que llegó a la pequeña casa. Lo encendió y fue entonces cuando empezó a escuchar gemidos de dolor y más gritos, provenían del bosque de al lado y eran gritos familiares, era ella. Pero, ¿Se encontraba en peligro? Sin pensarselo dos veces dejó el candil en la mesa de la cocina y abrió la puerta de casa dejandola abierta tras de si, tan solo cogió una chaqueta vaquera pues seguía con el torso desnudo y aquellos pantaloncillos. Echó a correr, estaba en una buena forma física y sin apenas jadear ni tomar aliento cruzó el bosque siguiendo su instinto, al fin y al cabo, era su ángel guardián. Zénobe no se percataba de ello, pero estaba en tal situación de tensión que sus poderes comenzaban a desatarse en su favor, ínfimas llamitas de luz le abrian paso en el bosque, como cenizas que caían del cielo para poder alumbrarse su propio camino.
De pronto la vió, estaba allí en el suelo y se detuvo resbalando en el suelo, sin llegar a caer y nuevamente corrió hasta ella, tirándose a su lado y observando la sangre que la empapaba, aterrorizado por su estado, intentó llamar su atención, ahogando en un sollozo- Annie... Annie que cojones ha pasado... -Apretaba los labios con rabia, si no la hubiera dejado sola todo este tiempo no le habría pasado esto, pero Zénobe tenía motivos mayores para haberse alejado de la joven, motivos que nadie sabía. Palpó sus mejillas y se encontraba congelada, se quitó la chaqueta y la arropó con ella con cuidado y cariño, como si Annie fuera un pedacito de cielo que el tenía que cuidar. Se sentía extraño, una enorme presión se hacia hueco por su espalda, se quejó pues estaba evitando con todas sus fuerzas que se le desplegaran las alas en ese momento, no quería saber nada de ellas, y eso le provocó unos tajos en la espalda, sangrientos, por donde deberían haber aparecido dos enormes alas de plumaje bello. La cogió en brazos con facilidad, para él, ella no pesaba nada y la llevó en sus brazos a un paso firme y ligero, encargándose de que la joven no perdiera la consciencia hablandole en un tono suave para no ponerla nerviosa. -Ya estoy aqui... Te voy a curar, te vas a poner bien.. -Musita, mientras la lleva hacia la casita de madera, saltando por encima de raices de árbol y entrando finalmente en aquel lugar, algo asustado y cerrando la puerta, pues Tonca tenía sitios por donde entrar, la dejó sobre la cama, trayendo unas toallas consigo para poder limpiar toda aquella sangre, le quitó la chaqueta y sacó de la maleta una gorda manta de lana que el guardaba para sus viajes, la tapó con ella y con todo el respeto, le levantó la camiseta hasta el ombligo para poder sanarla, Zénobe sabía hacerlo, tan sólo debía colocar sus manos sobre su cuerpo y una luz celeste salían de estas cicatrizando y generando nuevos tejidos. Intentaba hacerlo con cuidado, hacía muchísimo tiempo que no empleaba sus poderes y otra vez controlaba que sus alas no salieran a la luz, la mandibula le temblaba del dolor que eso le estaba provocando y mantenía los ojos cerrados, achinados.
Annie parecía que dormía, la cura ya estaba hecha y se sentó a su lado, temblando del dolor e intentando reprimirlo, pero Zénobe tenía sus recursos, aún así, no los más adecuados. La dejó descansar sobre la cama y este salió corriendo hacia el salón tras haber cogido un pequeño maletín de su maleta, se sentó en la alfombra enfrete de la chimenea y abrió el maletin sacando de él una jeringuilla y un pequeño frasco, se colocó una tira de goma en el brazo, haciendo presión para que la sangre dejara de circular por él y pudiera detectar una vena lo más rápido posible, fue entonces cuando se inyectó aquella sustancia en el brazo, dejando que una lágrima cayera de su ojo, suspirando profundamente y retirándola después, rápido pues el efecto de aquel sedante no tardaría en hacer efecto, cerró el maletín con un candado enumerado y cayó desplomado en la alfombra, semi desnudo y con dos enormes brechas en su espalda.
Parecía que el amanecer estaba a punto de llegar. Fue una noche intensa, pero unos vagos rayos de sol empezaban a entrar en la habitación, y poco a poco aproximandose al rostro de la joven, queriendo despertarla en aquella cama, envuelta en una manta de lana y peluche, acogedora. Los pajaros cantaban una melodía, serían las seis de la mañana aproximadamente, la granja aún dormía, y todo se encontraba en paz.
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