miércoles, 5 de junio de 2013

Respirando hondo.

Annie.

Su propia respiración va disminuyendo el ritmo poco a poco, encontrándose mucho más calmada que cuando acababan de llegar. Se muerde suavemente la pared interior de su boca,quedándose pensativa mientras lo observaba. ¿Qué le pasaba a Zénobe? ¿Por qué sentía que había algo distinto en él, en aquella mirada que...? Lo ve levantarse con rapidez. No le molesta que no le haya pedido permiso, casi considera lo suyo de él, sin embargo no lo sigue. Sabe cómo se siente en ese momento, cómo todos tus sentidos se descontrolan hasta que crees que no vas a volver a ser la misma persona, que te quedarás en ese estado... pero también sabe que todo eso pasa cuando aprendes a controlarte a ti mismo y conoces esa parte de ti que siempre había estado escondida. Según lo que le había contado Zénobe, era un ángel caído. Sí, eso ya lo sabía... No todos los ángeles caídos tenían que rendirse ante la oscuridad de Lucifer y su mundo infernal, junto a aquellas bestias y bicharracos que atacaban cuando tenían oportunidad. Eso sí, le iba a ser difícil resistirse a la oscuridad, a todas y cada una de las cosas que le pondrá en la mano para ver si las toma y luego.. será como una pesca, una pesca fácil. Si muerdes el anzuelo, estás muerto. Escucha el agua correr desde el baño y ella se observa las manos, haciendo una mueca. Qué asco. La sangre de algunos demonios era venenosa para los vampiros,por lo que nunca se le ocurriría tomarla, ni probarla siquiera; podría provocarle una muerte larga y dolorosa en menos de dos segundos. Un gruñido sale de su garganta en forma de queja y ella se da la vuelta, retirándose la camisa y buscando otra, aprovechando que Zénobe aún está en el baño. Cuando el chico sale, viene perseguido de un halo de hielo y frío, como si... La alarma se nota por un momento en sus ojos, ya que la toma de sorpresa, pero al verlo quieto, la chica se relaja. No temía al frío, ya que controlaba todos los elementos y aquello no era más que agua..o al menos eso esperaba. Echa a andar, quitándose los zapatos por el camino y adentrándose a todo aquello, sintiendo el frío entumedecer sus pies y su piel. Ladea el rostro con suavidad. Se encuentra de espaldas a Zénobe, examinando aquello que ha dejado a su rastro. Roza la pared con cuidado y de repente, todo aquello comienza a derretirse. La chica se aparta por si acaso, mirando el hueco en la alfombra y suspirando. No le importaba pagarlo, pero tendría que explicarlo. ¡Se le ocurriría algo, como siempre! Gira suavemente sobre sus talones y lo encuadra con la mirada, volviendo a suspirar. Vuelve al pasillo y entra al baño, mirando el pomo en el suelo, recogiéndolo y tirándolo a la basura. Enseguida se lava las manos y a su paso, casi todo parece derretirse. Nada podía resistirse al calor, nada sólido a una temperatura adecuada.
Camina hacia él, se para justo en frente y estira las manos, posándolas en sus mejillas y susurrando:

-Respira, Zeta... tienes que respirar y centrarte. Esto no es más que un poder descontrolado que hay que domar. Te ayudaré, lo prometo..pero tienes que respirar y calmarte.

Sus manos se mueven hasta alcanzar su nuca, la cual acaricia con cuidado, suavemente, hasta que siente sus músculos un poco más relajados. Sabe que está dando todo lo que puede de sí mismo, cosa que admira muchísimo. Frunce los labios y cuando lo siente más tranquilo toma una de sus manos, obligándolo a sentarse en la cama, acomodándose a su lado y susurrando:

-Lo que viste en el bosque... son rastreadores. Pueden presentarse en muchas formas, la más común es como un perro baboso de dientes enormes y ojos.. rojos. - Al tiempo que explica hace una mueca de desagrado- He tenido que luchar contra ellos varias veces, por eso ya conozco sus puntos flojos... aunque nunca es bueno confiarse, siempre salen con una distinta. Los he mandado de vuelta de donde han venido, Zeta... no tienes que preocuparte. Aquí estás seguro. No dejaré que te hagan daño. Y... no sé si volverán, si te digo cualquier cosa con respecto a eso te mentiría.. Por eso tienes que aprender a defenderte.

Vuelve la vista a él y encoge los hombros, intentando transmitirle un poco de confianza o tranquilidad. Se inclina hacia él y deposita un beso sobre su mejilla, susurrando:

-Vas a estar bien, Zeta..

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