Annie.
La chica suelta una risotada ante el comentario de Zénobe. Había cerrado las ventanas por simple intimidad, siempre cuidando que no hubiera nadie del otro lado observándolos. No convenía verlos de aquella forma, no por ella, ella podía combatir cualquier cosa por él, pero tenía que cuidarlo antes de cualquier cosa que deseara. Enreda ambas manos tras su cuello, viéndose de repente encima suya. Aparta el cabello de su frente con suavidad, encontrándose con sus labios, los cuales acaricia con los propios de una forma tan suave.. sabe que podía quedarse así todo el día. Una sonrisa se muestra y sus ojos casi consiguen toda la luz que parecen haber perdido en todo aquel tiempo. Su vuelta le traía también una parte de sí misma. Quizá era cierto eso de que depender de una persona era el mayor de los errores pero.. ¿qué podía hacer? Él era la felicidad, él era la paz, él era el amor. Él era todo lo que ella conocía por el momento y lo único que quería seguir conociendo. Lo observa detenidamente, como si quisiera quedarse con su rostro un ratito más. El refunfuño no falta cuando el chico dice que tiene que marcharse y se ve sentada en la cama. Inmediatamente cruza los brazos sobre el pecho y las piernas sobre el colchón, tan sólo observándolo con una sonrisa ante sus gestos. Ya cuando iba a irse, aquel beso de despedida llena a Annie de un mariposeo indescriptible, atrapando sus mejillas con las manos, intentando que no se marchase... pero la puerta se cierra y ella vuelve a su mundo. Le esperaba una buena noche, lo prevenía.
Después de un rato, ya tiene las maletas hechas y las cosas completamente recogidas. Ha dejado el dinero por el hueco de la alfombra en una de las mesitas de noche y observa el sitio con el ceño fruncido. Le gustaban las buhardillas más de lo que podía decir. La cortina vuelve a abrirse y ve del otro lado una pequeña ardilla, posada sobre el alféizar de la ventana. Annie se aproxima y abre cuidadosamente la ventana, dejando que el animalillo entre. Ahí está Tonca, mirándola con cierta preocupación a pesar de que sabía que Annie se encontraba bien en esos momentos. El animal parecía saber que se aproximaban tiempos duros, llenos de peleas, riñas y muertes, pero sabía también que era necesario. Annie cierra la ventana y suspira, encogiendo los hombros, dando a entender que no podía hacer nada más. Nada más que su misión y lo protegería con la vida. Se agacha, tomando a su mascota entre las manos y acariciándola suavemente, casi mandándole un mensaje. La acompañará aquella noche; Tonca siempre va con ella. A donde sea. Un sonido llama la atención de ambas. Han tocado a la puerta. Se acerca con lentitud y abre, casi como si temiera lo que hay del otro lado, pero la reciben unos ojos curiosos de un humano que trae consigo una caja, la cual entrega con cuidado, como si temiera que se rompiese. Annie frunce el ceño; no tiene ni idea de qué se trata, aunque le encanta la decoración de la antes nombrada. El chico se marcha y ella cierra la puerta, acercándose a la cama y abriendo la tapa... para encontrarse aquella preciosidad. Su boca se queda semiabierta por la sorpresa. Parpadea con rapidez. Es maravilloso. Y es de Zénobe. Suspira, escondiendo una sonrisa mientras muerde su labio inferior, colándose en el baño rápidamente. Unos minutos más tarde y la chica sale envuelta en una toalla, con el pelo empapado, el cual seca y comienza su trabajo. Al final, un bonito aunque sencillo recogido adorna su rostro. Frente al espejo perfila la línea de sus ojos, aunque se mantiene totalmente natural. No hace falta rubor en sus mejillas ni un tono muy fuerte en sus labios.
Casi llega la hora. Annie se acerca a la cama y saca el vestido, admirando una vez más la belleza del último. Poco a poco se lo coloca, viéndose enseguida al espejo. El gusto de Zénobe es exquicito. Frunce los labios y vuelve a sonreír, buscando entre sus zapatos, los que ya están en la maleta, unos tacones cerrados y de color negro. Annie solo vestía así en ocasiones especiales y al parecer, aquella lo era. Después de unos minutos el teléfono suena y se acerca, asintiendo. Zénobe estaba abajo. Pide por favor que alguien venga a recoger las maletas. Antes de que la puerta vuelva a sonar, un perfume adorna su piel. Es dulce aunque no empalagoso. Y entonces una mariposa roja revolotea a su alrededor, colándose en su cabello y posándose ahí, como un adorno. Annie sonríe y entrega la llave al mismo chico que le entregó la caja, el cual se lleva sus maletas.
Quinto, cuarto, tercer, segundo y primer piso. El sonido del ascensor anuncia que va a abrirse y Annie suspira una vez más, nerviosa. No lo ha hecho esperar mucho, pero aún así... Las puertas se abren y ella toma aire, dejando pasar al chico primero y adentrándose al pasillo después, encontrándose con la mirada azulada de Zénobe. El salón se ha quedado en silencio, como si todos observasen a la pareja. Una sonrisa tímida se muestra en los labios de Annie, que ya se ha ruborizado. No le gusta ser el centro de atención. Camina despacio hasta alcanzar la mano de su acompañante. Él está precioso. Nunca lo había visto vestido de traje. Y dejándose llevar por él, se entrega a la oscuridad y humedad que los espera en la calle.
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