Annie.
Arruga la nariz en respuesta a su repentino pero juguetón beso, viendo la sonrisa que esperaba en ese justo momento. Annie junta los labios, mordiéndolos desde dentro y dejándose ver como si fuera una niña pequeña, que luego lo ve alejarse y ladea el rostro, examinando la daga también desde su posición. Escucha sus palabras y alza las cejas, en menos de lo que puede pensar se encuentra entre sus brazos y se le escapa la risa, apoyando las manos sobre sus hombros, dejándose llevar por él. Si alguna vez tuviera que describir lo que era felicidad, sólo tenía que decir su nombre. No hacían falta detalles, ni adjetivos. Sólo y únicamente...su nombre. Su mirada azul celeste se posa en sus ojos y a todos sus gestos y cariños le devuelve risitas por lo bajo y sonrisas que pensaba haber olvidado hacía mucho, mucho tiempo. Alza las cejas ante su incinuación, inclinándose hacia adelante, lo suficiente para que ambas narices se rocen. Lo mira desde esa distancia, entreabriendo los labios, enarcando suavemente una ceja. La chica estaba en silencio, sólo observaba su rostro. Sus manos suben despacio por su pecho, rozando su piel con las yemas de los dedos hasta dejarlas posadas sobre sus hombros, en donde presiona un poco y luego se relaja. Y entonces, cuando lo ve completamente quieto, en silencio, le roba un beso. Es uno rápido, fugaz, pero totalmente suave. Y cuando termina se separa, dedicándole una mediana sonrisa. Atrapa por un segundo su mano, estirándose hasta parecer como si estuviesen bailando, se enrolla sobre estos y lo mira de nuevo desde allí, sonriendo como una niña chica:
-Estaría encantada de acompañarlo esta noche y de trasladarme con usted, señorito Yves Levourdée..
Y entonces vuelve a reír, rebosante de alegría por el momento. Olvida los problemas que hay fuera de esas paredes y esas ventanas, olvida todo lo que no tenga que ver con ellos dos, en ese instante. Sin que apenas haga nada la cortina se cierra de repente, dejando la habitación casi sin iluminación a pesar de que todavía era temprano. Estaba el tema de Caroline y en todas las explicaciones que Zénobe tendría que darle pero...¡No iba a pensar en la rubia por ahora! No le gustaba nada a pesar de que sabia que no era mala. La idea de no seguir estando alejada de él la ilusionaba y, a pesar de que sabía que no debía hacerlo, no podía resistirlo. Annie tenía otro asunto en mente; el día que conoció a Zénobe, éste traía consigo un dragón de aspecto refunfuñón llamado Rufo. Tenía pensado recuperarlo, traérselo de vuelta. Sabía que era importante para él y que le devolvería la parte que aquella pequeña aunque curiosa mascota se había llevado consigo al irse. De un momento a otro Annie lo abraza con fuerza, descansando su mejilla en su pecho, terminando por apoyar allí la barbilla, frunciendo los labios, con un brillo especial en la mirada.
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