martes, 10 de junio de 2014

"La noche a tu lado".

Annie.

     Tras cerrar la maleta, Annie echa un último vistazo a la pequeña buhardilla donde se había escondido por meses. Frunce los labios; sabe que si alguien encontraba ese lugar tendrían que buscar otra alternativa, y no se refería a buscar un hogar, sino un lugar donde no llamaran la atención. Confiaba en que eso no pasara otra vez. Escucha las patas de Tonca bajando las escaleras y ve a Zénobe de reojo, tomando su maleta y saliendo tras su mascota. Ella suspira, toma la llave y cierra la puerta, asegurándose de que todo está tranquilo. Baja tras ellos, sintiéndose en calma. En el coche Tonca no se cansa de ladrar y juguetear, como si de esta forma quisiera expresarles lo feliz que estaba. De una u otra forma, el animalillo era un reflejo de cómo se sentía su dueña, y el hecho de que se llevaran tan bien era algo que le encantaba a Annie. El apartamento de Zénobe los recibe, dándoles una cálida bienvenida. Annie ríe al ver a su mascota y asiente al comentario de Zeta, siguiendo el camino de las escaleras para llegar al cuarto. La habitación blanca está fresca ya que olvidaron las puertas de la terraza. En la jaula, dos pajarillos se mueven despacio y juegan entre sí, como si de esta forma se dieran las buenas noches. Annie se arrodilla ante ellos, observándolos por un largo rato y luego se da cuenta de que se ha entretenido, se levanta y se dirige a la cama, abriendo la maleta y empezando a colocar alguna de sus cosas en el mismo armario de Zénobe. Toma una de sus camisetas, las cuales ella llama pijama, ya que suelen ser largas y bastante cómodas, y una muda de ropa interior y se cuela en el baño con rapidez, dejando que el agua fría moje su cuerpo, la recorra y haga que se relaje. Se sentía más tranquila que antes, en su buhardilla. No era algo nuevo para el chico, y para ella tampoco, pero Annie era un poco extraña para dejar que sus sentimientos salgan a la luz, incluso si era con personas cercanas a ella. Tras diez minutos bajo el agua, la chica sale y se envuelve con una toalla, cepillando su cabello despacio con un cepillo que supone es de Zénobe, puesto que lo ha encontrado en el baño. Mira su reflejo en el espejo, el cual no está empañado y termina de secar su piel, la cual es blanca como el papel, pero marcada por pequeños detalles que forman constelaciones sobre esta o como todo el mundo los llamaría; lunares.
Deja la toalla en el baño y sale al salón, viéndolo allí, sentado frente a la chimenea. Puede oler el aroma fresco de su piel. Se acerca despacio y lo abraza por detrás, inclinándose sobre el sofá al hacer esto. Besa su hombro despacio, dejando los labios apoyados ahí por un segundo, y entonces susurra:

-Gracias por dejar que me quede aquí..-Y con esto se refería al hecho de que la había invitado a vivir con él. Sonríe, otra vez sobre su piel y cambia de posición, sentándose sobre la espalda del sofá, quedando justo al frente de la ventana y entonces se deja caer, sintiendo como su propia espalda aterriza suavemente sobre los cojines del sofá.

Lo siguiente que puede ver es la sonrisa de Zénobe, y luego todo se queda en silencio. Annie sube la mano despacio, agarrando por un momento la del chico y perfilando sus dedos con los propios, concentrada en el roce que hace su piel contra la suya. Luego sube, dibujando círculos y figuras extrañas en su antebrazo, y al subir un poco más, siente como los músculos de su brazo se tensan. Ella sonríe, viendo como su piel blanquecina se estremece ante el paso de sus caricias. La chica sigue, pasando por su pecho y llegando a su torso, en donde para y lleva la mano a su propia frente, apartando de esta forma el cabello de su rostro. Se mueve, bajando las piernas de la espalda del sofá y terminando por quedar acostada sobre este, perpendicular a Zénobe.
Tonca juguetea tras ellos, dando vueltas sobre la alfombra, buscando la posición perfecta para echar una cabezada. Annie vuelve a moverse, buscando la mano de Zénobe otra vez, agarrándola despacio y llevándosela a su propio rostro, besando sus nudillos despacio y luego acurrucándose con esta en su cuello, clavando los ojos en Zénobe otra vez. Frunce los labios y, como si de una niña pequeña se tratase, le saca la lengua, riendo por lo bajo después.

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