viernes, 13 de junio de 2014

"Porque ellos no necesitaban un nombre."

Annie.

         Y con los días, su amor se asentaba en su vida, sintiéndose seguro de permanecer allí, como debería haber sido desde el principio. El hilo rojo del destino los había unido bien, porque Annie sabía que no había ni habría nadie que pudiera llenarla como hacía y había hecho siempre Zénobe. Como un puzzle y sus piezas que encajan, dependiendo siempre la una de la otra para completarse. Como el cielo y el mar, siempre unidos en el horizonte. Como él y ella, dos almas destinadas a estar juntas.
Y se acostumbra. Se acostumbra rápido al olor a café por las mañanas, a la frescura y suavidez de su piel al dormir abrazados, a su voz que, melodiosa, la ayudaba a superar todos sus miedos. A sus formas, a su risa, a cómo apartaba su pelo de la frente cuando le molestaba, y cómo brillaban sus ojos cuando hablaban de un futuro juntos. Se había acostumbrado tan rápido a él que si los separaban otra vez no estaba segura de poder continuar. No sin sus besos y sus caricias, porque Zénobe se conocía a Annie como la palma de su mano, y juntaba sus lunares, formando constelaciones.

     El día había sido largo, aunque no tan agotador. Desde aquel beso de despedida se había pasado contando los minutos para volverlo a ver, aunque sabía que debía poner su atención en aquella persona que se había dejado llevar por la depresión. En una pequeña habitación de un apartamento de la ciudad, un alma rota se abre a Annie y la escucha, dejándose endulzar por su voz aterciopelada. Al final de ese caso ella logra una sonrisa y ésta hace que se sienta bien. Todo sea por ayudarles. La lucha entre el bien y el mal se remotaba a tiempos en los que ni siquiera el hombre había escrito y ahora ella la vivía cada día, a cada segundo. La oscuridad existía en ella, pero no la llenaba y cuando se sentía al borde, Annie pensaba en su ángel guardián. El día pasa rápido y cuando sus ojos azules se centran en el cielo, puede observar un hermoso atardecer lleno de colores cálidos, que se difuminan con un azul oscuro, dando paso a la noche.  Desde donde se encuentra puede observar la ciudad, llena de historias y secretos. Después de un rato se marcha, sabiendo que debe hacer algo antes de ir al pub.
Una pequeña habitación la recibe. Es un sótano en un almacén de la ciudad, en donde los vampiros se pasean como si nada. Muchos gruñen y la miran de reojo, conocen su reputación pero ninguno se atreve a tocarla. Annie era una Massey, y como Massey, tenía seres que la respaldaban. Tras su dosis de alimentación, que no solo la mantenía saludable física, sino también mentalmente, la chica sale lo más rápido de allí. Acorta por los callejones y tras un rato se encuentra con el portal, el cual abre con la llave que Zeta le ha dado. Sabe que no está allí, y se da una ducha rápida, vistiéndose tan sencilla como siempre y colocando una chaqueta por encima de sus hombros, sólo por si el tiempo se encaprichaba.

El Almacén está lleno de ángeles y ella sabe que ha llegado tarde, pero no ha podido acortar más el tiempo. Siente la presencia de Zeta en la habitación y una sonrisa se forma en sus labios, haciendo que sus mejillas se tornen a un tono rosa pálido, que hace contraste con su piel de porcelana. Lo busca en la habitación, dejándose llevar por su instinto y cuando lo encuentra algo la para justo frente a la escena que está presenciando. Zénobe está completamente cerrado, tenso y con la mandíbula apretada. Eros lo mira con preocupación. Meredith se muerde el labio inferior despacio, echándose a reír al sentir la presencia de Annie.

-No se lo has dicho, ¿verdad? ¡No se lo has dicho! ¡Viva la confianza!

Annie se acerca despacio, sintiendo un escalofrío al sentir la oscuridad emergiendo en el alma pura de Meredith. Posa una mano en la espalda de Zénobe y presiona despacio, haciéndole saber que está a su lado y de su parte. Esa iba a ser siempre su posición. Eros gruñe ante la actitud de Meredith y dice:

-Tienes que parar esto, Mere..

-¡NO! ¿Por qué debería? ¿No era que entre parejas no existían secretos? ¿O es que no son parejas? ¡Mejor! ¡Más para mi!

Annie gruñe, dando un paso por delante de Zénobe y colocándose delante de la chica, susurrando:

- Es mejor que pares. Necesitas ayuda. Lo digo enserio. Deja de amenazar con cosas sin sentido y, ¡eh! Ponle una mano encima y ya no seré tan educada.

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