domingo, 1 de junio de 2014

"Tu oscuridad es la más segura de todas."

Annie. 

La respuesta de Zeta hace que la chica suelte un suspiro de alivio. Podría esperarse cualquier cosa y por ello, la seguridad no la acompañaba. Lo mira de reojo en cuanto siente su mano posarse en sus hombros y se deja guiar por él, como tantas veces ha hecho, a algo desconocido. Acepta también su chaqueta, susurrando un "gracias", dejando que él sepa que valora lo que hace, aunque sea algo tan pequeño comparado con todas las cosas que el muchacho ha hecho por ella. El perfume de Zénobe la embriaga una vez más y ella siente como se pega a cada parte de su propia vestimenta, quedándose allí como un tatuaje.

 No sabe donde vive Zénobe, ni con lo que se encontrará cuando llegue al lugar o, más bien, con quién. No le gustaría estar en una situación incómoda con aquella chica, ya que Zénobe había dejado "claras" las cosas. Frunce el ceño, observando los detalles de la dirección por la que la dirige, viendo como poco a poco el paisaje comienza a cambiar. La zona es totalmente diferente a pesar de encontrarse tan cerca. La curiosidad despierta dentro de Annie, como una pequeña llama que siempre ha sido dificil de apagar. Las pocas palabras que comparten en el camino salen de ella casi sin que lo note; su mente está totalmente en blanco, como si se negara pensar en algo más que en lo que tenía frente a ella.

Un portal los recibe y ella se interna en la oscuridad que llena el lugar donde Zénobe vive, aunque esta vez no hay voces, ni amenazas, ni escalofríos. Es como encontrarse en una burbuja en la que nadie puede penetrar. La curiosidad vuelve a encenderse dentro de ella y, sin darse cuenta, examina la habitación como si fuera de ella. Los cristales, el detalle de que no haya paredes, las escaleras, el cambio de color y lo que este representa, el piano, y la tranquilidad y familiaridad que todo aquello le transmitía. En cuanto Zénobe comienza a hablar Annie clava la mirada en él, alzando las cejas y ante su sonrisa, una risita se escapa de entre sus labios, prácticamente inaudible. Deja a Zénobe ir y se retira la chaqueta que le había dado de los hombros, dejándola perfectamente colocada sobre una silla. Estaba en su mundo, otra vez. Cuando él vuelve ella clava la vista en la camiseta y estira la mano para cogerla, siguiendo la dirección en la que su mano apunta para encontrarse con la puerta del baño. Asiente despacio, se gira y sigue el camino, cerrando la puerta tras de si. La oscuridad del baño la envuelve y ella se humedece los labios, encendiendo la luz. No es un baño pequeño, tiene colores claros y un aroma que le gusta bastante. Dirige su mirada azul a una vela que se encuentra más allá; parece ser la causante del perfume que llena la estancia. Al parecer ha estado encendida. Deja la camiseta a mano y se acerca al espejo, clavando su mirada en éste, casi juzgándose a si misma. Abre el grifo despacio, toma agua entre sus manos y moja sus mejillas, sus párpados, sus labios. Repite esto varias veces, tomándose su tiempo y cuando vuelve a mirar casi ha desaparecido el rastro de las lágrimas que había derramado rato atrás. Desabrocha su pantalón despacio y lo deja caer, insegura. Termina quitándose sus ropajes en menos de un minuto y los deja doblados en la meseta de mármol, poniendo a los pies de esta sus zapatos y medias. El frío del suelo le da la bienvenida, haciendo que se sienta un poquito mejor. Ama andar descalza. La suavidad del algodón roza su piel, haciendo que esta se ponga como si fuera de gallina. Suspira, abre la puerta, apaga la luz y deja que la frialdad del pasillo la acoja otra vez.

Frente a ella, Zénobe se encuentra en silencio en el sofá. Sabe que no está dormido, pero no dice nada, t an solo lo observa. Su cuerpo y su peso se apoyan contra el borde de la puerta, y ella cruza los brazos. Fuera, la Luna brilla, inalcanzable, acompañando a aquellos astros que a ella tanto le gustaban. Y Annie, pálida y sintiéndose práticamente desnuda, se distrae por unos segundos hasta que siente la mirada de Zénobe en ella. Y entonces se encuentran otra vez y ella se mueve, haciendo que el algodón vuelva a acariciar su piel. Respira despacio, dejando escapar el aire y entonces susurra:

- Pensaba que habría alguien más aquí.

Al momento se arrepiente y aleja la mirada, esperando a que cualquier persona, o más bien, ella, entre por la puerta. No estaría bien. No es correcto.  Annie se remueve, ahora incómoda, y apoya esta vez su espalda en la pared del oscuro pasillo, casi quedando fuera de la vista de Zénobe.

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