viernes, 20 de junio de 2014

Hasta el fin del mundo.

Annie.

  Corta las fresas con rapidez y en un segundo el sonido de la batidora llena la habitación. Annie se queda mirando la fruta, la cual es triturada y molida junto al agua para formar un líquido rojizo. Frunce los labios; su mente está en blanco y por ello tarda un poco en apagar el aparato. El ruido termina y ella suspira, preocupada. Lo sirve en un vaso grande; las fresas estaban frías, así como el agua, y realmente ella espera que estén lo suficientemente dulces, ya que ella no añadió nada de azúcar. Sus manos se quedan apoyadas sobre el mármol de la meseta, sintiendo el frío en las yemas de sus dedos. De pronto el aire se inunda con su perfume y cuando se da la vuelta se ve otra vez entre sus brazos, con la frente apoyada en su pecho. Y luego, sus labios. Por un momento le hacen olvidar la preocupación que la llena, hasta que su voz hace que la chica alze las cejas y frunza el ceño, acompañándolo al sofá. Lo que pasa a continuación deja a Annie tanto en silencio como en sorpresa. Ha aceptado lo de Meredith desde que se lo dijo, y nunca hubiera sido capaz de juzgarlo por ello. Los dos habian tenido sus cosas, y habían estado separados por mucho tiempo. Lo importante para ella era el hecho de que sus sentimientos no hubieran cambiado, aunque la idea de que otra persona le tocase no le agradaba, como suponía que pasaba con él.
  Las alas de su ángel traen consigo una luz que hubiera dejado ciego a cualquier humano, pero no a Annie. La chica comienza a acumular en su interior todos aquellos sentimientos y emociones. Se sentía cómo si estuviera frente a un ser completamente superior. Normalmente Annie le veía como un igual, siempre había sido así. Valoraba sus acciones y su trabajo y los evaluaba igual que como hacía con los que ella misma realizaba. Nunca había habido ninguna diferencia entre ellos, y aunque suponía que tampoco las habría a partir de ese momento, ella no podía evitar pensar en todo el potencial que él siempre había tenido, en la majestuosidad que dejaba ver, y en todas las injusticias que se habían cometido con él, que quizá no debían haberse hecho. Ante la caricia de las plumas en sus piernas, Annie clava la mirada en su rostro, dejando que el chico vea la luz en su mirada. Zénobe era lo más grande que ella tenía, y sabe que va a cuidarlo aunque de ello dependa su vida. De una forma u otra, también se correspondían en eso. Uno cuidaba del otro como si el alma fuera la misma. La chica se levanta y, dando pasos despacios para no tocar nada en la habitación, se desliza por el frente de sus alas, rozándolas con las yemas de los dedos hasta llegar a él, en donde para. Frunce los labios y entonces comienza a hablar:

-Hay algo que tienes que entender, Zénobe Yves. No hay nada, ni nadie, que pueda volver a separarme de ti. Ni arcángeles, ni seres superiores, ni demonios. La única persona que puede mandarme lejos de tu lado, y dejarme claro que no me quiere cerca, eres tú. -Sube sus manos a su rostro y toma sus mejillas entre ellas, suspirando- Me iré contigo al fin del mundo si hace falta, me esconderé y me haré chiquitita, invisible, si así es necesario. Haría cualquier cosa por estar contigo.-Acaricia despacio su piel y repite algo que hace él mismo le dijo cuando se habían encontrado- Siempre voy a tener perdón para ti, Zénobe. Pero no te reprocho nada, no tengo derecho ninguno. No quiero que te quede ningún remordimiento, ni ningún tipo de culpabilidad o preocupación. -Se inclina hacia adelante y roba un beso suave de sus labios, volviendo a su sitio después y susurrando- ¿A dónde nos vamos?

Su voz, aunque fuera un susurro, suena completamente decidida. Todo lo que había dicho lo había dicho enserio. Aparta suavemente sus manos de sus mejillas y frunce los labios, bajándolas por los perfiles de sus brazos hasta alcanzar sus propias manos y tomarlas con cuidado. Ellos siempre se habían escondido en lugares donde había mucha gente, como internados, institutos o pueblos. Era más difícil localizarlos de esa forma porque allí fuera habían muchos tipos de almas. Al mismo tiempo, era más fácil para ellos con respecto a quién podían salvar o sacar de las tinieblas. Esta vez, ella le iba a dejar decidir. Le acompañaría a donde fuese. Pero, interrumpiendo sus pensamientos, Annie vuelve su atención a él y susurra:

-No sé cómo pudieron llamarme a mi "la luz", teniéndote a ti..eres el más puro de todos los ángeles, Zeta..

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