martes, 10 de junio de 2014

"Como si todo pasara como la primera vez"

Annie.

     Si el destino volvía a separarles, sería por pura crueldad. Cada uno de los gestos que ambos jóvenes tenían, las miradas que se dedicaban, las sonrisas, los sonrojos, las bromas, la confianza que podía respirarse, eran tan especiales que solo podía definirse con una sola palabra. Annie sentía su propio corazón latir con fuerza, amenazando con salirse de su pecho. Era como si estuvieran juntos por primera vez, como si todo se repitiera. La primera vez que se había encontrado con Zénobe había sido en una isla, y el olor de la brisa marina, el salitre, la arena, todo le habia devuelto al mismo día donde el destino los había juntado. Y ahí, entre besos y su sonrisa, ella sentía que el mundo podía dejar de existir, no le importaría.

  Annie retiene por unos segundos más a Zénobe tras suya, agarrando sus manos con cuidado pero haciendo que las yemas de sus dedos acaricien su piel, estremeciéndose ante su contacto y sin poder evitarlo ríe despacio, negando. Tras unos segundos se encuentran frente a la puerta del portal de un viejo edificio que parece encontrarse totalmente vacío, aunque no lo está. Annie echa la mirada hacia arriba, arrugando ligeramente la nariz, como si de esta forma oliera el lugar y luego frunce los labios, sacando de su bolsillo una llave antigua y abriendo la puerta, pasando y dejándolo pasar tras ella, mirando por instinto a ambos lados de la calle, desconfiada. Cierra el lugar, encendiendo la luz de las escaleras, que lucen desgastadas por el tiempo. Annie toma la mano de Zénobe, guiándolo hasta el último piso del edificio, el cual daría repeluz a cualquiera. A pesar de estar en medio de la ciudad y no en el centro histórico, se podía considerar una de las propiedades más antiguas y por lo tanto, con muchos secretos. Annie está allí porque sabe que es el último sitio donde la buscarían. Nadie sabe donde vive, sólo Zénobe. Ante la puerta de madera que da lugar a su pequeña buhardilla, Annie saca una llave y la coloca en la cerradura, abriendo despacio y dejándolo entrar primero, cerrando tras de sí. Era un espacio pequeño pero lucía distinto al resto del edificio. Era rural, sí, pero tenía ese toque que solo ella podía darle. El olor de un incienso de vainilla llenaba el aire. Una ventana quedaba justo al lado de la cama que, casi pegada al techo, dejaba ver las sábanas de color claro revueltas. Sabía que Zénobe entendería porqué ella se encerraba ahí, en vez de vivir en una casa tipo "Mansión Massey".Aunque gritara en pesadillas, nadie la escucharía. No hace ningún comentario sobre el lugar, solo lo mira con una sonrisa en sus labios y suelta su mano para buscar una maleta que tiene escondida en el armario, abriéndola en el suelo y empezando a buscar ropa por cada gabeta que había en la habitación. Tras unos minutos, y viendo a Zénobe sentado en su cama, algo lo hace caer hacia atrás y ella no se asusta, sabe de quién se trata. Su mascota siempre tenía ese tipo de bromas con él. Un pequeño cachorro de lobo llenaba su cara de besos mientras ladraba despacio, intentando llamar su atención. Annie rie; sabe que no puede hacer nada al respecto. Tonca adoraba a Zénobe, siempre lo había hecho.

- Voy a terminar pensando que ella también está enamorada de ti..- Dice sin pensar, quedándose callada después, frunciendo los labios.

Zénobe ya lo sabía. Sabía que ella daría su vida por él, había hablado sobre sus sentimientos, sin embargo ella nunca se lo había dicho así, tan directo. Nunca le había dicho que estaba enamorada de él. Siente sus mejillas enrojecerse, como si toda su sangre se concentrara en su rostro de porcelana, y nerviosa, se apresura por llenar la maleta con las cosas necesarias.
Tonca hace un ruidito que hace reír a Zénobe otra vez, como si estuviera dirigiendo toda la atención a Annie. "No, no, no, Tonca, no hagas eso." Y cuando Annie se da la vuelta sólo puede verlos a los dos sentados en la cama, observándola. Su mascota mueve la cola despacio, disfrutando la situación. De una u otra forma, a su animalillo le encantaba que Zénobe la pusiera nerviosa. Annie junta las manos en la espalda, frunciendo los labios y bajando la mirada, dejando que el pelo negro azabache se colara en su rostro y entonces siente todo su cuerpo temblar, como si otra vez, fuera la primera vez viviendo todo aquello con él.

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