Annie.
Ahí, entre sus brazos, la vida se sentía de una forma distinta, Quizás era por el brillo de sus ojos, que había vuelto a él con la misma fuerza de las llamaradas en un incendio. Quizá por el sonido de su voz, melódica y suave. O quizás era por el simple hecho de que era él, y de que sus sentimientos no habían cambiado. Ahí, podría quedarse ahí siempre, con las yemas de sus dedos acariciando su espalda, y sus labios marcando su piel despacio hasta encontrarse con los suyos, los cuales los reciben como si hubieran pasado demasiado tiempo lejos. Su risa llena la habitación junto con la de él, y Annie sigue cada una de sus bromas, alzando las cejas al verlo del otro lado de la cama y negando, casi como si supiera que eso no era posible. No entre ellos dos. Y otra vez, allí, entre sus brazos y el sonido de su respiración, se sentía a salvo. Cuando Zénobe cae dormido Annie lo observa en silencio, sonriendo sin poder evitarlo e inclinándose un poco hacia adelante, besa con cuidado su barbilla y luego cae con él, sin importarle lo que viene a continuación, pues sabe que no es vacío.
La mañana llega rápido y cuando la chica abre los ojos puede sentir el olor a mermelada, tostadas y fresas llenando el aire. La luz se cuela entre las cortinas e ilumina las sábanas blancas, las cuales parecen hacer un reflejo que molesta un poco a la Annie recién despierta, quién se frota los ojos y protesta como si de una niña pequeña se tratase. Tras remolonear, la chica se despierta y baja las escaleras despacio, sonriendo al verlo abajo, con los brazos abiertos.
- Buenos días - Susurra despacio, poniéndose de puntillas y dejando un beso rápido en su nariz.
Cuando el chico marcha a vestirse, ella rebusca en el segundo armario hasta encontrar la comida de sus pajarillos, tomando un poco en la mano y subiendo las escaleras, dejándoles un poco más en el recipiente, como si de esta forma les malcriara. Annie busca su ropa y se la pone, dejando la mirada posada en la cama por unos instantes. Frunce los labios, dejando la chaqueta en un lado de la cama, junto a la camisa que había cogido la noche anterior. Baja las escaleras otra vez, sirviéndose un poco de batido de fresas en un vaso y terminando de guardar lo demás. Estaba segura de que estaba todo delicioso y terminaría de probarlo si regresaban. Y entonces se encuentra frente al espejo, terminando de acomodarse la camiseta, dejando que esta caiga hasta cubrir su cintura, quedando así encima de sus vaqueros. Ella lo mira en su reflejo y sonríe, posando sus manos sobre las suyas, apretando un poquito mientras le guiña un ojo en el espejo, riendo luego. Los demás minutos pasan demasiado rápido, pero Annie se siente tan feliz que no le importa el tiempo. La señora Bipsy era encantadora, y mientras ellos dos hablaba, la chica no podía sentir más que admiración y orgullo por él. Era tan puro... merecía todas y cada una de las cosas buenas que habían en el planeta. La calle la recibe y con ella, el calor del día, que hace que Annie suelte un gruñido por lo bajo. Toma su mano despacio, colocando su brazo justo detrás de el de él, casi como si se sintiera más protegida de esta forma. Un pensamiento se ha quedado en su cabeza y podría jurar que sigue estando sonrojada. Pensaba en un futuro donde fuera posible compartir algo tan grande con Zénobe; pero había algo que le preocupaba. Sabía que él era puro, que él era luz, sin embargo ella tenía oscuridad, y aunque la parte predominante fuera la buena, ¿habría alguna posibilidad de que sus hijos salieran... híbridos? Dentro del coche, el comentario la toma de sorpresa, pero no puede evitar reírse y luego responder:
-Entonces, Zénobe Yves, me estás diciendo que me mude contigo a tu casa. Eso significa que vas a tener que aguantarme 24 horas, los 7 días de la semana, y ver mis pelos de loca al despertarme, y... - en ese instante ella lo mira otra vez, con una mueca graciosa en los labios. Le decía todas aquellas cosas como si fuera algo nuevo para él, como si él no lo hubiera visto ya.
Pero era su risa la que le gustaba, y tras algún que otro comentario gracioso, Annie asiente despacio, aceptando a su invitación. El miedo de tener que volver a separarse de él siempre la acompañaba y por ello, sabía que necesitaba pasar junto a él todo el tiempo que tuvieran en sus manos. Después de unos minutos, las carreteras dejan ver un mercado costero lleno de gente, las cuales se pasean de un lado a otro. Tras aparcar el coche, Annie sale de éste y siente la brisa marina despeinarla. Al encontrarse con sus manos otra vez, aún en el aparcamiento, ella busca la otra con rapidez y lo atrae a sí misma, apoyando la barbilla suavemente en su pecho y frunciendo los labios, simplemente mirándolo desde abajo. "¿Qué?" Le escucha decir y sin poder evitarlo sonríe, poniéndose de puntillas y robándole un beso rápido. Entonces, simplemente susurra "Te amo" y aprieta un poco sus manos con las suyas, viendo como Zeta sonríe y haciendo lo mismo tras este, suelta una de sus manos y se deja guiar por él hasta el otro lado de la calle, donde los humanos y seres sobrenaturales se paseaban, cada uno en su mundo.
-Vale, ¿qué es lo primero que tenemos que buscar? - Pregunta curiosa. Lo mira y ladea la cabeza de forma ligera, alzándole las cejas repetidamente, bromeando.
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