domingo, 1 de junio de 2014

Bienvenida a casa.

Zénobe.
Sabe que sus palabras no han sido bienvenidas para Annie, por algún motivo u otro. Sólo hacía falta observar su expresión, como cruza los brazos a la altura del pecho, creando sin darse cuenta una barrera entre él y ella. 
Traga saliva, y se queda sin saber que decir, paseando la mirada por el parque hasta que ella le pregunta si puede quedarse con él esta noche, entonces la vuelve a mirar y alza la mano hasta tomar su mentón, haciendo que alce la mirada y le sonríe.
Es una sonrisa tierna, sin enseñar los dientes y ligeramente torcida, como las típicas sonrisas juguetonas del antiguo Zénobe.
-Claro que puedes, pequeña. Siempre que quieras. -Asiente y esta vez, pasa la mano con sus hombros, atrayéndola a él para comenzar a caminar despacio, de este modo la mantiene algo más cálida, pues parece que tiene frío. Observa un ligero temblor en su cuerpo, y se detiene, quitándose la cazadora verde militar y colocándosela sobre los hombros. Vuelve a pasar el brazo sobre ella, sin dejar que caiga ningun peso sobre su espalda, simplemente la guía a su lado, y en ocasiones, frota su mano por la espalda para darle calor corporal.
-Mi casa no está lejos, hay que andar un rato pero se hará corto.
Dice mientras caminan entre las calles del casco viejo de la ciudad, donde los balcones de colores y las macetas les hacían entrada por las callejuelas.


Serían las once de la noche cuando llegaron a casa de Zénobe. Era una calle amplia, de aceras anchas y con detalles cuidados al milímetro. Había árboles por toda la avenida cruzándose entre sí, formando un tipo de arco entre ellos. Las casas eran blancas con frisos y arquitrabes de mármol. El portal de Zénobe estaba presidido por unas escaleras blancas de piedra, que se alzaban hasta las puertas. La nota más tranquila, aunque ha estado callada la mayor parte del viaje. Zénobe ha tenido que sacarle practicamente las palabras.
Hace girar la llave en la cerradura y la deja pasar primero.
La casa era totalmente diáfana, carecía de paredes y nada más entrar había un pequeño salón donde los protagonistas eran un piano de cola y una chimenea bajo la tele. Más allá la cocina con vistas a los rascacielos de la ciudad, y bajo la grán cristalera se encontraban las escaleras hacia la habitación de Zénobe, que al contrario que la casa, pintó el parquet y las paredes de blanco, pues a Zénobe el blanco le transmitía felicidad, calma, armonía y paz.

-Estás en tu hogar. -Dice, mientras cierra la puerta y enciende las luces, dejándolas tenues para que el ambiente sea más dulce. Mientras ella merodea por la casa algo curiosa, Zénobe se entretiene un minuto poniendo unos tronquitos de leña en la chimenea, para que la calidéz se apodere de la casa. -A pesar de estar en estas fechas, hace frío por la noche. En parte eso me gusta, refresca y duermo mejor.. -Comenta, mientras la observa de reojillo curioseando las plantas exóticas y algún que otro objeto decorativo.

Zénobe se levanta casi de un salto, y capta la atención de Annie que se gira para mirarle, esta vez él tiene dibujada una sonrisa en el rostro, y la señala- Usted señorita tiene frío, déjeme traerle algo. -Sube escaleras arriba hacia el cuarto, y se dispone a rebuscar entre el vestidor y los armarios. -¿Si te dejo unos pantalones de chandal probablemente se te caigan verdad? -ríe entredientes para sí, pues se ha imaginado a Annie vestida de esa manera, y niega con la cabeza, buscando algo más adecuado.  Aprobecha para cambiarse de ropa y ponerse unos pantalones de chandal gris holgado,  baja las escaleras colocándose bien la una camiseta de manga corta fina, que a cierta contra luz, deja ver parte de su musculado torso.

-Espero que esto sirva. -Dice trayendo consigo una camisa de algodón gordita, de color blanco- Te quedará algo grande, así te la puedes poner de vestido. -Se la entrega mientras le hace un gesto con la cabeza, indicándole el baño. -Tienes ahí un baño, y luego tienes el de arriba, puedes escoger el que quieras. Te espero aqui, ¿Bien? -Alza las cejas, y se inclina para besar su frente fugazmente- ¡Y siéntete como en tu casa! -Dice mientras salta por encima del sofá cayendo sobre este y los cojines, acomodándose-

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