miércoles, 4 de junio de 2014

Somos eternos.

Annie.

Pumpum. Pumpum. Pumpum. Podría haber escuchado su corazón latir si no fuera por el hecho de que estaba demasiado ocupada escuchando el de Zénobe. Se encoge casi sin darse cuenta, encontrándose con su mirada para segundos más tarde, entreabre los labios y recibe sus besos, que llegan como un regalo. Sus manos suben despacio hasta encontrar sus mejillas, las cuales acaricia de forma cálida mientras que sus labios se curvan en una sonrisa al sentir sus caricias en la nariz. En su interior pide un deseo mientras se queda mirando los ojos claros de Zénobe, sin decir nada pues lo sentía todo y eso era suficiente. Ante sus palabras la chica lo mira de reojo, haciendo una mueca de pocos amigos pero su risa angelical hace que ella se ría tras él. Sabe que se trata de una broma; él nunca le haría algo así. Antes de que se vaya se pone completamente seria y lo señala con un dedo, como si le estuviera advirtiendo algo. La habitación se queda vacía y, antes de levantarse, Annie acaricia las suaves sábanas blancas. Se pone en pie, dejando los zapatos y los calcetines a un lado y camina hacia el armario, en donde empieza a mover camisetas. Son casi todas del mismo tono, planas, como si fuera un uniforme. Ella frunce los labios. Sabe que cualquiera que coja le va a quedar grande, por lo que entre sus manos toma una de color gris claro, justo como la que Zénobe se ha llevado y, escondida en ese pequeño rincón, se deshace de sus prendas y coloca sobre su cuerpo su nuevo "pijama". Piensa en todo lo que le ha dicho anteriormente y frunce los labios.
Se mueve despacio hasta casi quedar junto a la cama, entonces lo ve, hablando de una vecina a la que seguramente conocerá pronto. Algo le decía que Zeta y ella iban a pasar mucho más tiempo juntos y..¿cómo no hacerlo? Dudaba que pudiera aguantar más separada de él. El aire fresco entra y en un segundo ella se encuentra en la espalda de su ángel, viendo como sus omóplatos se marcan bajo la tela, y como sus músculos se tensan ante la sorpresa de tenerla tras suyo. La chica mueve sus manos y las junta en su abdomen, apoyando la mejilla en la parte plana de su espalda, entrecerrando los ojos.

-Voy a ir contigo a donde sea, Zeta... va a ser tan así, que vas a tener que amarrarme para deshacerte de mi. - Una sonrisita se dibuja en sus labios, negando suavemente y luego lo siente relajarse. Deja un beso allí, bajando una de sus manos hasta rozar la del chico, observando como sus dedos se estiran ante la caricia.

Suelta una risita y se separa levemente, jugando con sus dedos hasta finalmente tomar su mano otra vez, entrelazándolas. Aprieta un poquito, asegurándose de que es real y por un momento cierra los ojos, respirando hondo. Y entonces simplemente piensa en que no podría sentirse más segura, y en que esa felicidad no tendría nunca fecha de caducidad. Zénobe le había regalado cada infinito que podría haber existido, cada momento había tenido significado y cada segundo les había marcado. Desde que se conocieron en aquella playa, los jóvenes habían sido inseparables, y ni el tiempo, ni la distancia, había sido capaz de romper ese vínculo.
Vuelve a abrir los ojos cuando lo siente moverse, frunciendo los labios. Se da cuenta de que ha estado apretando su mano, por lo que se relaja y lo sigue con la mirada, hasta observar como la luz de la Luna, quién los observa con curiosidad, perfilaba sus rasgos masculinos. Y entonces, como si su subconsciente lo retratara, Annie se queda con esa escena. Zénobe, ahora sentado en la cama, la observa callado. Su perfume ha llenado cada rincón de la habitación. Su pecho se eleva despacio debido a su corazón y bajo este, su corazón palpita despacio. Ella sonríe, sin poder evitarlo.

- Somos eternos.

Susurra de repente, llamando la atención de su ángel, que parece coincidir con ella. Entonces él estira la mano y ella la toma, dejándose llevar por el impulso que esta produce.

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