domingo, 1 de junio de 2014

"Su pedacito de cielo."

Annie.

La respuesta de Zénobe hace que ella asome un poco la cabeza, siguiendo su mirada hacia la parte superior de las escaleras, curiosa. ¿Pájaros? Además, ¿cómo era eso de que vivía solo? ¿Qué pasaba con el ángel? ¿Es que acaso no vivían juntos aún...? Lo vuelve a mirar y entrecierra los ojos ante su gesto, pensándoselo un momento pero decidiéndose después. No podía engañarse a sí misma, no quería estar lejos de él. Sus pies descalzos recorren la distancia que le queda hasta el sofá y se sienta a su lado, recostando la espalda contra el mueble y soltando un suspiro. Era bastante cómodo y el lugar era mucho más grande que la buhardilla donde ella vivía. Ciertamente, Annie amaba aquellos espacios; el techo inclinado, la ventana junto a la cama, la madera y el olor al incienso de vainilla. Tras unos segundos, Zénobe se levanta, alejándose. Annie vuelve a mirarlo, curiosa. ¿Qué está haciendo? Sigue sus movimientos y cuando el chico regresa, ella lo mira de reojo y niega despacio, dejando que una sonrisita se le dibuje en los labios, quizá es la segunda en toda la noche. Zénobe tenía esos detalles, esa manera de hacerla sentir de nuevo en casa. Se inclina y toma el tazón de leche entre las manos, revolviéndolo luego despacio con la cuchara, dejando que las nubes de azúcar se inflaran y luego, poco a poco, se disolvieran. El sabor de la bebida cambia solo por ese detalle, y cuando ella se lo termina, tras unos minutos en silencio, coloca nuevamente la taza en la mesita de cristal y pasea las yemas de sus dedos por la superficie. Luego, mira a Zeta, que parece un niño saboreando algo tan simple. Y sin poder evitarlo ella se echa a reír, rompiendo aquel silencio que podría llegar a ser incómodo, puesto que ninguno estaba diciendo lo que pensaba. Cuando termina, ella susurra:

- No has cambiado nada, Zeta..

Luego recoge ambas tazas y camina despacio a la cocina, dejándolas en el fregadero y llenándolas de agua, fregándolas despacio para luego colocarlas justo al lado, tan blancas como al principio. La risa de Zénobe le trae demasiados recuerdos, demasiados lugares, demasiados momentos. Desearía volver a estar allí, donde la vida no era tan complicada, donde ellos se encontraban sin problemas, sin necesidad de desconfiar en un destino que, al parecer, les había cogido manía. Él estaba compartiendo su pedacito de cielo con ella, y en ese momento se sentía lo suficientemente egoísta como para decir que ojalá lo compartiera solo con ella. Los celos hacen que ella haga una mueca y termine acercándose. Las inseguridades la ponen de malas, ultimamente, y ahora no puede sentirse diferente. El sofá vuelve a darle la bienvenida y con él, el perfume de Zénobe, otra vez. Ésta vez, se llena de valor, se inclina un poco, dejando su cabello largo, negro y liso caer, apartando el flequillo de sus ojos azules para observarlo. A la tenue luz de la habitación, las sombras se dibujan en su rostro angelical y le hacen parecer mucho más maduro que la última vez que lo había visto. Ella niega otra vez, puesto que sabe que aquel niño sigue ahí dentro. Siempre tan..especial.

- ¿Puedes contarme? -Dice, susurrando.- ¿Puedes contarme cómo ha sido todo en todo este tiempo..? -Espera una de sus anécdotas, con todos esos detalles graciosos que él siempre guardaba consigo. También pretendía  romper el hielo y compartir algo con él. Quizá habían cosas que él quisiera contarle. Quizás era feliz con su nueva vida, y su nueva gente.

Intenta no concentrarse en el pensamiento que ronda su mente: "Quizás es feliz por ella" y espera, paciente, la respuesta de su ángel. En el tiempo que transcurre hasta que su voz llena la habitación, ella le hace una mueca con los labios que desde siempre, en el pasado, les había hecho reír. Se inclina hacia atrás, acomodándose entre los cojines. Le encantaban, también. Toma uno entre las manos y termina abrazada a éste, apoyando ahí las manos, atenta a lo que Zeta tenía que decir.

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